Opinion

El baile: discurso de la seducción

Para mi amigo Salvador Grijalva, y por el Día Internacional de la Danza

Alfredo Espinosa

domingo, 02 mayo 2021 | 05:00

Sus caderas eran de ésas

que cuando se mueven

quiebran el corazón

El baile te abre los sentidos, libera los cuerpos y llega un momento en que la música te invade y te mueve por dentro y el empieza a salir a borbotones del corazón. Fíjate en esos dos que se dirigen a la pequeña pista. Acaban de conocerse. No importa quiénes sean o qué cosas cargan en su costal. Míralos, ambos están dispuestos a olvidarse de las penas y a aligerarse de los pesos muertos. Mírala a ella abriéndose cancha entre el bamboleo de los enormes senos de esa dama que se agita en un baile descocado. Él piensa cuando mira esos globos aeroestáticos bambolear: quizá estemos disfrutando la última generación de mujeres naturales. Pero de inmediato confirma que desde hace años las mujeres han sido atrapadas por la seducción de la lipoescultura y de los implantes, luego se olvida de sus pensamientos y mira con que cadencia mueve ese cuerpecito que antes que se lo coman los gusanos, se lo ofrece a los humanos; mira sus ondulaciones, su sensualidad. Es la serpiente ofreciendo la mejor de sus manzanas. ¿Sabes qué le dice ella a él con su lenguaje corporal? Le dice: véeme, esto que se mueve con la gracia del fuego puede ser tuyo. Mira cómo se da la vuelta y agita su trasero a una distancia que él pueda admirarlo y apetecerlo, y luego, como si nada hubiera ocurrido, la sonrisa y la mirada, apenas una insinuación misteriosa. Él ya entendió el mensaje pero sabe que no debe apresurarse, que la noche es larga, y él mismo empieza a mover los demás grupos musculares que estaban un poco oxidados y se relaja; con el baile y esta musiquita se le enaceita el alma. Total, la fiesta apenas comienza y quiere demostrar que él también tiene lo suyo. 

Y empieza a pasar su mano por la cintura con deslices que pudieran considerarse accidentales. La desea, la quiere suya, pero ella no se abandona, no quiere ser el objeto de su deseo, sino ser su deseo mismo. Y él piensa, si como lo meneas lo bates, mamacita, qué rico chocolate… Y eso, como cuando estás cocinando un buen platillo, requiere de tiempo, de una rica fusión de ingredientes, de condimentos, de irlo sazonando a fuego lento  para que a la hora de llevártelo a la boca, esté en su punto. Es cuando el baile entra en una nueva fase, él la atrae pero ella se resiste poniéndole freno. Con la mano en su pecho es suficiente para mantenerlo a raya por más insistentes que sean jaloneos para arrimarla a su cuerpo. Pero ella le sonríe como diciendo, no que no me guste pero todo a su tiempo. Él lo entiende porque no le queda de otra, pero disfruta esa luchita que ella le propone como vía para la conquista con sólo tumbar lentamente sus pestañas. Esto puede ser un baile más, un simple escarceo oleaginoso pero también puede ser el inicio de una relación mágica.

Afirman los que son buenos para el baile, también saben mover la cama. Y es que transpolan –dicen los jactanciosos-, el ritmo del baile a los movimientos de la alcoba, y añaden, y cada milímetro cuenta. “Como bailas, coges”, afirman con una contundencia que incomodaba los hombres rudos que no bailaban. Los rudos se sientan cerca de la barra y bebiendo miran el jolgorio descubriendo con perplejidad que hay hombres bailando y pronuncian entre eructos: “Los hombres, ya pedos, hasta bailan”. Ellos, en cualquier momento se presentarán ante las damas seguros de que verbo mata bailecitos y que billetera mata carita, verbo y bailecitos, concluían. El dinero es el verdadero afrodisiaco.

Gustaba visitar antros populosos para mirar a las yeguas que ahí relinchaban. Ahí aprendió a interpretar y a bailar los ritmos populares como las rancheras, la banda, el country,  o las cumbias. Las rancheras eran monótonas y desdichadas; y las bandas, airientas y  de una cursilería miserable; las cumbias eran alegres y de letras pícaras extraordinariamente ñoñas, afirmaba cuando no las entendía. Pero paulatinamente fue entendiendo esto: Tanto la banda como las rancheras, son norteñas, y por tanto dependen mucho del ritmo de los caballos, y de las oleadas del mar y el viento que de pronto se vienen en el campo o en la playa. El caballo, al caminar o al trotar, sube de una en una las patas delanteras y las vuelve a bajar. El jinete que va sobre él, cuando monta, se ladea de un lado a otro y cuando galopa eleva y baja el cuerpo. Eso mismo se hace en el baile. Bailas como si fueras montando, de arriba a abajo, o como si fueras el caballo. En el country, el caballo que montas o que eres, se exhibe elegante y educado como los caballos de Antonio Aguilar o los de los rejoreneadores. El toro quiere arrimarle los pitones y la yegua se evade con elegancia y gracia insuperables.  La cumbia, en cambio, posee movimientos oscilatorios. En el sur, todo es más suave: las culebras del agua, ondulándose, los follajes de los árboles, los changos en sus lianas, los enormes traseros balanceándose como los barcos cuando están atados en los muelles. Imagínate que ese bailecito lo ejecutarán en ti cuando te montan… 

El baile habla mejor que nadie. Es el discurso más eficaz en la seducción. Nadie que sepa bailar será un solitario. El baile es un plus… La química aquí comienza: ¿estudias o trabajas?, ¿quién eres?, ¿cómo pude  estar todos estos años sin ti? Y chocan las copas, los invaden las feromonas perfumosas, respiran la música, son espejos de sus risas, nadie existe en el mundo más que nosotros, se dicen sin palabras… y poco a poco siente que va cediendo, ya no le pone el freno, los cuerpos se juntan levemente y se despegan, una y otra vez, con naturalidad como si fuese una exigencias de la música y la coreografía del baile “mueve tus caderas cuando todo vaya mal”, aconseja Sabina, pero en esos roces ella ya tuvo la oportunidad de confirmar un dato que le interesaba: medir el calibre y la consistencia. Quiere saber si lo que sazona ya se está poniendo en su punto, y sí, dice con su sonrisa amplia, con ese paquete podrá entretenerse esta noche o toda la vida…