Opinion

Esperanza, gratitud y más encuarentenado que nunca

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Luis Villegas Montes

lunes, 09 noviembre 2020 | 05:00

Empezó como un cuentagotas y terminó siendo un torrente. Un auténtico alud de llamadas y mensajes de todo tipo que me demostraron gran simpatía por el fallecimiento de mi mamá.

Muchas personas me preguntaron por su nombre completo para una de dos cosas: publicar una esquela o para, ¡ay!, tenerla en sus oraciones. Muchos rosarios se han rezado por el descanso de su alma y ese gesto lo guardo en el corazón con singular cariño. No faltó quien, dado lo propicio de estas fechas, la incluyera en su altar de muertos.

Al principio, en la medida de lo posible, traté de devolver el gesto vía Facebook o WhatsApp, pero la tarea resultó imposible y, de verdad, no quise hacer menos ninguna publicación, ninguna nota, ningún mensaje. De ahí estas líneas.

Gracias, muchas gracias a todos.

En este punto, recuerdo una frase del dramaturgo norteamericano Thornton Wilder, quien escribió: “El tributo más elevado a los muertos no es dolor sino gratitud”; sé que el escritor se refería a otra cosa, pero la frase resulta igual de oportuna porque, sin desearlo ni preverlo, esta serie de acontecimientos me permitió atisbar un poquito en el corazón de muchas personas quienes, con singular afecto, a través de palabras de consuelo o pequeños (o grandes) gestos, me hicieron partícipe y sabedor de su afecto.

Oraciones y novenarios, sí, pero también comida e, incluso, un libro. De la bendita mano de la amistad me llegaron muestras de aprecio que en estas circunstancias resultan difíciles (imposibles) de olvidar o pasar por alto.

La muerte de mi mamá sirvió para recordarme que la vida es esto: una serie de momentos, un peldaño tras otro que nos acerca a la muerte o a la realización, lo que ocurra primero. A cada instante se nos brinda la oportunidad de ser ese alguien que queremos ser. Ese alguien que hemos construido en nuestra mente o en nuestro corazón. Con lágrimas, con sudor, a veces con sangre, pero también con risas y besos y abrazos. Nos construimos a base de momentos buenos y de momentos malos; y, muchas veces, los tragos amargos son auténticos bálsamos para el alma o meras lecciones de vida; pero no podemos (ni debemos) permanecer indiferentes o impávidos frente al milagro de la existencia.

Ese autor extraordinario que es Eduardo Sacheri escribió: “Soy el resultado de todos los días que llevo vividos. Y como los viví, y están en mi pasado, cada uno de esos días me parece natural, esperable, lógico, normal. Lo mismo que la cadena que une a todos esos días”.[1] La muerte de mi mamá me trajo, pues, ese regalo inesperado. Ese obsequio de saber que existe un montón de gente, allá afuera, dispuesta a compartir un poquito de su tiempo para ser empática frente a la tribulación ajena. Ése y el COVID —yo digo—, pues el examen que me hice, después del viernes que la vi para llevarla a urgencias, dio positivo y aquí estoy, más encuarentenado que nunca.

Pero doy gracias a Dios nuestro Señor porque ese no es sino un pedacito de vida más. Un eslabón de experiencia que debo añadir a esa cadena que se llama “Vida” y que no es ni buena ni mala per se sino resultado de lo que hacemos, o dejamos de hacer, con ella. Virtud a ese espléndido ramillete de parabienes, condolencias y buenos deseos, puedo decir entonces, junto con Montaigne, que: “Soporto dulcemente los males que sufro, porque vienen en su momento y me hacen rememorar más favorablemente la larga felicidad de mi vida pasada”.

Gracias, pues, a todos quienes me han acompañado en este proceso que, más que de muerte, es de vida.

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[1] SACHERI, Eduardo. Lo mucho que te amé. Alfaguara. España. 2019.