Opinion

Gobierno

A los abogados litigantes que, como Don Quijote, luchan contra los molinos de viento

Sergio Alberto Campos Chacón.
domingo, 14 julio 2019 | 05:00

El físico Albert Einstein dijo que la formulación de un problema es más importante que su solución.

Los problemas simples o complejos se detectan en cada rama del conocimiento, en la bioquímica, biología, diseño arquitectónico o de gobierno, es decir, en el ejercicio de la técnica del poder, como apuntó Nicolás Maquiavelo en su clásica obra El Príncipe.

Descifremos qué es un problema para aplicarlo a la gobernanza, gobernación, o gobernar un país. Es una pregunta que nace de la observación más o menos estructurada, nos enseña el maestro Felipe Pardinas, es “… un conjunto de palabras que expresan un sujeto y sus atributos gramaticales, relacionados entre sí por un verbo”.

Los términos del problema deben definirse válidamente, esto es, indicar la clase general y la subclase de fenómenos a que ese término efectivamente pertenece, demostrable empíricamente, de lo contrario, sobrevienen los errores y fracasos.

Hay problemas complejos que para atenderlos se necesita de conocimientos profesionales, científicos que, no todas las personas tienen, como sucede en la astrofísica, en el diseño y cálculo de resistencia de materiales, por ejemplo. 

Es posible encontrar un problema que merezca riguroso análisis en cierta área del conocimiento, cuando se emplea la observación, la que ha de ser, especialmente en ciencias sociales como la filosofía política, objetiva, sin prejuicios, estereotipos, subjetivismos o dogmatismos.

Es cierto que la ciencia política está infectada de ideologías, de regular contradictorias, pero, por sobre ello, y como principio general y rector, debe priorizarse el bien común, un denominador común sustentado en igualdad de derechos de las personas, sus libertades de creencias, pensamiento, expresión, derecho de todos a la salud, la educación y demás.

Aquí está el desafío del gobernante, de la persona que ejerce el poder, la autoridad, el control, la dirección política y económica de una nación para avanzar, reconocer y ampliar derechos humanos y fundamentales, no en restringirlos.

La correspondencia entre gobernante y gobernados, se construye cuando éstos califican, mayoritariamente, la capacidad del gobernante para diagnosticar, racional y razonablemente, los problemas de la comunidad.

No es como antaño, argumentar que se vive en una democracia, concepto restringido a la emisión del voto, no, hoy tiene como referente público focalizar problemas sociales y resolverlos adoptando acciones gubernativas, sin excepción, escuchando a especialistas que aportan sus conocimientos científicos de manera interdisciplinaria.

La sociedad avala, por lógica sensibilidad los mandatos gubernamentales.

Las decisiones políticas unilaterales pertenecen al pasado, creo que ni en las monarquías medievales el rey tomaba decisiones sin consultar a los sabios del reino, como bien aconseja Maquiavelo.

Las actitudes del gobernante, presidente de la República en México, las dicta la Constitución Federal y las leyes que, de fuente original, provienen de aquella y no es legal apartarse del proyecto de nación que la Constitución registra.

En los quince días últimos, declaraciones y decisiones emitidas por Andrés Manuel López Obrador, sumado a la renuncia del secretario de Hacienda, Dr. Carlos Urzúa, visten al gobierno federal con la túnica de la inobservancia objetiva de los problemas nacionales.

Asimismo, pincelan el apartamiento valorativo del presidente con relación a la complejísima realidad nacional, pretendiendo que esa realidad nacional se ajuste a su forma de pensar, no que su forma de pensar, aunque tenga excelente intención, comprenda la problemática del país, la analice y pronuncie acciones administrativas consecuentes, creíbles.

Los grupos de interés, políticos o económicos, privados, financieros o sociales, están en el mismo recipiente, que es la nación. El marco de criterios del presidente anuncia desplazamiento de aquellos que no compaginan con su forma de pensar.

Esta dinámica está aglutinando a los desplazados políticos de manera negativa en contra del presidente y su equipo principal; ya se palpa la crítica externa de organismos financieros, de calificación crediticia y de inversión. El mismo presidente orilla a la nación al decrecimiento económico y, lo más grave, a tensionar las relaciones que han de suponerse, si no tersas, al menos cordiales y consensuadas para continuar en los grados de productividad económica sostenibles.

Se palpa deterioro en la eficacia de la gobernabilidad, en la confianza colectiva acerca de la eficacia de la administración pública, de la calidad y coherencia en el flujo administrativo para coordinar el mayor número de engranes que muevan la maquinaria del país. 

Tengo clara la imagen de la corrupción e impunidad históricas, y que el sistema capitalista o neoliberal contaminó la administración pública, sea federal, estatal o municipal, que política y negocios van de la mano protegidos por la simulación, pero, a la vez, que el presidente de la República carece de la objetividad de comprensión que, sin los factores económicos predominantes, sin su compromiso verificable con las esferas gubernamentales, la nación se muestra multi fracturada, inconexa, sin impulso.

El engranaje disminuye su correlación de esfuerzos, y las perspectivas de mejoras colectivas reducen velocidad con efectos claramente predecibles, malestar popular, confusión y abandono de la coparticipación común.

Tenemos pues, tres rutas: la marcada por la unilateralidad presidencial, sin admitir observaciones ni sugerencias ni escucha de especialistas, de científicos sociales, económicos o tácticos políticos; el repliegue de la clase económica real, del poder económico y financiero verificable, para diagnosticar el futuro de sus intereses y adoptar las mejores decisiones en el entramado, sin fricción directa con el presidente y, la inseguridad de las clases medias, alta o bajas que, en aumento, no disponen de elementos confiables que les definan su futuro patrimonial.

Estas ramas o franjas sociales no están interactuando, ni con el gobierno; tampoco se muestran motivadas por el modelo de nación que expone el presidente, dado que entre la realidad y sus apreciaciones se abren grandes espacios.

Así pues, los expertos sostienen, ahora, con mayores elementos, que el mercado interno se aproxima al colapso, la iniciativa privada no arriesgará su recurso, los empleos y salarios serán raquíticos e inoperantes y la víctima será la sociedad civil.

La opinión de Albert Einstein obliga a meditar que el presidente ha omitido el primer paso del método científico: la observación, racional de una situación, o de muchas situaciones, para detectar un problema o muchos problemas sociales, así como reflexionar en las soluciones racionales.


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