Opinion

El encuentro de López Portillo y Reagan en Juárez

.

Iván González

viernes, 08 octubre 2021 | 05:00

Hace algunas semanas revisaba junto con mis estudiantes algunos conceptos y  nociones indispensables para la construcción del conocimiento histórico. Entre los temas que revisamos, se incluyó el de las diversas interpretaciones que se forman alrededor de un hecho histórico, destacando cómo es que cada una de las partes involucradas tiene una perspectiva distinta de los sucesos ocurridos.

Como ejemplo de análisis estudiamos el encuentro entre Hernán Cortés y Moctezuma II. Para la primera versión revisamos el texto de Bernal Díaz del Castillo “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España” (1632), y para la segunda, el texto de Fernando de Alva Ixtlilxochitl, “Historia de la nación chichimeca” (1640). Los textos mencionan las bondades y palabras amables que ambos personajes cruzaron entre sí.

Para dar más realismo al relato, casi siempre invito a los estudiantes a representar la escena del encuentro, así, uno hace el papel de Hernán Cortés quien entra al salón con un caballo de madera, por supuesto, le acompaña Malinche, que aunque no es mencionada en los relatos, debemos asumir que estuvo ahí. Mientras esto ocurre, otro alumno que porta un gran penacho sobre su cabeza, le espera bajo el papel de Moctezuma II.

Así, trasladamos a la realidad el relato: Cortés baja de su caballo y Moctezuma le da la bienvenida. Después, el “conquistador” saca un collar de oro que pone en el cuello del gran Tlatoani, mientras le dice: “-Holga mi corazón de ver a tan gran príncipe”, por su parte, Moctezuma le contesta “- No, no estoy soñando, no me levanto del sueño adormilado… es que ya te he visto, es que ya he puesto mis ojos en tus ojos”.

¿Qué hace tan especial el encuentro entre dos actores políticos que representan distintos intereses? Por supuesto, debemos asumir que hay mucha tensión cuando ocurren estas reuniones, y quizá el uno no sepa qué esperar del otro, por eso se involucran los regalos, los halagos, la parafernalia y protocolo alrededor del evento.

Buscando en el Archivo Nacional de los Estados Unidos, me encontré con una serie de documentos que citan la visita que hizo a Ciudad Juárez, el entonces presidente electo de los Estados de América, Ronald Reagan, el 5 de enero de 1981. Justo a la mitad del puente Córdoba-Américas, el republicano fue recibido por el presidente José López Portillo. La intempestiva visita, sería trascendental para el futuro de las relaciones diplomáticas entre ambos países.

El contexto de dicho encuentro era la tensión mundial por la guerra fría. Por eso la nueva administración norteamericana, percibía el riesgo de perder su influencia sobre América Latina. Reagan, juraría como el presidente número 40 de los Estados Unidos de América, hasta el 20 de enero de ese mismo año, por eso podemos juzgar que el encuentro era urgente e intempestivo.

Para ese entonces, el gobierno mexicano se ufanaba de respetar los principios de la famosa “Doctrina Estrada”, por lo que no se consideraba así mismo dentro de los países “alineados y no alineados”. Además, el presidente López Portillo mantenía relaciones diplomáticas cercanas con Cuba y fungía —junto con el gobierno de Francia —como mediador en el conflicto de El Salvador.

La reunión entre JOLOPO y Reagan estuvo rodeada de hermetismo, sin embargo podemos acceder a los detalles, por los discursos que Reagan daría meses más tarde. “Usted recordará Señor presidente, la última vez que nos encontramos en el Museo de Arte (en referencia al Museo del INBA), que forma parte de la riqueza del pasado cultural de México — eso fue en Ciudad Juárez. Estábamos rodeados de magníficas piezas de arte, parte de la riqueza del pasado cultural de México. Fue apropiado que nos encontrásemos en ese lugar, porque el arte trasciende el tiempo y la materia”, le decía un emocionado Ronald Reagan en su recepción en la Casa Blanca, el 8 de junio de 1981.

Más tarde en la celebración del brindis en honor del presidente mexicano y de la delegación que le acompañaba, el mismo Reagan confesaría: “Hoy, Sr. presidente, la nación entera está feliz de tenerlo con nosotros en la Casa Blanca. Y como esta casa le pertenece a todos ellos,  permítame hablar por ellos al decir: ‘mi casa es su casa’. Desde el momento en que nos conocimos en el ‘Puente de la Amistad’ en Ciudad Juárez, supe que la relación sería más que simbólica… en nuestra primera reunión usted me regaló un bello ejemplo de su propio arte, unos caballos tallados sobre cristal, pero eso difícilmente se compara con el arribo a mi rancho de El Alamein, un magnífico caballo que hizo llegar… antes de mi Inauguración”.

“Lo que he escuchado me ha conmovido profundamente Sr. presidente. Y debo confesar que he hablado tres veces en este mismo lugar, y nunca me había sentido movido como ahora…”, le respondió un emocionado José López Portillo. 

¿Qué hace tan especial el encuentro entre dos actores políticos? Los intereses que representan.