Opinion
Periscopio

En la Plaza de las Tres Culturas, el 2 de octubre de 1968

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Armando Sepúlveda Sáenz

viernes, 02 octubre 2020 | 05:00

En lo sustancial esta colaboración reproduce el contenido del artículo que publiqué el 10 de noviembre de 2011, bajo el título de “El 2 de octubre ¡no se olvidará!”; con motivo de la aprobación de la reforma a la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales. Expongo en cursivas el texto original:

Finalmente, después de un lapso de tres años archivado en la comisión de Gobernación de la Cámara de Diputados, el pasado 7 de noviembre fue sometido a votación del Pleno, el proyecto de Decreto que reforma el artículo 18 de la Ley sobre el Escudo, la Bandera y el Himno Nacionales, para que se incluya en el inciso b), entre las fechas luctuosas a recordar, mediante el izamiento de la bandera a media asta, la siguiente: “Aniversario de los caídos en la lucha por la democracia de la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, en 1968.” La votación del proyecto dio los siguientes resultados: 333 votos a favor, ninguno en contra y ninguna abstención. La reforma entrará en vigor en el momento de su publicación (ésta ocurrió el 20 de diciembre inmediato posterior). Por ello deseo hacer la siguiente remembranza.

Al atardecer del 2 de octubre de 1968, quienes esperábamos los mensajes de algunos de los integrantes del Consejo General de Huelga, sufrimos la agresión más artera y cobarde humanamente imaginable (ninguno podría esperar que seríamos objeto de una agresión artera y sanguinaria). La balacera que se produjo entre los miembros del Ejército y la pandilla de testaferros al servicio del Gobierno Federal, que privó de la vida a estudiantes y otros concurrentes simpatizantes del Movimiento estudiantil.

Del asombro inmediato al miedo pánico, no medió sino un instante. Los gritos de pavor, la muchedumbre corriendo sin orientación, con personas petrificadas por el terror, heridas o en cuclillas vaciando estómago. Fueron sólo unos instantes lo que nos llevó abandonar la escena, pero saturados de una enorme mezcla de sentimientos: dolor, perplejidad, impotencia, rabia, frustración que parecían exhalarse por todos los poros de nuestra humanidad. Algunos jóvenes fueron atrapados por el Ejército y trasladados al Campo Militar número 1, otros a centros de reclusión “temporal”. Algunos más, a los hospitales o las morgues.

A ciencia cierta, nunca sabremos cuántos fueron asesinados. Quienes estuvimos esa tarde en la explanada de la Plaza de las Tres Culturas, hemos recordado desde entonces, miles de veces el suceso luctuoso, pero en particular el 2 de octubre de cada uno de los 43 años transcurridos (el lapso es hoy, de 52 años).

El Instituto Politécnico Nacional, la Universidad Nacional Autónoma de México y otros centros educativos fueron asaltados por el Ejército y las fuerzas policiales del Departamento del Distrito Federal.

El Movimiento o más bien, lo que restaba de él, eran algunos grupos que operaban aisladamente realizando “mítines” relámpago, efectuando pintas murales, pegando estampas impresas y con leyendas manuscritas o repartiendo volantes. Siempre a “salto de mata”. Pronto desapareció todo esfuerzo. Era inútil, la barbarie se había instalado. Lo único que se podía conseguir era una golpiza inmisericorde e ir a parar a la cárcel.

Más tarde una mascarada de procesos judiciales terminarían por imputar delitos inexistentes con testigos fabricados. Este proceso mancilló vergonzosamente las instituciones de la justicia (Al respecto, el exministro de la SCJN, José Ramón Cossío ha publicado su libro: Biografía judicial del 68. El uso político del derecho contra el movimiento estudiantil. Debate, 2020). Durante el movimiento, la impudicia informativa de los medios masivos de comunicación y en particular de la prensa, abundó. Pero en realidad sólo era una pizca de lo que vendría después. Toda clase de descalificaciones sobre los estudiantes. Se tejían todo género de historias sobre maquinaciones perversas por parte de los estudiantes en “subordinación y contubernio con los más oscuros intereses de lesa Patria”, y todo género de tramposas y falsas “historias”.

Un pequeño sector, liderado por excarcelados, investigadores y observadores objetivos del Movimiento, fueron quienes obstinadamente difundieron todos los eventos y el proceso en general, intentando rescatar su contenido real y los fines que deseábamos alcanzar: libertad de expresión, no represión a la manifestación de las opiniones, como hilo conductor de un futuro mejor para todos, construido con la participación y el compromiso de todos. En síntesis sólo queríamos democracia.

La cortina de tergiversaciones e infundios, se volvió densa y logró cubrir los tenues esfuerzos por justipreciar los hechos reales, las motivaciones y expectativas de los actores de un lado y las presunciones de lo que paranoicamente pensó el bando gubernamental. Lo que quedó claro es que fueron órdenes de Presidente en turno, así lo manifestó en su Cuarto Informe Presidencial.

Desde 1992 escribí y expuse en la radio remembranzas y reflexiones sobre esos sucesos y su significación en cada aniversario de este trágico suceso. Dejé de hacerlo cuando consideré que el juicio histórico sobre el papel jugado por las autoridades estaba bien fundado y documentado.

Siempre abrigué la esperanza de que la verdad acabara por prevalecer socialmente, aunque a veces las dudas me embargaban, no sabía si lo vería.

En años recientes he escuchado en diferentes contextos una sarta de argumentos ominosos y carentes de la mínima objetividad, eso sí expresados en tono doctoral. Los argumentos en cuestión reproducen el esquema de desinformación manejado después del crimen. Qué podían hacer los criminales sino tratar de justificarse. La culpa de todo, era de los “traidores” y para ellos el paredón era poco.

Y reproduzco el último fragmento de un párrafo de Rosario Castellanos que citara en su alocución la diputada Beatriz Paredes: “Recuerdo, recordemos, hasta que la justicia se siente entre nosotros”. Y para reforzar el recuerdo, se inscribió con Letras de Oro en el Muro de Honor del Salón de Sesiones de la Cámara de Diputados, la leyenda “Al Movimiento Estudiantil de 1968”.

No obstante, la obligación de las autoridades de izar la bandera a media asta, se ha incumplido. Al que suscribe no le consta que desde la fecha de reforma a la Ley, la bandera monumental ondeara a media asta, rememorando el “Aniversario de los caídos en la lucha por la democracia de la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco, en 1968”.