Opinion

El día que asesinaron a Santaclós

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Daniel García Monroy

domingo, 26 diciembre 2021 | 05:00

En una pequeña ciudad francesa, 350 kilómetros al sureste de París, ocurrió el episodio histórico más cruel en la centenaria vida de Santa Claus. Un grupo clerical católico convocó a la quema del más importante icono mundial de la navidad. En el atrio de la Catedral de Dijon, el 24 de diciembre de 1951, la botarga del amado anciano de ropas rojas y barbas blancas, fue bárbaramente ejecutada, ante la vista de cientos de niños y padres que festejaron la siniestra cremación del  usurpador del inviolable sitial del niño Jesús.

El real acontecimiento fue recuperado y analizado por el más reconocido etnólogo del mundo, el francés Claude Lévi-Strauss, en un ensayo escrito en 1952, al que tituló: “El suplicio de Papá Noel”. En su sociológico análisis da cuenta de las razones del despropósito. Resulta que sacerdotes católicos locales llevaban meses criticando severamente la inquietante “paganización” de las festividades navideñas del nacimiento del Hijo de Dios. Su argumento era la para ellos perniciosa  transformación de una celebración cristiana degenerando en el empoderamiento de un mito extranjero comercial sin valor religioso alguno. Tanto católicos como líderes protestantes franceses, se mostraron públicamente preocupados por la creciente importancia que las familias y los ¡comerciantes! le estaban otorgando al “gringo” personaje de Santaclós, en sus festejos comunitarios de fin de año. En la época de la postguerra el fenómeno venía catapultándose no sólo en Francia sino en todo el mundo occidental. 

El peculiar conflicto social y su macabra obra generaron una lógica reacción de muchos dijonenses, que calificaron el acto como el virtual asesinato de un entrañable personaje representante de los mejores sentimientos de la fraternidad humana. El ejemplo de buen anciano que fabrica juguetes para regalar a todos los niños y hacerlos felices. La opinión pública de la ciudad se dividió por mitad. Y pues nada, que la inmolación de don Santa, provocó que al día siguiente los ciudadanos enojados (incluidos católicos) llamaran a un evento por la ¡resurrección de Papá Noel! Vaya todo un caso.  

El acalde de la ciudad, aunque católico, hizo mutis, se abstuvo de tomar partido. --Confirmando la regla de que todo miembro de la clase política en situaciones conflictivas de 50/50 de apoyo popular, se esconde o huye, prostituyendo su conciencia contra la resolución a futuro--.

Pero más allá de la sensiblería paternal que justifica la existencia de una costumbre arraigada en la mayor parte del mundo, Lévi-Strauss se cuestiona qué es lo que llevó a los adultos a inventar el mito de Santa y por qué ha echado tan fuertes raíces en toda las sociedades. ¿Cómo fue posible que todas las culturas originarias  sucumbieran ante la moderna leyenda norteamericana del anciano repartidor de obsequios? ¿Cómo pudo ocurrir eso si hace menos de un siglo cada nación (y hasta cada etnia) tenía tradiciones diferentes y divergentes con respecto al rito católico de la navidad?

Tanto en Francia como en México antes de los 50 del siglo pasado la imagen del gordo viejillo sonriente era considerada burda, pueril y ajena Extranjerizante manipulación invasora de las mucho mejores costumbres locales cristianas. Pues sin remedio el rollizo personaje se impuso de la mano de la publicidad comercial encabezada por la refresquera Coca Cola, que lo convirtió en otro logotipo más de su marca  multinacional. 

No obstante, para Lévi-Strauss, el fenómeno no puede ser explicado solo por el avasallamiento mediático del siglo pasado y el prestigio y envidia que generaba el american-way-life. Debía existir una razón más poderosa detrás del mito de Papá Noel. En su ensayo el etnólogo francés establece que el personaje obtuvo para sí características míticas que lo fijaron en el inconsciente colectivo como un moderno Dios. Es sobrenatural, inmutable, con retornos periódicos y con función exclusiva de crear felicidad humana. Recibe un culto por parte de los niños con cartas y rezos; recompensa a los buenos y castiga a los malos. Su única diferencia con una divinidad normal es que los adultos no creen en él. Así Santaclós es la última divinidad generada por las sociedades modernas. Es un desplazamiento mítico que se ha empoderado con base en la forma tradicional en la que el género humano produce dioses. La explicación de Leví-Strauss es más profunda y complicada cuando también propone causales en relación con el miedo a la muerte y los aquelarres paganos de las fiestas romanas de las Saturnales. Sin embargo sentencia inteligentemente que cada vez que inducimos a un niño a creer en Santa Claus, estamos haciendo que su inmaculada fe nos ayude a nosotros a seguir creyendo en la bondad de la vida misma. Tesis verdaderamente interesante. La sonrisa, la alegría de un niño vale el mito de Papá Noel con todo y su desagradable parafernalia comercial-industrial-capitalista.   

Y como es tiempo de algo brindar amables lectores, permítaseme la recomendación de una cajita de bellos obsequios del arte en este fin de año. En materia literaria: “La Caída” del escritor francés nacido en Argelia, Albert Camus (1913-1960). Una novela corta cuya trama sobre las andanzas de un abogado solo es un pretexto para desarrollar un pequeño-gran tratado de filosofía, con el que todo joven interesado en esta materia debería iniciar su estudio. 

Recuperar a “Moby Dick” del neoyorquino Herman Melville (1819-1891) también es un buen propósito navideño. La obra épica norteamericana más importante de la historia, que increíblemente pasó desapercibida cuando fue publicada hace 170 años. Pero de la que se dice que todos los grandes escritores estadounidenses son hijos. Tan solo por el nombre de los personajes: Acab, Queequeg, Starbuck, Pequod, Flask… y la magistral clase de ciencia náutica que es, con eso sobraría para aconsejar a todo jovencito y adulto la leyera una vez en su vida. En materia cinéfila dos recomendaciones para no ver solo “Narcos” y futbol americano. La película mexicana de 1999 “Crónica de un desayuno”, del director Benjamín Cann, es una película de culto. La más felliniana de las cintas mexicanas que se haya filmado. --Lástima que don Benjamín Cann se vació con ella--. Las actuaciones de los hermanos Bichir, de Eduardo Palomo como homosexual-travesti, de María Rojo, Ernesto Alonso y de el niño Miguel Santana, son de antología. Vale, pues, echarle una mirada, aunque es para especialistas en la materia, entretiene también. Y finalmente una recomendación que me llegó de mi amigo videasta Mario Corona: un excelente documental sobre el maestro-cantante-poeta cubano Silvio Rodríguez que lleva por nombre “Mi primera tarea”. Una excelente narración de la experiencia del canta-autor como alfabetizador; cuando Cuba movilizó a todos sus jóvenes para enseñar a leer y escribir a toda su población en 1961, erradicando de tajo el analfabetismo de la isla. Poniendo un ejemplo cumbre a todo el mundo, e igual y estúpidamente despreciado. La imagen y las palabras de Silvio crean sin duda otro poema de su genio, que emociona hasta las lágrimas. --Bueno a los que todavía les late su corazón por el humanismo, a los que no, pues, sin lagrimas pero véanlo--. Ambas producciones se encuentran gratis en la red, bendito Youtube. Salud y larga vida a todos.