Opinion

El truco de las encuestas

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Jaime García Chávez

domingo, 21 junio 2020 | 05:00

Si la demoscopia y sus encuestas fueran a la política lo que el microscopio a la biología, no estaríamos donde estamos. Sé por experiencia –y la sociología política nos lo dice– que las buenas encuestas, en cualquiera de sus modalidades, sirven bastante para sondear a la sociedad en innumerables aspectos. Por ejemplo, los censos son confiables porque consultan a plenitud a la población, prácticamente nadie se queda fuera. Lo que tiene de rigor estadístico y, por ende, matemático, propende a que a las encuestas se les asigne gran valor por construir conocimiento, acercarnos a las certidumbres o al escepticismo fundado.

No estoy peleado con las encuestas, ni con los sondeos, con ninguna de las herramientas que nos permitan investigar en la sociedad una diversidad de simpatías, aversiones, pulsiones humanas, condiciones materiales que nos hablen acerca de cómo están pensando, accionando o padeciendo los seres humanos en torno a los problemas que es indispensable conocer para tomar decisiones de variada índole, ya sea que estés en el poder, en un partido, en una ONG, o simplemente conociendo tu propia sociedad. Así las cosas, con una encuesta se puede saber desde el olor más querido para los jabones, el sabor preferido de una cerveza, las simpatías por un equipo de futbol o la percepción de un ciudadano que busca una candidatura para un puesto público de elección popular. Pero, por más que se quiera, la encuesta no es un microscopio.

Al igual que en todo el país, estamos siendo testigos en Chihuahua, con motivo de la futura elección de gobernador, de la ejecución de todo tipo de encuestas que nada tienen que ver con su uso adecuado para llevar a conclusiones indicativas y serias por el empleo riguroso de metodologías que lo permitan. Desde luego que en esto hay niveles: en algunos portales digitales, con muy escasos lectores, efectúan estos ejercicios y los “triunfadores” de ahí pretenden salir de inmediato al estrellato de alguna candidatura. Ni estas encuestas ni el momento favorecen el conocimiento de la realidad a las puertas de la crisis económica que viene y los estragos de la pandemia. 

Lo más peligroso para un proceso democrático es adosarle encuestas por encargo, las que se confeccionan con los resultados y conclusiones establecidos con antelación, al gusto de quien las paga. Se ordenan para que coloquen a un partido o a un político en un buen lugar y, acto seguido, lo venden como un producto mercantil. Dicen: “El señor equis, por sus grandes cualidades, está en primer lugar”. La casa encuestadora lo sostiene casi como verdad revelada, y lo que debiera ser argumentado y demostrado por principio, se da por válido, recurriendo a un típico sofisma, una “verdad” engañosa, aparente.

Desde luego que hay empresas que hacen estos trabajos con profesionalismo y me merecen el respeto, pero ni remotamente es el caso de todas, y mucho menos de las que de entrada se ve que viven del fraude y la mentira, que las hay, y debemos tenerlo como algo reconocible. En estos momentos circula una batería de encuestas con los resultados más disímbolos y aun contradictorios, como si se tratara de la consulta a dos sociedades distintas. Si de lo que se trata es de posicionar a un partido, el que sea, siempre quedará en primer lugar el que compra el servicio, y luego, también en conveniencia, el acomodo a placer de las otras formaciones partidarias en el segundo, tercero o cuarto lugar.

Igual, si lo que se pretende es posicionar a un candidato o candidata, se procede de similar manera, porque la receta es prestablecida. Pero no sólo eso, también hay encuestas que sin hablar lo dicen todo para provocar la “ley del hielo” a potenciales competidores, en particular a los que no están en plataformas partidarias. Pareciera que la “ley” es: todo dentro de la partidocracia, nada fuera de ella.

Así, tenemos que hay encuestas en las que el PAN de Chihuahua está en primer lugar, sin explicar que ese partido está en el poder y ha llevado al estado a un desastre. Obviando esto, los candidatos azules están en primer lugar y lo mismo sucede con los de MORENA y algunos de los rostros políticos que pueden estar en la competencia futura. Tengo para mí que estos procedimientos desgastan simultáneamente a los partidos, a los actores individuales, a la democracia y a la política misma como una actividad esencial para la construcción de acuerdos y la canalización de los disensos y conflictos que están en la miga misma de la sociedad. 

