Opinion

El síndrome Kershaw

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Jesús Antonio Camarillo
sábado, 12 octubre 2019 | 05:00

Una de las postales más tristes en la historia del deporte. Al ver la desoladora imagen de Clayton Kershaw en la cueva de los Dodgers después de que su manager lo sacó del juego tras recibir dos cuadrangulares consecutivos en un evento decisivo de los playoffs, pensé que tenía que escribir algo sobre él. 

Sólo excepcionalmente una colaboración editorial se suele ocupar de una figura deportiva, pero lo que pasó el miércoles por la noche en el Dodger Stadium quedará no sólo para la historia del llamado Rey de los Deportes, sino también como una fotografía que permite establecer comparaciones con eventuales posturas y respuestas éticas en el mundo del deporte y hasta el de la política práctica.

Pongámoslo en contexto: Kershaw es uno de los más consistentes lanzadores de la historia del béisbol moderno. Desde su debut en Grandes Ligas en 2008, el joven Clayton mostró las cualidades de un pitcher extraordinario. Kershaw se ha llevado todos los galardones más importantes a los que un abridor ligamayorista puede aspirar. Tres veces ganador del codiciado premio Cy Young; ocho veces participante en el Juego de Estrellas; jugador más valioso de la Liga Nacional en 2014, entre otras distinciones. Es un atleta que desde los veinte años de edad es una estrella del deporte mundial.

Todo hasta aquí muy bien en el aura que rodea a Clayton, sólo que, el brillo excelso de sus dones en temporada regular se apaga cuando de la post temporada se trata. En los playoffs a Clayton le conectan como si fuera un lanzador de la Liga Estatal de Béisbol de Chihuahua. Cada que los Dodgers llegan a las finales a Kershaw lo apalean. Lo que en un inició se pensó como un evento fortuito de los que se dan en el béisbol, se convirtió en un patrón. Aun así, el solo nombre de Kershaw impone y su manager, Dave Roberts, no dudó en ponerlo a sacar los últimos outs de un juego decisivo que les daría el pase a la serie de campeonato de la MLB. Con un marcador de 3-1, los Dodgers parecían tener en la lona a los Nacionales de Washington. Después de sacar con un ponche el último out de la séptima entrada –lo que auguraba que el síndrome Kershaw podría quedarse en el olvido- en la octava vuelve a la lomita, lo hizo sólo para recibir dos cuadrangulares, espalda con espalda, uno de Anthony Rendón y otro de la efervescente promesa dominicana, Juan Soto. Tras perder la ventaja, la tragedia de los Dodgers, quizá iniciada desde decisiones anteriores, empezó a cristalizarse.

Ya en la toma televisiva del dugout del equipo, lo que los aficionados al béisbol atestiguamos fue la personificación de la tristeza en la figura encorvada de Kershow. Sentado, con la mirada perdida, rodeado de camisetas, pequeñas hieleras y vasos sucios, el gran Clayton quizá todavía no asimilaba lo ocurrido.

Un poco más tarde, Kershow, con sus declaraciones, me parece, daría una lección al mundo del deporte. “Decepcioné totalmente a mis compañeros. Lo que la gente dice de mí y los playoffs en estos momentos es verdad. Lo entiendo y lo acepto. No hay nada que pueda hacer al respecto en estos momentos. Es una sensación terrible, en verdad lo es. No me voy a quedar de brazos cruzados, me voy a quedar aquí y voy a tratar de luchar y competir de nuevo”.

No me imagino a un futbolista mexicano de medio pelo dando una declaración de esta naturaleza. Mucho menos escuchar de un gobernador o de un presidente la aceptación de que su gestión fue un fracaso. Kershow, en cambio, una gran estrella acostumbrada a ganar -salvo en postemporada- declarando con humildad que no tiene excusa. Que su trabajo en la lomita fue decepcionante. Que sólo le queda volver y luchar, como lo saben hacer, agregaría yo, solo los grandes.

No entiendo al público que tira al campo la camiseta con el nombre de quien minutos antes aclamaba, pero comprendo que el deporte es también pasión. En cuanto a Kershaw, estoy casi seguro que lo volveremos a ver en el próximo octubre.