Opinion

El sexo es un carrusel; el amor, un bongie

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Alfredo Espinosa

domingo, 14 noviembre 2021 | 05:00

1.- El erotismo, más que una búsqueda del otro, es un encuentro consigo mismo.

2.- Las parejas normales están maniatadas, domesticadas por la rutina y las buenas costumbres. Tienen su raíz en la tradición; su destino es la cursilería. Su preocupación más alta es realizar la verdadera y única tarea divina de procrear a los habitantes del planeta. En el hijo perpetúan a la divinidad y por ello se dan el lujo de ser frívolos, superficiales y decir acerca del amor las cosas más repugnantes y mediocres de que tenga memoria la literatura universal como si pronunciaran verdades incuestionables.

Pero todo este discurso de la estabilidad, el respeto, la moralidad, se viene abajo cuando sus valores se disuelven en un poco de alcohol y a sus impulsos los empujan ansias libertarían y ambientes cómplices o anónimos.

Por muy altas que suban las murallas, por muy pertrechados que se encuentren, llegará la noche y las campanas llamarán a cada uno para que encuentren su placer muy cerca de su infierno.

3.- La moral y las ideologías se erigen como defensores feroces contra toda desviación; pero inevitablemente el hombre aprende, desea, imagina y se acostumbra. La naturaleza sexual de los hombres es diversa en sus anhelos y aunque la civilización haya logrado un buen trabajo delineando rígidamente un rol, los comportamientos son apenas una conveniencia, una condescendencia, un guiño, una aceptación con la sociedad. 

Pero habrá momentos en que antiguas reminiscencias animales, oscuras fuerzas desconocidas emerjan empujadas por deseos proscritos dispuestas a derrocar esa farsa que se ha fortalecido en nombre de una dudosa honorabilidad y decencia.

4.- El cuerpo es lo único que poseo para desear, sufrir, amar.

Los amores platónicos son para mí inexplicables a no ser que se padezca de una psicopatología inescrutable, de una perversión, o de ambas como en el caso de los místicos cuya capacidad de sublimación es admirable. Pero si uno no es un santo, sino un miserable como cualquier otro, debe abandonar la insensatez de los amores espirituales.

5.- El amor es una quimera de la civilización; el deseo de los hombres por engañarse es muy antiguo: la cursilería pervierte la naturaleza animal para sublimarla pero sobre todo para reprimirla. Los hombres imitamos —y superamos— a los animales en su ferocidad pero nos apena hacerlo en sus maniobras de acoplamiento. 

Mira a los perros en las calles, a los gatos en las azoteas, se olfatean, se persiguen, se montan, se lamen.

6.- Los placeres del solitario desdeñan a la otredad. Educan a la imaginación para que se conecte la imagen fantaseada con la sensación que se desea sin preocuparse de la correspondencia ni de la reciprocidad, disculpándolos también de esos naufragios, no siempre agradables, de convivir con aromas, salivas, sudores, atolondramientos, torpezas. El otro, que es real sólo cuando lo imaginan, está absolutamente sometido a sus deseos porque sólo los esclavos pueden llevar a cabo sus tareas tan exhaustivas y delicadas. Son instrumentos mecánicos finísimos cuya educación ha sido paciente y minuciosa para que estimulando ciertos puntos y de manera muy precisa logren que gocen como nadie en la realidad ha gozado.

7.- La fantasía

—no tú, putilla—,

es mi mejor amante.

8.- El otro de la imaginación es una extensión de sí mismo adiestrado en el sutil arte del erotismo, por eso la fantasía llega a producir más placer que los mismos encuentros reales. Es preferible la fantasía si no se está de acuerdo con Sade. El encontrarse con el otro real puede provocar goces a condición de que su comportamiento sea absolutamente sometido a los deseos de uno.

9.- El amor comienza con una perplejidad y continúa inmediatamente con un ansia devoradora. En el instante posterior a reconocer al otro como indispensable y advertido de su propia incompletitud, intentará engullírselo para ser a plenitud.

Sólo en los amores despechados puede mantenerse el otro como tal y el uno como una sufriente mitad de sí mismo.

10.- El amor, ah el amor, otra vez esa rata royéndome el corazón.

El amor es una copa que los amantes llenan y vacían —según la ocasión— de veneno o champagne.

Créanmelo: el amor es una mordedura de víbora.

11.- El amor es imposible si dos sujetos con albedrío se empeñan en unirse. La lucha que establecerán será permanente y cruenta y uno de ellos saldrá derrotado.

Uno de los dos sujetos amorosos dejará de serlo. El amor sólo prospera en el Phatos.

El amor nace cuando se descubre que el otro es aquel —único e insustituible— que puede restituir la antigua unidad primordial. Sin él, sin posesionarnos de él, sin hacerlo carne de nuestra carne, sangre de nuestra sangre, seremos por siempre un ser incompleto. 

Pero al hacerlo nuestro, uno de los dos abandonará su existencia real.

Sólo en el Phatos, el amor logra su equilibrio.

12.- El amor no consiste en acercamientos epidérmicos, besos atolondrados, sonrisas anodinas, forcejeos mecánicos, acrobacias, maniobras —técnicamente perfectas— del acoplamiento. No; concedo a la tarántula el más alto honor de poseer la sabiduría y la sensibilidad para amar como ningún otro ser sobre la tierra: ama al macho mientras le engulle la cabeza.

13.- La magnitud del amor se reconoce por el grado de dolor que provoca. Los agentes siempre dispuestos a calibrarlo son la traición, el desengaño, la humillación, el desprecio. Y estos suplicios serán también los instrumentos para destruir al ídolo.

Sólo matándolo se obtiene de él la absoluta posesión.

14.- Los amantes desesperados desconocen la noción del ridículo porque en ellos ha desaparecido el sentimiento de vergüenza y han entrado de lleno al ámbito de lo indigno.

15.- Ah, si el amor tuviera la inocencia de los salvajes, la sencillez de los bárbaros, no nos atormentarían las costumbres corrompidas de los civilizados que en su último afán por reprimirlo crearon un dios único e inmisericorde, hipervigilante de nuestras conciencias y conductas, inaugurando con él, la sociedad de los culpables.

16.-El amor tiene magia: palabra portentosa, metáfora intacta que pese al manoseo de la cursilería, perdura con su carga de utopía y deslumbramiento sólo comparable a la que poseen la libertad —su adversaria— y los sueños, siempre inexistentes.

17.- El amor lucha contra su propia definición. Ahí reside su verdadera potencia. Reino de las paradojas y las metáforas; páramo de espejos, hielo abrasador. Si desea nombrarlo,   el lenguaje debe renunciar a la objetividad y elegir, en cambio, la penumbra, la ambigüedad, la poesía. 

No se nombra, pero cuando atraviesa tu corazón, lo sentirás de tal modo que no podrás olvidarlo jamás. 

18.- “Todas las relaciones deben interpretarse en función del poder. El hechizo de la seducción y las relaciones sexuales no escapan de estas interpretaciones puesto que también involucran relaciones de poder. En la ciega lujuria del éxtasis, aun cerrando los ojos, nadie se olvida de dominar al otro, de poseerlo.

La sensualidad es una perra que nos mordisquea los tobillos. Y una perra sabe muy bien cómo suplicar un buen trozo de espíritu cuando se le niega un pedazo de carne”. 

19.- Quien posee el secreto de las culpas y debilidades de otro lo hace su esclavo.

20.- El sexo es un carrusel; el amor, un bongie.