Opinion
Contraportada

El imperio de lo absurdo

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José Luis García

lunes, 19 julio 2021 | 05:00

La libertad de escribir y decir lo que se nos venga en gana es un derecho inalienable; hace menos de diez años el término opinocracia, que se insertó en el ámbito político y que el periodismo de opinión lo observó con cautela, ha mostrado distintos enfoques: desde un simple adjetivo -a algo o alguien- hasta destrozar una vida o a una institución.

Con el internet -y a partir de las redes sociales- todos podemos tener un espacio propio y considerarlo el único poseedor de la verdad, aunque quien lo represente, no tenga -tengamos- la mínima idea de lo que dice o escribe.

Y es que las redes sociales le abrieron la puerta a una libertad de expresión sin control; lo mismo vaciamos nuestras frustraciones, que engendramos tópicos que la gente sigue, sin considerar falsedades de origen. Pocas veces nos detenemos a analizar si lo que está escrito es correcto o, al menos, saber si tiene una fuente de credibilidad.

Una cosa es cierta: las redes sociales le arrebataron a los mass media el monopolio de decir o escribir la “realidad” de los hechos; de alguna manera se convirtió en un contrapeso que Elisabeth Noelle Neumann, en su teoría “La Espiral del Silencio”, advertía como la forma más atrevida -y efectiva- de negar una verdad absoluta que pretendían los medios inyectar sin defensa de los consumidores del mensaje.

La libertad de decir y escribir se multiplica cada vez más entre la población común, la que no tiene a su alcance medios de comunicación como las entidades gubernamentales, los políticos o las empresas que deben promocionar sus productos.

La gente dice, a través de las redes sociales, lo que siente, lo que le alegra o entristece, lo que teme o lo que advierte, pero también rechaza, critica y acusa. La opinocracia, hasta ese punto, debe verse como una herramienta poderosísima de liberación de la palabra. 

El problema viene cuando la opinocracia construye líderes falsos, gente que secuestra la verdad y la convierte en su imperio narcisista con la máxima de “esto es verdad, porque lo digo yo”. En las redes sociales -y hasta en algunos medios de comunicación de alcance nacional e internacional-, hay un sinnúmero de personas que sin la mínima prudencia o la más elemental capacitación, lanzan de manera irresponsable apreciaciones que ponen en riesgo temas tan delicados como la salud, seguridad, economía o política.

Así, vemos de pronto artistas hablando de política, ingenieros escribiendo de medicina, políticos hablando de infraestructura, médicos de seguridad pública o periodistas que se hacen pasar por economistas; ellos pueden hablar de lo que sea, porque, insisto, la libertad de expresión es un derecho, pero de ahí, a mostrarse como especialistas en un tema del que emana su ignorancia en las primeras palabras, hay una enorme zanja.

Y se debe tener cuidado, porque en vez de conducir la opinión, se pueden estar construyendo imperios de lo absurdo.

Algunos creen, o creemos, que decir o escribir, es sinónimo de verdad. Una cosa es opinar y otra, muy distinta, asegurar y, lo más delicado, tratar de conducir la opinión pública hacia un tema que puede ser muy delicado como para tratarse con ligereza.

Las famosas fake news aparecieron en los últimos meses como si se trataran de una travesura, cuando, en la realidad, son un problema tan grave que no se han visualizado sus alcances.

Una fake news busca engañar de forma deliberada con dos propósitos fundamentales: ganar dinero o modificar una línea ideológica. Marc Amorós, autor del libro “Fake news: la verdad de las noticias falsas”, advierte que no se trata de una moda o una herramienta comunicacional nueva, porque la información errónea se equipara a una mentira. Fin de la consulta en la fuente. 

Y la mentira -lo sabemos todos-, tiene múltiples orígenes: darle exceso de contenido a un dato, inventar algo, difundir un hecho equivocado de forma premeditada, hasta crear informaciones que no pueden existir en la lógica. 

La mentira y el engaño tienen una gran similitud, salvo que el segundo llega cuando se busca premeditadamente conseguir un beneficio por ello; si la mentira es la falsedad de algo, el engaño impacta cuando se tocan terrenos económicos y sociales.

La pregunta salta de inmediato: ¿quién crea una fake news y con qué propósito? Hemos dicho que la infodemia es más peligrosa que la misma pandemia, porque se trata de información endémica que impacta de forma peligrosa en una sociedad. ¿Quién crea una fake news y por qué? 

El quién es difícil de ubicar -no imposible-, pero el por qué se obtiene por deducción: engañar. ¿Engañar para qué? Este es un juego perverso en el que se mezclan idiotez y estupidez y cuando ambas generan una consecuencia, entonces la sociedad se irrita y reacciona de maneras diversas porque se está engañando a un sector de la población que busca soluciones, no confusiones.