Opinion

El gran fracaso mexicano

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Gabriela Borunda

domingo, 26 julio 2020 | 05:00

¿Usted sabe de alguien que guarde el confinamiento? Yo tampoco. Ha notado la mirada de alien que le dirigen cunando lo ven en un lugar público con un cubrebocas, también me ha pasado. ¿Usted cree que los mexicanos, en especial los chihuahuenses, están deprimidos por el aislamiento? Pienso igual.

Cuando las tribus nómadas llegaron al valle de México eran relativamente pacíficas, fue el sacerdote Tlacaelel el que le dio a la religión azteca sus tintes brutales y avasalladores para imponer su poder sobre los vecinos, esos hombres y mujeres cambiaron. Cuando Pasteur aportó el ya famoso proceso de pasteurización cambiamos, cambiamos nuestras medidas de higiene; cuando nos levantamos como humanidad de la segunda guerra mundial ya éramos otros. 

Cuando los mexicanos liberales que llevaron a Juárez al poder cambiaron, ya habíamos cambiado, cuando iniciamos la primera revolución del siglo XX éramos distintos. Como maestra siempre he creído que la función última de la educación es permitir que cada hombre y mujer pueda a transformarse a sí mismo. Hay un libro de poesía que escribí en colaboración con alguien más, le llamé hace unos días y le reclamé la demora del trabajo de publicación y edición y me dijo que él no sabe para dónde va el destino: él va para donde lo lleve el viento.

Cuando nos cansamos de los barcos de vela y los caprichos del viento, creamos los remeros y luego los de motor, no vamos donde el viento nos lleve, somos los homo sapiens.

He cambiado mucho, me eduqué en la doctrina socialista y vi caer el muro de Berlín, aposte por la tercera vía y descubrimos que había una cuarta, escribí mi primer libro de poesía en una máquina de escribir y ahora escribo en computadora. Debemos cambiar aún más.

Cuando empezó la pandemia casi me dio risa: mucha, higiene, cubrebocas lindos y nada de arrimones,   pero los días me han hecho llorar, como no podemos cambiar la malsana costumbre de reunirnos toda la familia los sábados, sin cubre bocas, con mucho alcohol y cigarro y niños. Nunca desarrollamos la capacidad de cambiar, de crear modelos de familia distintos a aquel del que proveníamos y la nuera nunca pudo deshacerse de la suegra metiche.

Hoy llevé a mi pequeño hijo a la tienda de la esquina, está cansado del encierro, el propietario, no usaba cubrebocas, los borrachos del sábado se frotaban unos contra otros, y la esposa del propietario fumaba a todo pulmón, saqué al niño de ahí de inmediato.

La vida es una prueba de resistencia, no una prueba de velocidad, los mexicanos no pudieron cambiarse a sí mismos y entender que ese cambio era para siempre. ES la posmodernidad y no cambiar nos matará.

Sí, estaba optimista, votamos por López Obrador y los apreciamos al mismo tiempo que los cuestionamos, pero una flor no hace primavera.  No hemos cambiado lo suficiente como para entender que darle al otro su espacio personal es forma de respeto, que no tocar es una forma de amar y que el silencio lo dice todo.

Creía que respetaríamos la cuarentena y saldríamos como homo sapiens a aprender nuevas formas de vida, pero la ciencia que más puede ayudarnos, la de la conducta social ha fracasado.

Compre todo el licor que pueda, invite a cuantos pueda a su casa, llénela de humo y nicotina, y luego acérquese a la cama de su hijo o su nieto, dele un beso en la frente y despídase de él porque con esas conductas pronto estarán muertos.

De que sirven el diez de mayo y esa hueca e insultante canción de Denisse de Kalafe que llama a una madre “guerrera en tu casa y en cualquier lugar”, si no es capaz de mantener conductas saludables para sí misma y sus hijos, si no podrá mantener la higiene y usar el antibacterial y los cubre bocas. A ti que infectas a tu hijo en tu casa y en cualquier lugar.

Hace una semana vimos un documental sobre los avances genéticos en materia de covid, el programa concluía diciendo que lo que más nos podían ayudar eran las ciencias   socioconductuales. Y el optimismo cayó a tierra como una demolición, los mexicanos no podemos cambiar. Estamos en la coyuntura histórica de demostrar si somos esos indios sin alma que los españoles decían o podemos aprender y cambiarnos a nosotros mismos. Algún psicólogo o autoridad me dirá que no sea tan dura, que no diga que es nuestra culpa, pero sí es nuestra culpa.

Y qué haré si los muertos son mis hijos, esta muerte sorprende y aterra entre fiestas y alcoholes, entre narco corridos y escándalos, qué puedo hacer si mis hijos mueren por esta incapacidad de cambiar, por esta incapacidad de cada hombre y mujer para pensar que la vida de los niños puede interrumpir una fiesta, no la fiesta es primera, sana recreación. Un mexicano es incapaz de estar a solas consigo mismo, no lo deprimirá el aislamiento, porque como dice el dicho, un mexicano nunca mea solo.

Escribo para despedirme de los buenos amigos, quizá el año próximo a fuerza y empujones de querer vivir, ustedes amados amigos o yo no estemos aquí.

Yo no entiendo el miedo mexicano a la incertidumbre, el barco no va a donde los vientos nos lleven, sino a donde nuestra empecinada voluntad de remar nos lleve a puerto.

El gobierno del estado sólo ha gastado el 19% de los recursos asignados para enfrentar la pandemia y no ha insistido en una campaña de sensibilización, a este gobernador tan contemplativo sólo le podemos pedir que contemple el rostro de un niño agonizando y quizá esa imagen se pueda abrir paso entre la pereza y el golf para gastar el 80% en esta emergencia.

Qué le dirán a Dios, cuando estén en se presencia; que prefirieron matar a los niños y a los ancianos antes que lavarse las manos, que prefirieron atravesar el corazón de una madre con tal de hacer del hogar un nido de alcohólicos, ya tienen preparada su respuesta. Sí es nuestra culpa.

Le llaman realidad antisocial, pero nunca llamamos antisocial al sicario, al adultero, al alcohólico, al fumador, al que acosa sexual en el transporte público; pero al que respeta, al que guarda distancia, al que respeta nuestro cuerpo y evita tocarnos, al que no nos desvela con torvas canciones a ese le llamamos antisocial.

Escribo este editorial por si el próximo año ya no estamos aquí para ver este cielo inmenso de Chihuahua que jamás merecimos. Antes de que termine el año 90.000,000 personas morirán y sí, la culpa es nuestra.