Opinion

El grafiti invisible

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Gabriela Borunda

domingo, 14 junio 2020 | 05:00

Las ciudades no se construyen de pronto, son orgánicas como nosotros mismos, llevan nuestras cicatrices y a veces hipócritamente borramos la cicatriz. Cómo olvidar cuando en el sexenio de Patricio Martínez todo edificio o callejón que ostentara el peyorativo adjetivo de viejo se convirtió en plaza, en el mejor de los casos, cuando no en un simple lote baldío, como una cirugía plástica atroz hecha en la memoria colectiva.

Las catedrales barrocas, como la bellísima Catedral metropolitana, son obras aún en construcción. Durante la invasión española y mientras se contó con la cantera y la mano de obra indígena, a las catedrales se les aderezó con magnificos altares barrocos, estofados en oro, adornos y lujo. Después de la guerra de Independencia y durante el periodo Ilustrador muchos de estos altares fueron parcialmente destruidos y al frente se colocaron altares de mármol más austeros.

A mediados del siglo pasado a nuestra catedral se le colocó y consagró un nuevo altar, también, junto a sus imágenes barrocas emergió un magnífico mural del pintor Alberto Carlos. 

De hecho el viejo Colegio Jesuita, del que sólo quedó la plata, es hoy nuestro Palacio de Gobierno. La historia deja obras y cicatrices en una ciudad, pero cuando pasamos del simple disimulo al aberrante cinismo, la ciudad se convierte en un ente amorfo que refleja lo peor de nosotros mismos y de nuestras condiciones de vida.

Que nuestro gobernador. Lic.Javier Corral Jurado es texano es un dato que a  nadie sorprende, lo que sí me  sorprendió es saber que cursó la Licenciatura en Derecho, porque no distingue el ámbito federal del estatal, un asunto básico para un abogado y más para un gobernador; tampoco distingue las figuras de mandatario y mandante.

El feminicidio, como tipo delictivo, pertenece, es concurrente al ámbito estatal en donde debería radicar la primera línea de combate a este delito, así que la sangre de  cada mujer asesinada cae ahora en sus manos y no se la quita ni con gel antibacterial. 

Tampoco entiende que él no esta aquí para mandar, aunque con tanto jugar golf realmente le queda poco tiempo para mandar algo; el mandatario sigue los lineamientos del mandante, que en este caso es el sufrido pueblo de Chihuahua.

El antiguo Colegio Jesuita y la Catedral de Chihuahua ostentan hoy nuevos y posmodernos elementos decorativos, auténticos monumentos al cinismo y la pereza. 

El grafiti que en legítima protesta dejaron las mujeres durante las protestas del 8 y 9 de marzo pasado, así como el anterior fin de semana, son perfectamente explicables y parte de nuestra historia y de la ciudad. Piden fin a la impunidad, no morir por el simple hecho de ser mujer, alto a la violencia de género en todas sus formas, y desde luego repudio a la homofobia.

Javier Corral en un gesto totalmete histriónico y desconocedor del marco legal que nos rige, decidió no limpiar las pintas de los monumentos históricos, aduciendo que él quería contribuir a evidenciar la violencia que las mujeres vivimos en México. 

Aquí vienen a los asegunes, no es de su injerencia la violencia que las mujeres vivimos en México, lo que urge es que atienda la violencia que la mujeres vivimos en Chihuahua. 

Cada una de esas pintas es una cicatriz, una historia de horror, una muerte ínfima  que entre el golf y los viajes nadie ha atendido; es nuestro fracaso como sociedad, la pereza de la Físcalía y una retahíla de funcionarios sobrepagados. 

Esos grafitis en la Catedral y el viejo Colegio jesuita no despeinan a López Obrador, como Corral pretende, porque no se trata de delitos del fuero federal  -espero que las escuelas de derecho enseñen a distinguir el ámbito estatal de federal-  esos grafitis dicen que en el estado de Chihuahua, la capital del estado, su centro de poder laico y uno de sus centros de vida espiritual, testimonian el fracaso de las políticas de seguridad para las mujeres, gritan que es normal matar mujeres, es tan normal que no hay necesidad de limpiarlos, porque también es muy normal oír los gritos de auxilio a los que la FEM no responde.

Es muy normal un grito en los muros, y es tan normal que los muros denuncien cada día la injusticia que ya nadie se toma la molestia de oír, esos grafitis se normalizaron como el crimen que denuncian: no hay necesidad de hacer justicia, mucho menos de limpiarlos, al fin y al cabo el que debería notarlos, no los nota.

Esperaremos al próximo sexenio para que se atiendan los casos de feminicidio o por lo menos limpien los muros, y en el peor de los escenarios, esperaremos que esos grafitis se conviertan en las muestras de arte posmoderno que indignamente mostraremos a las generaciones por venir.

Licenciada en Ciencias de la Comunicación y Maestra en Educación