Opinion
Crónicas de mis Recuerdos

El humilde paletero y el milagro guadalupano

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/ “Su imagen estaba muy borrosa, con sus manitas unidas en oración”
/ “Sólo orar es mi consuelo”

Óscar A. Viramontes Olivas

domingo, 15 diciembre 2019 | 05:00

Hace muchos años me dedicaba a vender paletas en las calles de la ciudad de Chihuahua cuando el negocio era precisamente eso, negocio. Mis ventas estaban principalmente en la zona Centro y un poco más allá. Mi carrito propiedad de la paletería “La Reyna” ubicada en la avenida Niños Héroes casi esquina con la Ocampo donde nos concentrábamos más de 80 personas, principalmente niños para preparar nuestra helada mercancía, muy tempranito a las 7:00 am. 

Vivía en una vecindad en la calle 21ª y Trías en un cuartito, donde sólo tenía un montón de recuerdos, ropa vieja, cajas y mucho mugrero. Estaba solo en este mundo pues desde niño había vivido al cuidado de mi abuelita Jesusita y cuando tuve la desgracia de perderla me quedé sin nadie, pues mis padres se desentendieron de mí desde el momento en que vine a este mundo injusto. 

En una de las sucias paredes de mi insignificante habitación estaba la imagen descolorida de la Virgen de Guadalupe, “La Morenita” como le decía todos los días al levantarme y cuando llegaba a dormir a eso de las 20:00 horas después de una larga jornada. 

Me sentía muy vacío en un mundo lleno de injusticias, soltando el llanto de vez en cuando preguntándome: ¿Por qué a mí?, ¿Qué pecado he cometido para estar en esta situación? Pero al ver esa imagen deteriorada de la virgencita, me sentía consolado, porque percibía una voz que repiqueteaba en mis sienes. No sabía que era, pero eso me hacía estar más tranquilo. Al momento, el cansancio me venció y ya no supe nada de mí. 

Al día siguiente, me levanté como de costumbre para aventurarme a la venta de mis helados cuando era el 3 de diciembre y las peregrinaciones al Santuario de Guadalupe ya habían comenzado a llegar. Sin duda una gran fiesta, porque los matachines engalanan las calles y avenidas de Chihuahua y para mí, era importante porque me permitía vender más por la enorme afluencia de personas que iban a ver a la Morenita milagrosa. 

Sindicatos, grupos sociales, escuelas, taxistas, camioneros, carniceros, empezaban a darse cita para decirle a la madre de Jesús todas sus penas y dolores o agradecerle las bendiciones del año.

El dolor humano, las preocupaciones, enfermedades, depresiones, decepciones, derrotas, alegrías y tristezas, bonazas y miserias, era lo que se llevaba al altar de la Guadalupana. 

Durante muchos años fui testigo de estos eventos; de madres angustiadas que llegaban con sus hijos enfermos; de personas desesperadas por la falta de empleo o por no tener dinero con qué resolver sus penumbras; sí ese es el menú más común que se percibía alrededor de la imagen de la Virgen de Guadalupe. Soy testigo de los milagros recibidos a muchas personas que recobraron la salud, que volvieron a ver la luz de Cristo sin distinción. Algunos recorrían kilómetros y kilómetros, sorteando las inclemencias del tiempo y el hambre; de individuos que llegaban de la sierra, desde lo más recóndito de la montaña se presentaban para entregarle a la “Niña Bonita” el corazón, el sudor y el cansancio. No hay condiciones climáticas que impidan que miles y miles lleguen a visitarla, es algo del otro mundo, el imán que atrae a todos, sin importar clase social, ricos, medio ricos o pobres, ahí los veo en primera fila o al final del templo.

Un día después de haber visto todo el “folklor de fe” alrededor del santuario, me devolví a mi realidad. Mi humilde cuarto con mi única compañera, Lupita. Abrí la puerta y todo estaba muy frío, el día había sido malo, pues en diciembre la venta de paletas no era buena, pero había ganado suficiente poder para disfrutar un rico plato de frijoles acompañado de chile jalapeño y una tortilla. Estaba emocionado y motivado porque aun y con toda esta miseria a mi alrededor, tenía lo principal que era la fe en mi madre, un plato de comida y una cama donde reposar mis fuerzas. No tenía electricidad y sólo me alumbraba con una vela que iluminaba la imagen borrosa de la Guadalupana. Me acosté para orar y pedir por la humanidad y agradecer los favores del cielo. Mi cansancio me dominó y me quedé profundamente dormido. 

