Opinion

¿Es el INE el alma de la democracia mexicana?

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Daniel García Monroy

domingo, 13 noviembre 2022 | 05:00

Antes de 1997, México vivió en una “dictablanda-perfecta”. Para quienes conocimos y recordamos el sistema priísta, de hegemónicos 70 años de poder tricolor, aquello fue un asombroso sistema político, respetado y admirado por muchos gobiernos totalitarios del mundo. Nuestro país fue reconocido como una maquinaria-seudo-electoral del famoso “carro completo”; sin conflictos de levantamientos o revueltas sociales. No había forma de derrotar al amado “ogro filantrópico”. 

Sentencia irónica de muchas discusiones cantineras contra aferrados testarudos sobre cualquier tema, fue aquel: “ándale pues, a ver gánale al PRI”. Porque décadas antidemocráticas de fraudes y cero oposición política de peso, se aceptó en el inconsciente colectivo nacional como ley inamovible. 

La instauración de la inacabada democracia mexicana tiene antecedentes históricos vitales. Su principal: el movimiento estudiantil de 1968. Los focos guerrilleros de los sesentas y setentas del siglo pasado, también marcaron la piel social con sus mártires: Lucio Cabañas, Genaro Vásquez, Diego Lucero, más cientos de jóvenes irredentos incrustados en una veintena de organizaciones populares aspirantes a comunistas, pero desperdigadas y desarticuladas: Movimiento ferrocarrilero, Liga 23 de septiembre, el MAR, el CDP, por mencionar algunas. Fue la época juvenil de la admiración al marxismo y a la revolución cubana. El sistema priísta respondió al fenómeno con su “apertura” de 1977. Amnistía para los rijosos encarcelados o exiliados. Por primera vez en la historia se abrió paso a los diputados plurinominales de la incipiente oposición. No obstante, la democracia daba visos de poder existir.        

Vinieron después las luchas de los 80. Luego de la nacionalización bancaria de un lacrimoso López Portillo, las  clases medias y altas iniciaron su aspiración a la democracia nacional. Resucitó la lucha maderista: “Sufragio efectivo, no reelección”, encabezada por el Partido Acción Nacional. Los “místicos del voto” hicieron su aparición en la historia con Chihuahua, como punta de lanza. El “fraude patriótico” del verano caliente de 1986, abrió un poco más la puerta a la democracia sin adjetivos –hasta la Iglesia Católica aportó algo--. El presidencialismo mexicano entendió por fin, que tenía que negociar con líderes de fuerzas sociales ajenas al oficialismo, que comenzaron a estrangular carreteras y hacer largas marchas por la “dignidad”, más unas poquitas huelgas de hambre. 

Recordar se debe que lo que hoy conocemos como INE no existía. Las elecciones eran organizadas por la Secretaría de Gobernación, y “calificadas-aprobadas” por los mismos ganadores tricolores de siempre en el Congreso de la Unión. 

Pero la maquinal maquina comenzó a rechinar. El óxido en sus venerables 

venas, de los viejos líderes eternos; con don Fidel Velásquez y su CTM, como ícono del antiguo insostenible “charrismo” obrero, comenzaron a ser esqueletos que corroían un sistema que ya no daba para más.

El presidente Salinas comprendió entonces que habría que reconocer triunfos electorales innegables de la creciente oposición, más allá de las alcaldías, que se concedían (Chihuahua 1983), como moneda de cambio para despresurizar la tensión social. El sistema le negó a la izquierda toda posibilidad de poder real, pero le abrió el camino a la derecha representada por el PAN y sus líderes empresariales. En 1989 un candidato a ¡gobernador! del blanquiazul opositor, fue reconocido como ganador en Baja California, Ernesto Rufo Appel.  La ruta estaba marcada.    

La presión internacional también fue un factor fundamental para que el sistema mexicano decidiera abrirse a la democracia. El fraude de 1988 contra el ingeniero Cárdenas, hijo del General, fue piedra angular del inicio del resquebrajamiento de la mecánica nacional. Y en 1997, tres años después del levantamiento armado de Chiapas y del magnicidio del Luis Donaldo Colosio, se instaura en México el primer organismo electoral casi independiente del poder político. El IFE de José Woldenberg, como presidente, anunció la posibilidad de elecciones con resultados verídicos. Los fraudes en los procesos no terminaron, pero los votos comenzaron a ser contados con fidelidad en las casillas, por ciudadanos que exigían una democracia real.  En el año 2000 pierde el PRI, y la esperanza democrática se cumple con la alternancia en el poder federal. 

A pesar de que el cambio social prometido por un ranchero guanajuatense ex directivo de la Coca Cola, no llegó, el PAN volvió a ganar en el 2006, pero el entonces arbitro electoral llamado IFE, dio muestras de que la democracia en manos de otra élite burocrática ciudadaniza, también podía generar desconfianza en los electores.   

La derrota por mínimo margen de un tabasqueño de canas prematuras que había sido jefe de gobierno del DF, dejó una estela de animadversión social contra un posible fraude cibernético, de un IFE, que no salió bien parado del “haiga sido como haiga sido”, dicho por un electo presidente Felipe Calderón. Después la elección de 2012 con su ¡peligro para México! y Monex y Pemexgate. La desconfianza aumentó. Finalmente ya con nuestro actual INE desde el 2014, devino el milagro de los 30 millones de votos en el 2018; la fiesta de la democracia por un gobierno que se reclamaba de izquierda. Y así llegamos ahora “al INE no se toca”. La expresión de una oposición política que no sabe qué hacer bien a bien, contra el nuevo ogro tropical filantrópico, repartidor de pensiones, becas, tarjetas de dinero en efectivo.

Hoy la marcha más importante con causa nacional en el país desde hace casi cuatro lustros sale a las calles ¡en horabuena! Nadie puede en su sano juicio decir que esto sea malo, por el contrario, pues no existe democracia alguna sin oposición. Que no vayan a hacer el ridículo en mísera convocatoria es lo que está en juego. Que crean en sus objetivos con conocimiento. Que no se dejen manipular como los borregos de antaño, más que mejor. Que tomen la organización social desde abajo, desde las calles, como en aquel bendito 1986 en Chihuahua.