Opinion

El buen canario

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Gabriela Borunda

domingo, 09 enero 2022 | 05:00

Los mineros solían llevar un canario en sus incursiones a la mina, si este aleteaba o moría, significaba que el ambiente estaba realmente enrarecido

Nuestro egoísmo mata más que el Covid, nuestra envidia rabiosa compromete nuestro futuro. Es una ecuación muy simple, yo sólo puedo traducir del diálecto toscano, lo aprendí sólo para leer el Infierno de Dante, leer una obra maestra en traducción es como comerse un dulce con papel, mi padre sólo traducía textos del inglés ni el latín ni el toscano se le daban bien, mi hija aprende japonés y francés conversando por el chat con su amigos de todo el mundo; yo edito un libro en la UNAM –lo que suena rimbombante- con un tiraje de mil impresiones, sin embargo la novela que escribe mi hija por entregas a su comunidad virtual, tiene diez mil lectores; ya me supera y hará más. Para estos jovencitos, que han abordado las tecnologías de la comunicación como una trinchera de lucha para la inclusión y divulgación de ideas, el Covid (de cuyo ARN están perfectamente informados) será sólo una anécdota para contar en el futuro.

La generación que ocupará nuestro lugar en el planeta deberá tener una moral más alta, datos duros para la defensa de la democracia y la reconstitución de los ecosistemas, y lo harán con la zurda porque pueden; son los pobrecitos treintones quienes hacen el ridículo con sus iPad, usando tan alta tecnología sólo para oír canciones de chiquigangsters.

Un homo sapien contó una historia en las cavernas de Altamira; Gabriel García Márquez contó la historia de nuestro continente en su maravillosa obra 100 Años de Soledad, esta es la clara ventaja humana sobre otras especies: aprendemos, evolucionamos; nuestros hijos y nietos podrán rebasarnos, para eso los educamos, para eso generamos y desarrollamos registros, archivos, bibliotecas, universidades. Las siguientes generaciones deben partir de donde nos hemos quedado y mejorar la vida de todos.

El arte evoluciona, el anime ha llevado a las artes plásticas a niveles insospechados, la música electrónica inventa sonidos, las artes escénicas juegan con nuestra psique. Pero qué pasa con el maestro de arte que se siente frustrado y que no ha recibido la debida atención psiquiátrica. Tenemos leyes que nos obligan a respetar la identidad y dignidad de los menores, lo mismo si se trata de una drag queen que de un catequista, y desde luego, las amenazas son un delito.

Si lo bueno es bello y lo bello es bueno, es inconcebible el mal gusto de una comunidad cultural que se insulta y se rasguña por los recursos que caen de las manos de una Secretaría de Cultura o de algún partido político. Vayan un día a la friki plaza a las clases de coreano, de danza japonesa o dibujo de acción; esos jóvenes crean arte y promueven el arte, no saben que hay una Secretaría de Cultura, son amigos y se tratan con respeto.

Mi paso por el Centro de Educación Artística (Cedart) me enseñó que un creador mutilado y sin obra es algo muy peligroso; en las aulas de esa escuela los maestros fumaban en los salones y con el cigarro señalaban a la víctima. En el caso de estos maestros (presuntos artistas) y de algunos otros (sus colegas con título de instructores en educación tecnológica) la ofensa del alumno podía ser su juventud o que el chico era especialmente guapo, se generan ambientes viciados donde el resto de los alumnos aprenden que si agreden al joven que la maestra odia, obtendrán mejores calificaciones y no se les puede detener porque cuentan con el beneplácito del sindicato del INBA.

Hace unos días el teatrista Víctor L. Ruíz me compartió que estaba cansado de la persecución en su contra. Las amenazas y el daño psicológico son delitos, pero si no se resuelven delitos más graves, menos resolverán sobre delitos de odio a los que suelen llamar chismes, y que tienen por finalidad destruir a la persona, sus medios de vida, reducir sus ingresos y de ser posible llevarlo al suicidio. En mi carrera he recibido amenazas de muerte, y no por mi trabajo en el periódico sino en la poesía, poetas detrás del hueso político y la alabanza pública dispuestos a destruir la vida de cualquiera que – desde su miope visión- les pudiera representar una competencia.

De hecho una funcionaria de literatura del extinto Ichicult, soltó el rumor de que yo deseaba matarla porque tenía envidia de su talento, así la superioridad de su trabajo quedaba demostrada por mi presunta envidia, llevó años esperando que ponga la denuncia en Fiscalía y entonces sí nos damos conforme a derecho.

Los estudiosos en sociología y antropología social en España hace décadas que identificaron el fenómeno mobbing entre las personas, había gente deprimida, desempleadas que creían que alguien realmente quería destruirlos y las teorías en boga decían que sólo era un problema de actitud, pero los casos documentados aumentaron y se trazaban líneas cronológicas de actos violentos, destruir su trabajo, desprestigiar a la persona, darles instrucciones falsas, dejarla sola con los trabajos más duros y tomar el crédito por sus logros.

Ingrese usted a cualquier página de psicología española, seguramente le dedicará un capítulo completo a este   fenómeno que pone en crisis no sólo a la víctima, sino el desarrollo completo de la humanidad; pues contrario a la tesis darwiniana, no sobrevivirán los más aptos si no los peores. Los pequeños, sin talentos, sin fuerza, se unirán para destruir al ejemplar más adaptado y lo atacarán hasta destruirlo para no tener que competir con él por los recursos del entorno, y los recursos económicos en el arte son muy exiguos.

Hasta la mejor cocinera suelta un ajo entero, y cuando Jaime García Chávez impulsó la reforma penal que operó la entonces procuradora, alias la preocupadora Patricia González, propuso la desaparición de los delitos de difamación y calumnias, delitos que, para honrar la tolerancia, el respeto y la inclusión deberían volver al código penal con las excluyentes pertinentes para los periodistas y trabajadores de la comunicación. La desaparición a rajatabla de esos delitos dio manga ancha a la promoción del odio, dejando al menos violento sin poder defenderse.

Pero bueno, donde las toman las dan. Espero que el grupo de artistas que se identifica con Morena y que se ha dedicado a perseguir al teatrista Víctor L. Ruíz, entienda que sus logros y fracasos, como grupo o en lo individual, son suyos, suyitos de ellos, y que atacar a otro creador pone en peligro la producción y promoción artística, esa que podría ayudar a nuestra sociedad a recuperar valores y dedicarse a actividades más edificantes. 

Amigo Víctor, te creo. Sé que te han amenazado de muerte, porque yo misma he sido amenazada. No hay nada peor que un artista frustrado ametrallando su odio desde una trinchera política. Espero que la comunidad cultural chihuahuense comprenda que se debe al desarrollo de la cultura, que la creación no comienza ni termina con su biografía, y que respeten a los creadores y promotores artísticos independientes. Que las personas muy menores no intoxiquen el ambiente.