Desperté y no sabía si estaba en un sueño o era realidad, todo se veía exactamente igual de como era. De repente en altas horas de la noche, alguien tocó mi puerta, se trataba de un niño que me pedía un pedazo de pan, pensé que sólo contaba con uno y era el que me comería en el desayuno. Sin embargo, le dije: “Toma niño, comete este pan, espero que te sirva de algo”. Así pasó, cerré la puerta y me dirigí a mi catre. Pero otra vez tocaron a la puerta. Me molesté porque era tarde y estaba cansado; abrí la puerta, y me encuentro con un anciano que me pidió un pedazo de cobija para pasar la fría noche. Me empezó a dar vueltas la cabeza y no supe qué decir. Tomé una decisión, me dirigí a la cama, agarré la única cobija que tenía y se la di. 

Pasó una hora y nuevamente sonaron la puerta, yo con mucho frío que me llegaba hasta los huesos; me incorporé para ver quién tocaba y una mujer angustiada porque su hijo estaba perdido y necesitaba encontrarlo. 

Me pidió: -“Señor, disculpe estoy buscando a mi niño”

-¿Cómo es él? 

Ella respondió: 

-“Pequeño y descalzo, está flaquito y enfermo ¿Me podrá ayudar a buscarlo? 

Cerré y me fui con la madre angustiada a buscar a su hijo, pasando los minutos, las horas y en una caverna del arroyo de “La Manteca” estaba el niño muriéndose de frío y de angustia. La mujer me dio las gracias y todo quedó en eso. 

Ya de regreso a la vecindad se me atravesó un maleante y me dijo: “Cáigase con la feria”. No traía nada, sólo le dije: “Mira, lo único que traigo es mi corazón y mis ganas de invitarte a pasar a mi casa para que te lleves lo que te haga falta”. 

El ladrón en vez de ser agresivo, me acompañó y cuando entró empezó a buscar cosas que le podrían servir, tomando objetos de metal que tenía guardados y además un montón de periódicos que iba a vender al siguiente día. Cuando el ladrón se fue, de nueva cuenta caí en la cama y me dormí profundamente. 

Al despertar no supe sí lo vivido había sido real o una pesadilla. Caminé para saber si era una cosa o la otra, pero viendo que ya no tenía pan qué comer, cobija con qué taparme y los objetos que había acumulado por algún tiempo para venderlos ya no estaban; sentí que todo había sido realidad y que me había quedado aún más en la miseria. 

Triste me dirigí con La Lupita para expresar mi agradecimiento porque lo poco que di, sirvió para el hambriento; para el que tenía frío; para el que estaba perdido; para el que no tenía nada. 

Más que sentir derrota, me había irradiado por la imagen de la Morenita, me hacía sentir que la experiencia que había vivido había sido para Cristo y su Madre, persignándome para salir a ganarme la vida y dar gracias en peregrinación por los milagros al desprenderme de algo para ayudar a los demás. 

Miles y miles, unos de rodillas, otros de pie; algunos llorando, otros con la mirada en el cielo, pero unidos en pos de la Madre aparecida en el Tepeyac hace más de 450 años. 

Mudos hablan; ciegos, ven; hambrientos, se sacian; enfermos, sanan; las tristezas se convierten en risas; las derrotas en triunfos; la obscuridad en luz. Nada queda a medias, todos reciben su parte.  Por fin el momento esperado, las campanadas anunciaban las 12 de la noche y todos los ahí reunidos empezamos a cantarle Las Mañanitas a la virgencita, muchos empezamos a llorar, otros a reír y unos sólo guardaron silencio. Todos estábamos unidos en un solo canto, en un solo corazón, la Virgen de Guadalupe era festejada por hombres y mujeres de buena fe, de ingratos y llenos muchas veces de rencores y hasta de odios, pero de todas maneras así nos quiere la virgencita, de esto estoy seguro. 

"El Humilde Paletero y el Milagro Guadalupano", forman parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de Mis Recuerdos. Si usted desea adquirir los libros sobre Crónicas Urbanas de Chihuahua: tomos I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII y IX, pueden llamar al cel. 614 148 85 03 y con gusto se los llevamos a domicilio o bien, adquiéralo en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111); La Luz del Día (Blas Cano De Los Ríos 401, San Felipe) y Bodega de Libros.

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