Opinion
De política y cosas peores

Embestidura presidencial

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Catón

lunes, 30 agosto 2021 | 05:00

CIUDAD DE MÉXICO .-Entre sus muy escasos méritos este escribidor tiene el de no tomarse a sí mismo demasiado en serio. Podría hacer suyos los versos del poeta jerezano: "Yo sólo soy un hombre débil, un espontáneo que nunca tomó en serio los sesos de su cráneo".  Esa actitud salva de la solemnidad pedante, una de las más risibles formas que asume la cursilería. Cierta curiosa frase dice: "Fulano es más serio que un puerco meando". Nunca me he puesto a observar a uno de los de la vista baja -eufemismo que usaba Sancho Panza para no decir "cochino" o "cerdo"- en el momento de hacer de la chorra, pero supongo que el símil ha de tener alguna base. Todo lo anteriormente dicho me sirve para manifestar que el hecho de no creer que mis letras son dignas de ser inscritas en bronce eterno o mármol duradero me ayuda a jugar con las palabras igual que cuando niño jugaba con las canicas, o sea divirtiéndome, gozando la ocasión. Por eso puedo hacer juegos de palabras que las más de las veces resultan deplorables, pero que mis cuatro benévolos lectores me perdonan. He aquí uno de esos juegos, el último que se me acaba de ocurrir: "Con López Obrador se acabó la investidura presidencial. En su lugar quedó la embestidura presidencial". Antes los presidentes de la República tenían conciencia de serlo, y actuaban con respeto a la dignidad del cargo que ostentaban. Don Adolfo Ruiz Cortines, por ejemplo, solía ponerse su sombrero junto al pecho para evitar que alguien cometiera la imprudencia de intentar darle un abrazo al Presidente de México. Díaz Ordaz no se exponía al riesgo de improvisar sus discursos. Uno sólo le escuché improvisado, y fue en la celebración del centenario del glorioso Ateneo Fuente, de Saltillo, ceremonia en la cual pidió hablar, aunque su intervención no estaba en el programa. Fue ése, lo digo por justicia, uno de los más bellos discursos que he escuchado, y conste que a lo largo de mi vida he oído 749 mil discursos, más los que se acumulen la próxima semana. ¿Qué me dicen ahora de aquella investidura presidencial? AMLO la trae por los suelos, como guiñapo o trapeador. Quizá ni siquiera recuerda que la lleva en sí. Ya se vio lo sucedido en Chiapas con la CNTE, ese forúnculo que la República está condenada a llevar en salva sea la parte; barril sin fondo cuyos detentadores se salen siempre con la suya a costa del erario y del atraso educativo de los niños y jóvenes de los estados donde tal gavilla de dizque maestros campa por sus fueros. En el caso de la investidura presidencial López Obrador se fue del formalismo extremo al extremo importamadrismo. Y es que el caudillo de la 4T actúa más como candidato en campaña que como presidente en funciones. De ahí sus continuos insultos y ataques contra aquéllos a quienes considera sus adversarios. A falta de investidura, embestidura. Lástima que esto no sea juego de palabras, sino demérito para la figura presidencial y para la nación. Un señor más que maduro casó con mujer en flor de edad, y además frondosa y calentorra. La pareja se fue de luna de miel a Nueva York. Previamente el añoso galán le había pedido a su doctor que le prescribiera para la ocasión algunas pastillas potenciadoras de la libido. El facultativo le recetó unas de conocida marca, y le hizo la recomendación de que tomara sólo una, pues sufría de cierta debilidad del corazón. La noche de las bodas el provecto caballero prefirió afrontar el peligro de la cardiopatía antes que arriesgarse a quedar mal con su desposada, y al disponerse a la consumación de las nupcias en vez de tomarse una pastilla se tomó seis. Murió en la Quinta Avenida. FIN.