Opinion
Crónicas de mis Recuerdos

El proyecto de construcción de las iglesias Catedral y Santa Eulalia (Segunda parte)

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/ En esta fotografía, se muestra el antiguo retablo de cantera que tenía la iglesia parroquial (hoy Catedral) de la Villa de San Felipe el Real entre 1780 a 1792, esculpido por las manos ingeniosas de don Nicolás e Ignacio Morín.
/ Sorprendente con esta imagen que representa el plano más viejo de lo que sería la iglesia parroquial de la Villa de San Felipe (hoy Catedral) de 1726, elaborado por Joseph de la Cruz.
/ Este es un segundo plano de la iglesia parroquial (hoy Catedral), elaborado por Joseph de la Cruz en 1730.

Oscar A. Viramontes Olivas

domingo, 21 junio 2020 | 05:00

Verdaderos símbolos espirituales representan hoy en día, las dos iglesias que se empezaron a construir hace ya casi 300 años, la hermosa e imponente Catedral, que mira a los cuatro puntos cardinales y que registra en su memoria, el sacrificio de miles de personas que intervinieron en su construcción a lo largo de un siglo, donde la fe se impuso sobre los múltiples problemas que se fueron presentando para su edificación y conclusión. 

De igual forma, la histórica construcción ubicada entre montañas ricas de minerales que se empezó a levantar a la par con la de Chihuahua, la parroquia de Santa Eulalia, la cual se sostiene a pesar del desgaste de los años y que mira hacia el norte con una comunicación de fe con su hermana la Catedral.        

Recordando algunos eventos comentados anteriormente, cuando en el simbólico año de 1727 en la antigua y dinámica población de la Villa de San Felipe el Real que carecía de un templo “digno” de la categoría e importancia de la zona, pues las actividades que se llevaban a cabo ahí y en la región, estaban motivadas por la gran riqueza existente de las entrañas de las montañas, por lo que el ayuntamiento de aquel entonces, preocupado y alarmado por semejante omisión y el “aguijoneado” sentido del “celo cristiano”, se buscaría convocar para el 7 de mayo de ese mismo año a una importante junta en la plaza de Armas para todos los vecinos de la Villa y autoridades, como diputados representantes de la minería y comercio, con el fin de desahogar ese sentimiento de “remordimiento de fe” por no tener en su Villa una parroquia a la altura de las circunstancias. 

Ese día llegaría y todos atentos y formaditos para escuchar las “sabias” palabras de su alcalde primero que les expresaría todas sus inquietudes espirituales que no lo dejaban dormir, las cuales consistían en la propuesta para construir junto con su contraparte de Santa Eulalia, dos templos “dignos” como santuarios de fe, dando a conocer a los presentes que no era otro asunto más que gestionar lo necesario para construir una iglesia parroquial decente por no haber otra que una vieja y reducida capilla de adobe que estaba en el lugar donde hoy es Catedral. 

La arenga del alcalde cayó en bien preparados oídos, dados los piadosos sentimientos de los buenos vecinos de la “Villa de San Felipe” que por unanimidad de votos, aprobarían los proyectos expuestos por el alcalde primero. Lo más complicado de esto, sería saber de dónde saldrían los fondos para ser destinados a la construcción de los nuevos templos, por lo que se impondrían contribuciones de un real por cada marco de plata, pagando siete granos los mineros que la sacaran y otros cinco los mercaderes vecinos, los entrantes y salientes que la compraran o rescatasen. Con todas estas propuestas, los vecinos y las autoridades estarían de acuerdo asumiendo un compromiso bastante importante que no sería fácil hacerlo. 

Así, se empezaron a hacer una serie de cartas para llevar la propuesta a Juan de Acuña y Bejarano, trigésimo sétimo virrey de la Nueva España y de ahí, mandarlo del otro lado del Atlántico hasta las manos del rey de España Felipe V, datos que parecen rápidos de solucionar sin embargo, la falta de medios más rápidos como los tenemos hoy en día, hacían que todos estos trámites tardaran meses, sino hasta años. 

Por lo que el análisis y el entusiasmo de rey Felipe a la propuesta, darían su visto bueno para tan nobles proyectos. Ahora, esta aprobación se devolvería por el mismo camino que llevó la solicitud, hasta llegar de nueva cuenta a estas tierras agrestes de la Nueva Vizcaya y en específico a las villas de los reales de San Felipe y Santa Eulalia, con una cédula fechada en Sevilla, España el 9 de marzo de 1731 por su filantropía, celo y cristiano designio, exhortándolos (el rey) a que llevaran a pronto término sus proyectos. 

