Opinion
Álter Ego

El pueblo manda

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Rafael Soto Baylón

miércoles, 24 marzo 2021 | 05:00

“Ya no me dices padrino ni me besas la mano”

Mario Puzo 

Me platicó Enrique Macín (+), gran conocedor de la Historia de México, una anécdota. Debo aclarar que se la han atribuido a varios personajes pero la leyenda me fue compartida como la voy a contar. Cuando Miguel Alemán alcanzó la presidencia de la república, este político veracruzano tenía un compadre al que estimaba mucho. 

El compadrazgo es sagrado porque uno no escoge a sus padres, ni hermanos, tíos, cuñadas ni nada. Simplemente llegan. Pero este lazo católico es decidido con toda paciencia, inteligencia, cariño, conveniencia, amistad, respeto porque como dice la sabiduría popular “a falta de padre, padrino”. Es decir, ese compromiso sobrelleva que si el progenitor muere el tutor debe hacerse cargo del cuidado y la educación del tutorado.

El compadrazgo es un no sé qué que va más lejos de la amistad. “Compadre” es un término que proviene del latín tardío “compater”, que significa co-padre y del prefijo “co” que indica reunión, cooperación, agregación. En palabras pobres, significa “el que coopera con el padre”. 

Claro está que el lazo, atadura, es el ahijado a quien dirá a su cuasi padre “padrino”. Este vocablo proviene del latín vulgar “patrinus”, padre, y del sufijo latino inus “procedencia”. Y desde la elección del padrino del hijo o de la hija se va escribiendo su destino. El padrino tiene la obligación de proteger al ahijado. El ahijado debe obedecer como a su propio progenitor a su padrino y en otros tiempos era costumbre que debíamos besar la mano del padrino como señal de respeto.

Ah, otro asunto, cuando alguien te solicita para compadre o comadre es imposible negarse. Tampoco, una vez tratado el asunto, no es correcto decir que dijo mi mamá que siempre no. Con lo extraterrenal no se juega.

Los compadres lo serán para siempre. Y se cuidarán como parientes de benditas redes espirituales.

Pues bien, volviendo al tema, me comentó mi compadre Enrique Macín que cuando el jarocho Alemán llegó gracias al voto popular a la primera magistratura de la nación en 1946 –muy joven, había nacido en 1900- tenía entre otros a un compadre muy especial. Ese familiar espiritual quería, como Alemán en su momento, ser gobernador de su estado natal. Desde antes de 1948 le insistía al presidente en su interés político. Lo buscaba en su casa, iba a Los Pinos y a Palacio Nacional para hacer antesala y recordarle su promesa de apoyo al Todopoderoso.

Sin embargo, cuando Adolfo Ruiz Cortines dejó la gubernatura veracruzana para asumir la Secretaría de Gobernación, el compadre de Alemán hacía zanjas en las oficinas presidenciales. Sin embargo el Mandamás debió inclinarse por Ángel Carvajal Bernal. Cansado de esconderse de su más que amigo un día lo recibió en Palacio Nacional, abrió de par en par puertas de su oficina al igual que sus  brazos y con un cariñoso saludo le dijo “¡Compadre, nos ganó el pueblo!”.

Puede que lo expuesto no sea históricamente cierto, pero las enseñanzas sí. ¿Por qué en su momento López Obrador no le dijo a Salgado Macedonio ¡“Compadre, nos ganó el Pueblo”!?”. Por varias razones, una de ellas es que no le importa perder votos y no ama la democracia. Pero sobremanera por el octavo pecado capital: la necedad.

Mi álter ego les recuerda que el gobernador Corral nos anunciará –muy pronto- un incremento al precio del Sistema de Transporte Colectivo. Un regalito de último minuto.