Opinion

El mantel y la sábana

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Alfredo Espinosa

domingo, 03 enero 2021 | 05:00

Hay en esta vida una ecuación que no comprendo: si comemos tres veces al día y hacemos el amor, si bien nos va, dos veces por semana, ¿por qué damos a la alcoba una dimensión legendaria y a la cocina un interés simplemente doméstico? 

Muchas horas de nuestras vigilias las pasamos en la cocina y pocas en la cama, y sin embargo, existen miles de libros sobre las dichas e infortunios del amor, y en cambio, hay pocos libros que hablen del absoluto placer que despierta una buena comida. Cierto, existen innumerables compendios de recetas con medidas exactas para lograr un buen pastel hojaldrado, o con trucos para que un turrón de claras no se colapse, o para quitarle lo amargo a las berenjenas, o lo agrio a los frijoles; pero la mayoría de estos libros  parecen equiparar a la cocina más al laboratorio de algún científico que al estudio de un artista. El científico sigue metódicamente las indicaciones de una receta; el artista, en contraste, se convierte en un instrumento de la libertad y la imaginación. Cocinar, más que una ciencia, es un arte; y la sazón es la obra de ese artista. 

La buena cocina es ingenio y suculento hechizo. La sazón es un arte que se nutre del cultivado sentido de la estética culinaria, la justa combinación de ingredientes, la magia en el uso de las especias y un puñado de creatividad espolvoreada.

 Sin embargo, en tratándose de posibles amores, es aceptado que lo que se inicia entre manteles, termina entre las sábanas. O continúa.

Comer puede ser tan placentero como el sexo, quizá esto tenga que ver con el hecho de que algunos alimentos, como el chocolate, contienen sustancias naturales iguales a las que estimula en el cuerpo la acción de enamorarse.

 Y porque la boca es nuestra primera zona erógena.  Es una puerta a los sabores y placeres, y a través de ella reconocemos el mundo. Con la boca se habla, se besa, se come, quizá por eso existe una relación íntima entre el lenguaje, el sexo y la comida.  El hambre del sexo como la del estómago, pertenecen al reino de los impulsos más rapaces y apremiantes. La relación entre cocina y alcoba ha sido íntima a través del tiempo: las similitudes entre el mantel y la sábana, entre el deseo erótico y el antojo culinario, entre las tentaciones de las distintas carnes, siempre han estado presentes en la historia.  Los amantes pueden convertirse el uno para el otro en un antojo, un chocolatito, un bocadillo, una torta o un manjar exquisito. Aunque no son pocos los casos en que a otros se les manda a freír espárragos. 

Las parejas saben que la mesa suele ser el preludio de la cama. Y como algunas mujeres, un platillo puede ser ondulante y voluptuoso, fruto de la creatividad y el deseo; o ácimo y desabrido, como un pan servido en la mesa de los puritanos.

 Aunque algunas comidas son consideradas afrodisiacas, sospecho que lo verdaderamente electrizante es aquello que entre dos personas, sobre la mesa, se trenza. La comida seduce, hay en los sabores un reconocimiento, un acto amoroso, una comunión, un sonido gutural suave y ronco, un mmmhhh que nos remite a otros placeres. 

A los hombres, dicen ciertas mujeres, se les llega al corazón por la panza. Cuando una mujer cocina puede estar haciendo el amor: ambienta el ese espacio con los elementos necesarios disfrutando cada paso del proceso, experimenta y reinventa hasta llegar a algo delicioso. De hecho, las mujeres deducen el comportamiento sexual del hombre por su manera de comer. Como paladea un manjar es el modo de saborear el amor. La expresión facial del éxtasis sexual se muestra también en el comer.     

Los aztecas afirmaban de la mujer que “si buena pal metate, mala pal petate”. Contrario a este dicho, las mujeres afirman que la cocina es, simplemente, otro modo de cocinar el amor.

LA COCINA Y LA ALCOBA

A través de la gastronomía, el hombre transforma en libertad su propia necesidad. Y es que cocinar puede volverse un frenesí, una orgía de sabores, aromas y texturas. En la cocina se congregan todos los sentidos: el oído se expande con el sonido inconfundible del chirriar de la carne y el crujir de las fritangas, la nariz se abre ante el aroma cotidiano del café y el lopezvelardiano y santo olor de la panadería; los ojos se deslumbran frente al color intenso de las salsas y los aderezos; la lengua se encoge bajo el sabor pungente del jengibre y el gusto perfumado del glorioso cardamomo; y las manos se ablandan con el tacto generoso de la mantequilla en la masa del pan y los polvorones.

 Cada cocina está ligada a los espacios en que se fundan. Ante la estufa o el fogón, modernos o ancestrales, quien cocina impone a los guisos sus propias marcas sutiles que sólo la pruebe es capaz de descifrar la secreta sazón que disfruta y reconoce la oscuridad de la boca húmeda y cálida, y de ahí, todo el ser. 

Sigmund Freud creía firmemente que el primer goce erótico de nuestra vida lo obtenemos del pezón materno. La tibia y dulce leche materna satisface tanto fisiológica como emocionalmente, porque tiene la mezcla exacta de ingredientes: azúcar, tibieza y amor. Para Lácydes Moreno Blanco, frente a un plato nativo lo que se está comiendo son los recuerdos de infancia, de juventud, de la madre, de las abuelas. 

Yehuda Amijai, el gran poeta hebreo, endulza con versos estas ideas:  “Mi madre me cocinó el mundo entero / en dulces pasteles. / Mi amada rellenó mi ventana / con pasas de estrellas. / Y la nostalgia está encerrada en mí / cual burbujas de aire en un pan”.

 Cuando el amante le escribe a su amada un poema, puede verla como una flor o una estrella, pero cuando ella de espaldas le ofrece su añorada desnudez sobre las sábanas; la ve siempre como una pera. Puedes percibir y saborear a la mujer como una torta, un bombón o un bizcochito, o más frecuentemente como una espléndida cornucopia que se derrama en frutos. Y frente a tal escenario, tú sabes, comienzas por tomar una cereza, te empalagas con los dátiles y luego chupas un melón, muerdes un higo, y ya entrado en los deleites se te antoja una papaya, y a ella le sobreviene un repentino antojo de pepinos y duraznos.  La charla se anima y tú puedes ver en ella una manzana, más sabrosa entre más prohibida, y citar el poema de Manuel Bandeira y decirle:

 “Eres roja como el amor divino / Dentro de ti, en pequeñas semillas, / palpita la vida prodigiosa / infinitamente / Y yaces tan sencilla / al lado de un cuchillo / en un cuarto pobre de hotel”.

Al oír esto ella te responderá, emocionada, como la Sulamita al rey Salomón, “venga mi amado a su huerto y coma sus frutos deliciosos”. Y es que en la cocina no sólo se esconde el placer; en ella también se resguardan las costumbres que se heredan. Se llega al corazón por el atajo del estómago, y para que todo acto en la cocina se realice sin contratiempos y haga el milagro de retener al amado al lado de un buen plato y de quien lo prepara, existen ritos y rezos a través de los cuales se convoca a las deidades. No hay nada mejor que decir en voz alta estos versos para que la leña se encienda bien: 

San Pascualito Bailón, / báilame en este fogón. / Yo te pongo un milagrito / y tú ponme la sazón.

Comentarios: alfredo.espinosa.dr@hotmail.com