Opinion

Hágase tu voluntad

“El miedo encoge y paraliza, y la felicidad huye”. Tagore

Hesiquio Trevizo

domingo, 21 junio 2020 | 05:00

Los tiempos difíciles y que se prolongan acaban desgastándonos física y psicológicamente, y buscamos algún punto de referencia a la manera como los marineros antiguos buscaban las estrellas, ¿cómo y dónde encontrar un espacio de paz, de orientación? La experiencia de tres personajes que vivieron situaciones límites nos enseñan su vivir. Y su morir.

1. Hay un libro magnífico cuyo autor es un profesional de la psicología: profesor emérito de universidades, dueño de doctorados y de un largo historial de práctica clínica y autor de muchos libros sobre el tema: José Benigno Freire. El 2012 sacó un libro titulado “La Felicidad Inadvertida” en el que sostiene la tesis, según la cual, la intensa y ardorosa búsqueda de la felicidad absoluta nos impide disfrutar apaciblemente de los buenos momentos que podemos encontrar en la jornada habitual, de los remansos y recesos que la vida nos concede, de la felicidad que podemos encontrar en nuestro hogar acompañado de un buen libro –como éste- , y, sobre todo, aceptar la limitación de lo real. La vida es así. No le podemos exigir aquello que ella no es ni puede darnos. El que le exige demasiado a la vida termina suicidándose, decía Vasconcelos. 

Freire parte para su tesis de una frase tomada del Dr. Frankl, hombre admirable y fascinante, (y muy manoseado por aficionados). Dice Freire que, en cierta ocasión, con el cansancio a cuestas y a punto de recoger la mesa del despacho, la vista tropezó con una línea, tal vez leída muchas veces, que en ese instante daba la impresión de saltar del texto para zarandearme interiormente: «a pesar de todo, ahí pasé algunas de las horas más idílicas de mi vida». La frase está en: “El hombre en busca de sentido”.  En este libro Frankl revive la experiencia infernal del Lager; no vierte ni una gota de resentimiento, de odio, de hiel. Por eso su libro es grande y enseña mucho de la vida. Freire se dedicó a rastrear esta frase tanto en el texto original alemán y en todas las traducciones. 

Una noche, especialmente horrible, congelante, atendía a unos enfermos y el foco que alumbraba algo la oscuridad del barracón se apagó; frío, tiniebla impotencia, sólo el calor y la ayuda que se podían dar unos a otros. Él como doctor. Se amontonaban para darse calor. Resulta increíble que en ese infierno haya podido vivirse una de “las horas más idílicas de la vida”. Y precisamente esa noche.   

¿Puede encontrar, ahí, el alma un momento de plenitud, de felicidad, de sentido? Y si esto es posible, ¿por qué nosotros que no estamos en tal circunstancia, somos incapaces para encontrar momentos de felicidad, de paz, de disfrutar de los momentos bellos, aunque fugaces, que la vida nos ofrece? Esto es resultado de la enfermedad del alma; de la desarmonía del hombre consigo mismo y de su relación olvidada con Dios. ¿Por qué nuestra vida está marcada tantas veces por el resentimiento, la depresión, la amargura, por una insatisfacción profunda e inexplicable? ¿Por qué nuestro sistema de navegación está averiado? ¿Por qué hacemos una tormenta en un vaso de agua y nos ahogamos en ella? También existen los momentos serios y difíciles en la vida. Hoy mismo, la situación es muy, muy difícil para muchos.

No solamente Frankl, fueron muchos más los hombres y mujeres que encontraron en el Lager, -uno de los inventos más terribles de la locura humana-, momentos de plenitud. Incluso, muchos de ellos se encontraron, ahí, consigo mismos y encontraron a Dios, Supremo dador de sentido, y enfrentaron su situación y la muerte misma en paz, serenos, en un contexto inexplicable de intensa oración personal que incluso, impresionaba a los verdugos. Edith Stein, Dietrich Bonhoeffer, Etty Hillesum, o el Padre Kolbe que intercambia su vida por la de otro prisionero, entre miles y miles más. Fueron hombres y mujeres felices, ahí. Esa fue su circunstancia, la asumieron y apuraron el cáliz hasta la última gota. Frankl y otros que regresaron, tuvieron la oportunidad de escribir su experiencia; de los demás sólo tenemos fragmentos de sus diarios o el testimonio de sus compañeros.  