Para el cálido verano de 1738, los esfuerzos en la edificación de la iglesia parroquial de la Villa de San Felipe (hoy Catedral),  estaban a paso lento pero seguro y ese mismo año, ya se había avanzado en la construcción de los gruesos muros exteriores que le daban una apariencia de robustez a la obra y tres años más tarde, la lucha contra el clima y las exigencias de más recursos para ir logrando terminar algunos detalles de la parte inferior, como lo eran los detalles de la parte superior de la puerta principal, donde se había escrito una leyenda que decía “Año de 1738” y entre las dos columnas que en apariencia sostienen el extremo más alto de la portada y en cuyo espacio estaba esculpido el escudo y armas del rey de España. 

Hoy lo ocupa la carátula del reloj público que se lee con otra fecha que versa: "Año de 1741”. Para 1750 se consideró que con las fuertes sumas ya colectadas y mediante la aplicación del impuesto de “un real por marco de plata,” bastaba para los gastos que aún eran precisos erogar y en una junta pública efectuada en junio del citado año, se convino en que se cesara de cobrar el susodicho impuesto.

Todo marchaba en aparente calma y sin ningún tipo de problemas, pero esto era aparente, pues las condiciones complicadas de aquellos tiempos debido a las incursiones de las tribus apaches hostiles que dejaban a todo mundo helado, presentándose en algunas regiones de la extensa Nueva Vizcaya muchas muertes, destrucción y saqueo. Estos acontecimientos, requerían también de recursos para solventar las avanzadas armadas para hacerles frente a los “salvajes” y bajo este panorama gris, trascurrirían los meses y los años hasta ubicarnos en el frío otoño del 6 de noviembre de 1757 donde se convocaría de nueva cuenta a una asamblea pública de “emergencia”, donde se informaría que aún faltaba de concluir las dos grandes torres, las piezas anexas al templo y el adorno interior. Bajo esta situación y sin duda lo más ríspido, era que se requería más dinero para darle continuidad a esos detalles, resolviéndose que se debería aplicar la contribución que estaba ligada con la extracción de plata hasta cubrir todos esos elementos y detalles que se necesitaban hacer al interior y exterior de la obra. 

Muy pronto las arcas de la piadosa obra abrigarían fuerte caudal, pero justamente la población de la Villa de San Felipe el Real estaban totalmente alarmados con las correrías y depredaciones de los bárbaros apaches y comanches que en son de guerra, recorrían los desiertos y llanuras de los cuatro puntos cardinales que circundaban a los aislados centros de población de la provincia. 

Por ello, se acordaría en una asamblea pública urgente del 2 de abril de 1772, que se aplicaran los fondos acumulados en la construcción de las iglesias para los gastos de guerra y sostenimiento de las compañías volantes y fijas que serían destinados para darle batalla a los indios sublevados. Distrayendo de esta manera los fondos colectados del fin a que se les había destinado, se proseguiría sin concluir la iglesia parroquial hasta que las diputaciones de comercio y minería, gestionarían ante el rey de España, se devolvieran las sumas invertidas en las expediciones contra los bárbaros; este reclamo, “retumbaría” en toda la comarca pues con “la fe no se juega”, por ello, la población junto con su autoridad, mandarían una protesta ante su majestad y éste contestaría con una “Real Orden” del 23 de mayo de 1789, donde  su majestad les concedía no solamente el reintegro de los noventa y siete mil ochocientos setenta y tres pesos, cinco reales y cinco granos que reclamaban, sino que cesaría las contribución sobre cada marco de plata contra cuya exacción reclamaron también, considerándola ya muy pesada y onerosa por encontrarse en mala situación la minería y el comercio de la comarca.

El Proyecto de Construcción de las Iglesias de Catedral y Santa Eulalia (parte dos), forman parte de los Archivos Perdidos de las Crónicas de mis Recuerdos. Si usted desea adquirir los libros sobre Crónicas Urbanas de Chihuahua: tomos I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII y IX, pueden llamar al cel. 614 148 85 03 y con gusto se los llevamos a domicilio o bien, adquiéralo en Librería Kosmos (Josué Neri Santos No. 111); La Luz del Día (Blas Cano De Los Ríos 401, San Felipe) y Bodega de Libros.

Fuentes:

Libro: ciudad de Chihuahua, apuntes históricos; Hemeroteca Digital UNAM: Revista de Chihuahuense (1909); Bargellini, Clara. (2011). Marcos de Veneración. Instituto Chihuahuense de la Cultura; http://catedraldechihuahua.blogspot.com/2016/05/var-vvideonew-arrayvvideo1-vvideo2_75.html y Fotos: Fototeca-INAH-Chihuahua.

violioscar@gmail.com

Maestro-investigador-FCA-UACh