Opinion

El #MeToo mexicano

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Mariela Castro Flores
viernes, 29 marzo 2019 | 23:46

A pesar de que el contexto local invita a la ardua crítica, un fenómeno a nivel nacional esta convirtiéndose en paradigmático porque desde que comenzó la semana pasada –tomando en cuenta la vertiginosidad con la que fluye la información en redes sociales- sigue creciendo, tomando fuerza y se inserta ya, en un asunto que va mas allá de verdades conocidas y dinámicas concretas de actuación frente a la violencia de género para desestabilizar al sistema que revictimiza y que no posee herramientas para la denuncia y así, las mujeres podamos mediamente, encontrar formas de reparación y acceso a la justicia.

Reitero: que no posee vías para la denuncia y aun así, las mujeres víctimas de agresiones sexuales, acoso y hostigamiento siguen siendo instigadas para usarlas. Pero, ¿cómo? ¿cómo denunciar al padre, abuelo, primo, tíos, hermanos, padrino o amigos cercanos de la familia si estos son parte medular del entorno familiar, si son figuras de poder o son el soporte económico? ¿cómo se enfrentan las jóvenes en las universidades a los profesores que exigen favores sexuales a cambio de calificaciones y si son reportados, las estructuras académicas no ofrecen medios efectivos para sancionar? ¿cómo denunciar a los amigos o compañeros cuándo  se forma parte de una organización colectiva en el activismo, partidos políticos y hasta los mismos defensores de derechos humanos acosan? ¿cómo denunciar al que es tu pareja o lo fue, o si fue el esposo de la mujer a la ahora agravia? En un grupo de amigos ¿cómo señalar al que violó o dio un trato indigno si se acepto la compañía y pasar el rato de diversión?

Esos casos en lo concreto históricamente han sido invisibilizados  para perpetuar el sistema de opresión en el que las mujeres se encuentran en desventaja proveyendo servicios de cuidado, crianza, emocionales y sexuales de modo gratuito, el “escraché” en redes ha venido a ser una válvula de escape a los dolores viejos acumulados por quienes han sido víctimas, relegadas, calladas y sometidas a la constante revictimización, sobre todo, por verse obligadas a ser testigas mudas de la forma en que sus agresores continúan impunes y sin asumir costos, menos responsabilidades sobre los agravios cometidos.

Según Catalina Ruíz-Navarro en su columna para Nómada: “Un escrache es gritar en público, en internet o en la calle, para denunciar a alguien. Dice Wikipedia que la palabra “escrache” se empezó a usar políticamente en 1995 en Argentina por la agrupación de derechos humanos HIJOS para denunciar la impunidad de los genocidas liberados por el indulto del expresidente Carlos Menem. En Chile a estas denuncias públicas se les llamó “funa”, en Perú se les llama roche y en Venezuela ha sido una estrategia usada para denunciar abusos de funcionarios del gobierno…ésta ha sido una estrategia usada por las mujeres para contar sus experiencias de violencia que no obtuvieron justicia por los conductos institucionales. Quizás uno de los casos más antiguos de escrache feminista conocido lo hizo Flora Tristán contra su ex marido, quien intentó matarla. 

...se ha convertido en un recurso popular en los últimos años porque las estructuras para viralizar información en las redes sociales resultan muy favorables para estas acciones. En Brasil en 2015 hubo una ola de denuncias bajo la etiqueta #MeuPrimerAsedio que se relanzó en abril de 2016 en México y Latinoamérica como #MiPrimerAcoso y casi en paralelo en México hubo una ola de escraches en el gremio del teatro seguidos de paredones de escraches en varias universidades. Luego la activista afroestadounidense Tarana Burke lanzó el movimiento #MeToo en Estados Unidos y el ejercicio tuvo fama internacional cuando fue apropiado por Hollywood.”


Esta ha sido la única vía para la denuncia que las mujeres hemos encontrado para denunciar sin enfrentar los costos que institucionalmente no se ha procurado evitar o desaparecer. Mucho se confronta el supuesto principio de la presunción de inocencia que es prerrogativa en la vía legal; sin embargo, un apunte necesario es que no lo es en absoluto para las denuncias sociales. Los derechos que se enfrentan aquí son el derecho a la libertad de expresión de las víctimas y el derecho a la honra de los agresores y presuntos agresores. En todo caso, el eventual daño a la honra de un agresor en un sistema que lo alienta a agredir es mínimo comparado con las afectaciones que de por vida las víctimas cargan y que sin atención terapéutica adecuada, les impiden desarrollar una vida “normal”. Entrecomillando lo normal, porque nuestra cultura y sociedad ha normalizado la violencia al grado de hacernos percibir a las mujeres como fuertes de acuerdo a las violencias que pueden soportar.

Las diferentes versiones del #MeToo iniciaron con los escritores, de ahí pasó a periodistas, activistas, médicos, servidores públicos, teatro, cine, danza, académicos y por cientos se están comenzando a cuestionar sus prácticas y dinámicas porque los costos sociales mas que una sanción penal, apuntan a dinamitar el capital moral con el que los agresores se embisten para seguir cometiendo sus atrocidades. “Exageradas”, “denuncias delicadas”, “acusaciones graves” son los epítetos que se han expresado sobre los señalamientos pero entre mas deciden “defenderse” más se enredan porque a la par surgen abogadas y activistas especialistas en acompañamiento de estos casos que saben de múltiples herramientas para salir avantes de lo que para muchas fue un temor permanente: que la denuncia se revierta en forma de acusaciones penales por difamación o daño moral (infundado por cierto porque no tiene sustento ni forma de proceder).

Si bien es cierto que Chihuahua no es un sitio tuitero, varias colectivas jóvenes están en varios espacios denunciando y escrachando cubriendo ese espacio. El universitario es inspirador: Mujeres Organizadas de la Facultad de Derecho y la Colectiva en Construcción de la Facultad de Artes. Mujéricas es emblemático en la denuncia permanente de las violencias en el espacio laboral por dedicarse al feminismo obrero.

De acuerdo a su impacto, el  #MeToo ha venido a ser el artífice faltante y absolutamente necesario para la revolución cultural que va a transformar paradigmas en materia de violencia de género.

marielacastroflores.blogspot.com

@MarieLouSalomé