Estas encuestas son además, y primordialmente, un pivote para hacer campañas anticipadas, a ciencia y paciencia del órgano electoral, aparte de que no tienen la calidad que la ciencia social les asigna, ni el soporte estadístico que le otorga el barniz de las matemáticas, que se sabe es la única ciencia que tiene reputación de exacta, aunque hay paradojas que la desmienten, aunque ese es otro tema.

No hay candidato o candidata que se precie hoy de estar en el mercado electoral (perdón por el concepto neoliberal) que no se presente con una encuesta bajo el brazo que lo apoye y lo haga, presuntamente, “competitivo”. Este es el uso propagandístico de la encuesta; reconozco que como recurso alcanza, tiene cierta eficacia y termina por dar o negar ventajas, tal y como lo demuestra la experiencia mexicana en el empleo de esta artimaña que llegó para quedarse, a lo más, hace treinta años. Antes no era necesario en política electoral, sólo había una marca en la competencia y además llevaba, para que no hubiese duda, los colores de nuestra bandera nacional y la invitación a “ser patriotas”.

Pero este mecanismo vino acompañado en Chihuahua con el expreso deseo de que sólo hay candidatos ubicados en la derecha, trátese del partido que sea, PAN, MORENA o PRI. Los empresarios les hacen foros a los pretendientes e inducen encuestas y el resultado de esta machaconería nos dice: “¡Estos son! De aquí saldrá el gobernador, no hay más lista que la nuestra”. Y así, como la gota que termina por horadar la roca y romperla, llegado el momento, Juan te llamas, y los de siempre se quedan con el timón en la mano.

Que la derecha tradicional esté en un partido o sin partido, recurrir a esto le es natural; se soportan ahí proyectos de poder para poder, plataformas para reproducirse permanentemente. Pero no es, ni puede, ser el camino de los que buscan construir el poder ciudadano real, o el de aquellos que genuinamente tienen un compromiso con una izquierda democrática que en Chihuahua, dicho sea de paso, no está presente en la sociedad. 

Lo poco que hay de izquierda debe reflexionar lo que viene, lo inminente, y definir qué papel va a jugar. Esto es de la mayor importancia. MORENA se presenta como un referente en esto, pero sus precandidatos se ubican a la derecha de manera inocultable. De Cruz Pérez Cuéllar ni qué decir: larga militancia panista, buen tiempo líder de ese partido, y uno de sus parlamentarios con tribuna congresional. Claro, él tiene sus encuestas, ¡qué caray! 

A su vez está el suplente senatorial de Pérez Cuéllar, Rafael Espino: hombre de negocios, exfuncionario priísta, ausente por entero de la vida pública de Chihuahua y sus conflictos y dificultades. Podríamos decir que es un candidato zacarina: le endulza la vida a algunos, pero no engorda. Él, cuando era vigilia, comía carne, y ahora con MORENA ve mucha carne de dónde cortar y hasta ha desterrado la palabra “vigilia” de su diccionario. Por supuesto que él también tiene sus encuestas; se las han dado sus ropajes de procónsul obradorista en potencia. Bastó algo de autopromoción para quitarse lo desconocido, aparecer con esa imagen para que ya, súbitamente, se crea en la antesala de la gubernatura. Las elecciones serán un trámite para él. 

No hay moral, al menos de esa que se presume por la izquierda, porque si la Cuatroté, como ha sucedido en los últimos cien años, nos nombra un gobernador en la Ciudad de México, entonces quiere decir que estamos en retroceso y en la calle, por más que Espino quiera darse un adarme de credibilidad a través de monitos que nos hablan de las regiones del estado y de los riquísimos jamoncillos de Parral. Y, ¡zas!, como decía la propaganda de una marca de cigarrillos, “todo está dicho”. 

No lo soslayo: cuando los ciudadanos toleran todo esto, son ellos mismos los que se echan las cadenas y los grilletes encima. Quizás la encuesta, convertida en truco, sea el edulcorante.