2. Otro ser maravilloso, uno de esos fenómenos dignos de estudio, es Etty Hillesum, joven holandesa (1914-1943) de la que ya me he ocupado.  Contemplar a estos hombres y mujeres, cuya vida se desarrolla en el peor escenario posible, encontrar ahí momentos de plena felicidad y alegría es gran enseñanza para una sociedad herida, entristecida y violenta. Creo que, en esas situaciones extremas, el abandono total en alguien que está más allá de todo y siempre cercano, explica esa actitud final y humanamente incomprensible.

Etty Hillesum de origen judío, morirá en Auschwitz. Inicialmente lejos de Dios, le descubre mirando profundamente dentro de ella misma y escribe: «Un pozo muy profundo hay dentro de mí. Y Dios está en ese pozo. A veces me sucede alcanzarle, más a menudo piedra y arena le cubren: entonces Dios está sepultado. Es necesario que lo vuelva a desenterrar». En su vida dispersa e inquieta, encuentra a Dios precisamente en medio de la gran tragedia del siglo XX, la Shoah. Esta joven frágil e insatisfecha, transfigurada por la fe, se convierte en una mujer llena de amor y de paz interior, capaz de afirmar: «Vivo constantemente en intimidad con Dios».

Cuando arreciaban las deportaciones, Etty llegó a la conclusión de que la prisión era inevitable y se negó a aceptar los escondites que se le ofrecieron. Se entregó a la Schutz Staffel (SS) el 6 de junio de 1943, junto a sus padres y hermanos. La última parte de su diario fue escrita después del primer mes en prisión en el campo de Westerbork. Algunas de las últimas frases dicen: “Quisiera vivir muchos años, para poder explicarlo posteriormente. Mas si no se me concede este deseo, otro lo hará, otro continuará viviendo mi vida, desde donde terminó”. Entró, pues, en el callejón de la más infame muerte ideada por el hombre; antes de la muerte física, hay que destruir al hombre, quitarle todo rastro de su dignidad. Humillar, aniquilar, así la vida humana ya no tiene valor. ¿Cómo conservar esa dignidad y ese valor en tales circunstancias?  “Un ser humano es una cosa bien singular. La miseria que reina aquí es verdaderamente indescriptible. En las grandes barracas se vive como topos en una cloaca”. ¿Cómo es posible que, desde ese lugar, Etty, haya podido escribir: «a pesar de todo, la vida está llena de belleza y de sentido»? No sólo Frankl, también Etty, y otros muchos, encontraron belleza y sentido en ese infierno. La alternativa era la autodestrucción o el dejarse destruir. Ellos llevaron en su mente las palabras de Jesús: “hágase tu voluntad”, “mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre”, “ni la hoja del árbol se mueve sin la voluntad del Padre”; lo vivieron así murieron y por eso son santos y mártires. Y nunca ha sido diferente. 

3. Siglos antes, un Cristiano del s. III, nos habla igual. Se llamaba Cipriano, (200-258) fogoso y combativo obispo de Cartago. En los 252-254 una pandemia devastó el Imperio y de ello fueron culpados los cristianos; Cipriano organizó una campaña de asistencia en su ciudad a grado de llamar la atención de las autoridades que andaban despistadas. Pero la persecución de Valeriano fue implacable; escondido año y medio con un grupo de sacerdotes, el santo obispo mantuvo una fluida comunicación epistolar con los otros obispos y el con papa, con sus fieles y sacerdotes animándolos a la perseverancia. El 15.09.258 el obispo cayó; hecho prisionero fue decapitado fuera de la ciudad junto con sus sacerdotes. Dejó una producción literaria vasta. Comentando el “hágase tu voluntad” del Padre Nuestro, nos dejó estas bellas palabras:

“La voluntad de Dios es la que Cristo cumplió y enseñó. La humildad en la conducta, la firmeza en la fe, el respeto en las palabras, la rectitud en las acciones, la misericordia en las obras, la moderación en las costumbres; el no hacer agravio a los demás y tolerar lo que nos hacen a nosotros, el conservar la paz con nuestros hermanos; el amar al Señor de todo corazón, amarlo en cuanto Padre, temerlo en cuanto Dios; el no anteponer nada a Cristo, ya que él nada antepuso a nosotros; el mantenernos inseparablemente unidos a su amor, el estar junto a su cruz con fortaleza y confianza; y, cuando está en juego su nombre y su honor, el mostrará en nuestras palabras la constancia de la fe que profesamos; en los tormentos, la confianza con que luchamos y, en la muerte, la paciencia que nos obtiene la corona. Esto es querer ser coherederos de Cristo, esto es cumplir el precepto de Dios y la voluntad del Padre”. Creo que tenemos que recuperar palabras como aceptación, resignación. Y “hágase tu voluntad”.