Opinion

Familiaridad con la mentira

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Hesiquio Trevizo
domingo, 18 agosto 2019 | 05:00

No podemos imaginarnos el daño que causa a todos los niveles hacer de la mentira forma de relación, el habernos familiarizado con ella; en los relatos de origen, la mentira es la causa de desastres cósmicos. El hacer de la mentira nuestra forma de relación y convivencia casi natural es mortal. Sin embargo, mentir, ya es natural. Mentimos conscientemente, naturalmente, sin darnos cuenta de que todo lo que se fundamenta en la mentira está condenado al fracaso. 

La verdad es la que nos hace libres y, desgraciadamente, la política es el reino de lo provisorio por excelencia. Se observa un cuidadoso silencio sobre lo esencial; y la truculencia, la superficialidad, la mentira, el sofisma afloran por todas partes. Se nos dice, que, en las actuales situaciones dramáticas, no hay tiempo de ocuparse de la compleja y fatigosa cuestión de la verdad, y que afrontarla significaría dejar a un lado los problemas acuciantes siguiendo el juego a ciertas minorías. Por otra parte, tenemos la impresión de que quisieran contraponerse el amor y la verdad por que los hombres han venido agrediéndose en nombre de la verdad, en tanto que el amor reconcilia y unifica. Pero no se dice qué sean ni el amor ni la verdad. ¿Tendremos que volver al ‘Mundo de Parménides’? Mejor al Evangelio. “Fiat véritas et péreat mundus”, decía S. Agustín.

Después de la Primera Guerra Mundial, cuando en Alemania hervían el descontento social y todos los fermentos políticos estaban activos, hubo un sacerdote, Rupert Mayer, jesuita, quien no era ni intelectual, ni teólogo, ni un ideólogo, sino un buen pastor que acompañaba a su pueblo en aquellos momentos tan confusos. Él residía en Múnich que en esos años difíciles era casi su parroquia. Y el centro de operaciones de Hitler. Había conocido a Hitler en el año 1919, cuando este participaba como orador en una reunión de comunistas. En aquella hora temprana, cuando Hitler era un desconocido, causaba la impresión de que, aun sintiéndose un tanto contrariado por ello, podría convertirse en un aliado contra la tentación del bolchevismo. El propio Hitler jugará deliberadamente esta carta. Se conocieron a grado que, con ocasión de celebrar el padre Mayer su XXV aniversario sacerdotal en 1923 Hitler le envió un telegrama de felicitación. Calculaba que, si tuviese de su parte a este sacerdote patriota, que había hecho méritos por su país y gozaba de gran prestigio en su ciudad, habría de serle de gran ayuda para ganarse a los indecisos, y en particular a los católicos. Mayer, en efecto, fue capellán en la Priemra Guerra donde perdió una pierna y su trabajo a favor de los desempleados y enfermos en Múnich era heroico. 

Hoy sabemos cuán difícil fue para los intelectuales alemanes -escritores, filósofos, políticos, teólogos -, calar en la personalidad de Hitler, y advertir el riesgo que implicaba. No vamos a juzgar a la ligera el proceder de aquellos hombres; notables filósofos estaban confundidos ante el fenómeno Hitler, Heidegger, por ejemplo. Pero hemos de decir que el padre Mayer, que sólo era un pastor de almas, supo muy bien reconocer la máscara del anticristo. Y la reconoció fijándose en un aspecto que nadie había advertido hasta entonces. Nos ha dejado escrita la impresión que le causó Hitler: «Hitler exagera las cosas demasiado, y carece de escrúpulos ante la mentira». (¡!). El no haber visto una cosa tan sencilla como esta, pero tan terrible, preparó el desastre.  Hitler era una mentira; tenía la terrible facilidad de mentir, de engañar con la verdad aparente. Y la mentira no sólo es palabra, es acción, gesto, venta de ilusiones; así, la corrupción fantástica es una mentira que lo ha carcomido todo. Sobre la mentira no se puede construir.  

De quien carece de respeto a la verdad es imposible que venga algo bueno, porque el escarnio de la verdad impide que florezcan el amor, la libertad y la justicia. La verdad, esa veracidad sencilla, humilde y perseverante del vivir de cada día, es una base indispensable para cualquier otra virtud. Es venenoso y gravemente deformador del carácter que los niños aprendan a mentir, que crean que la mentira funciona; y que nosotros hablemos “de mentiras piadosas”. No existen mentiras, ni piadosas ni pequeñas. La mentira es una. Y Jesús llama al diablo el ‘padre de la mentira’, él es mentiroso desde el principio, igual que desde el principio es asesino. ‘El que miente, tiene la intención de engañar’, (S. Agustín); aquí reside su gravedad.

Cuando hablamos aquí del amor a la verdad no nos referimos, ciertamente, a las verdades fundamentales sobre Dios, el universo y el hombre, sino a esa verdad menuda, pequeña de los hechos cotidianos; pero debemos fijarnos de inmediato que una y otra están ligadas de forma indisoluble. Quien con facilidad está dispuesto a pisotear una verdad pequeña, a mentir para salir del paso, para salirse con la suya, a decir mentiras “piadosas”, a mentir fácilmente, a hacer falsas e irreales promesas, jamás podrá ofrecernos garantías de que pueda defender un día la gran verdad. 

Miremos desde esta perspectiva nuestro presente, tanto discursos políticos, el trabajo de los medios, cierto discurso religioso y nuestra propia vida personal, y preguntémonos cómo van las cosas y tendremos que aceptar la ligereza y la facilidad con que se miente, y a la vez, de que lo realmente importante es mucho menos la verdad que los efectos resultantes de decir una cosa u otra. Pero también debemos centrar la mirada en nosotros mismos y no juzgar a los demás, y examinar nuestras propias conciencias apoyándonos en los grandes testigos de la verdad. “Hágase la verdad y que perezca el mundo”, frase paradójica de Agustín para decirnos que, si faltamos a la verdad, que, si vivimos en la mentira, el mundo perece. Sólo la verdad puede salvar al mundo. Fiat véritas es el equivalente al original “Fiat lux”, hágase la luz.

El Padre Mayer comprendió inmediatamente que la facilidad con que Hitler incurría en la mentira, -y, ¡existen tantas formas de mentir!-, no era sólo un aspecto secundario y contingente de su carrera política, sino el producto de una postura ideológica, de un principio condensado en estos términos: “es bueno, lo que al pueblo le resulta provechoso”. Pero lo provechoso lo definía él sin ninguna referencia ulterior. Confundía lo moralmente bueno con lo que era meramente útil. La veracidad es devorada por la utilidad, como criterio soberano que justifica cualquier cosa. Y este es el peligro terrible que corre el político. Y si a esto se añade la ausencia de una verdadera ley de responsabilidades, el campo está libre; se puede mentir sin recato, sin miedo, sin pudor. Es lo que sucede ahora mismo. Y si se pone al pueblo por delante, pretendiendo ayudarlo y realzándolo como esfera moral suprema frente a los egoísmos particulares, estamos ante la primera de las mentiras que dimana del principio mencionado, la utilidad sobre la verdad, y que en la política contemporánea se conoce como populismo. El pueblo acaba siendo la primera víctima de su ingenuidad. Estoy admirado con el caso Argentina. Increíble. Arte supremo del discernimiento: distinguir el bien del mal, la verdad de lo que es mentira, lo que favorece la vida de aquello que lleva a la muerte. Es lo que pide el joven rey Salomón.

El pragmatismo político no se hace esperar. Nos da vergüenza reconocer que el fundador de la mercadotecnia política es el Dr. Goebbels. Una mentira repetida mil veces, se convierte en verdad, tal era el axioma. No debe extrañarnos que, siguiendo ese principio a ras de lo humano, se mate luego sin reparos a indefensas criaturas no nacidas, se aniquile a los minusválidos y a los ancianos, después de todo, son una carga para el Estado; se coadyuve al suicidio, y que se hagan experimentos con la vida del ser humano, pretendiendo con ello prestar un servicio a las futuras generaciones cuyas características y dimensiones deseables estarían justificándolo todo. Pueblos enteros terminaron en la peor de las muertes porque no se puso atención en la fácil capacidad de mentir de un hombre. “Los alemanes sabemos lo que sucede cuando separamos la razón de la verdad”. (B. XVI, en el Bundestag). El P. Rupert, que no cesó de fustigar al nazismo, irrumpía en las cervecerías donde los mítines nazis para advertir a los católicos. Terminó en un campo de concentración porque reconoció y denunció al anticristo. Rescatado al final de la guerra, volvió a su trabajo en el Múnich deshecho, enfermo, lastimado; murió luego por lo quebrantado de su salud. Fue un testigo de la verdad ante la mentira tenebrosa que puede anidar en la política. 

JP.II lo declaró Beato en el estadio olímpico de Múnich.