Opinion

Halloween y el código postal

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Juan Carlos Loera de la Rosa

domingo, 07 noviembre 2021 | 05:00

La comunidad fronteriza entre Ciudad Juárez y El Paso, no solo es la más grande en su tipo, sino que se ha desarrollado con vasos comunicantes muy sólidos, nuestras raíces y nuestra cultura son afines; estamos hermanados por la misma sangre y muchas de nuestras tradiciones. Compartimos también algunas páginas de una historia en común, hemos celebrado como una gran familia algunas de las festividades, tanto religiosas, como sociales y en muchas ocasiones hemos compartido también el pan y la sal en la misma mesa. Y desde luego, por años ha existido en ambas fronteras un intenso intercambio comercial; miles de juarenses han sido formados académicamente en escuelas y universidades paseñas y no pocos de aquel lado han estudiado en Juárez, por ende, una parte muy importante de la fuerza laboral de El Paso radica en Ciudad Juárez; aún y con la frontera cerrada por la pandemia para viajes no esenciales podemos ver las largas filas en los cruces internacionales de quienes sí tienen permitido el acceso para cruzar la frontera de sur a norte. Nuestra vida cotidiana en la frontera -como lo mencioné antes- por generaciones ha ocasionado que se adopten celebraciones propias de la cultura de un país o de otro, tales como la celebración del cinco de mayo, Día de las Madres, u otras comunes para ambas culturas como la Navidad. ¡En efecto, somos una gran familia! 

Cuando era niño, juarense de pura cepa y miembro de esta gran comunidad fronteriza, al llegar el mes de octubre, al igual que muchos otros niños de mi generación, preparábamos nuestros disfraces para ir a la celebración del Halloween y pedir dulces en las colonias paseñas; por aquellos años dicha celebración no había penetrado en este lado de la frontera, no obstante que las restricciones para cruzar hacia El Paso eran un poco más que laxas, pero eso no significaba que no lo celebráramos, cruzábamos la frontera acompañados de nuestros padres o tíos y pasábamos una noche llena de emociones y alegría, luego de haber tocado muchas puertas, regresábamos a casa cargados de dulces después de haber disfrutado varias horas de aventura.  

Sinceramente, no recuerdo que en alguna ocasión haya sentido un ápice de discriminación en algún 31 de octubre en que me tocó ir a pedir Halloween, a pesar de que el número de agentes migratorios con origen latino se contaba con los dedos, seguramente, la celebración de la noche de brujas y el ver a tantos niños cruzar la frontera, les hacía actuar con mayor flexibilidad, y no lo sé, no estoy seguro, quizá con algo de generosidad.  

Los tiempos fueron cambiando, las ciudades crecieron, modas fueron y vinieron, las revisiones se endurecieron y en algún momento el Halloween empezó a celebrarse en nuestra ciudad, particularmente en las colonias y fraccionamientos con cierta solvencia económica, es decir, en aquellos lugares que el regalar dulces a los pequeños era motivo mutuo de alegría; en fraccionamientos como Los Nogales, Los Lagos o El Campestre, podíamos ver niños procedentes de diversas colonias que con gran alborozo recorrían casa por casa, sus rostros reflejaban la emoción y alegría características de esa edad; posteriormente, el jolgorio se hizo extensivo también entre adultos y se pusieron de moda los bailes y las fiestas de disfraces que hasta hoy en día siguen siendo parte del festejo de Halloween.   

A partir de que la ciudad quedó atrapada por la violencia, hace cosa de quince años, el modelo de los complejos habitacionales cambió y se generalizaron los fraccionamientos “cerrados” con casetas de seguridad, convirtiendo en lugares privados tanto el acceso a las zonas habitacionales, como las calles y los parques; infortunadamente, como consecuencia de ello, la convivencia comunitaria se vio afectada por este tipo de restricciones que se han justificado por los lugareños como un mecanismo de autodefensa. 

Previo al Halloween de este año, en el fraccionamiento donde vivo, una de mis vecinas nos animó para entregar dulces a las niñas y los niños, reviviendo aquellos momentos cuando generaciones atrás otros niños, en otras épocas, estuvieron esperando esa noche para disfrazarse y salir a tocar puertas.

Hoy vimos muchas caritas llenas de regocijo y divirtiéndose bulliciosamente como muy pocas veces lo hacen, sin embargo, la “exclusividad” y la “seguridad” a la que hicieron el llamado algunos de los otros moradores del fraccionamiento, hicieron establecer reglas, la más cruel e intolerante fue el no permitir la entrada a las y los niños que vinieran de otros rumbos, sin previo aviso. 

¿Cómo?  -Pregunté-, ¿no se supone que es una oportunidad para tener mayor apertura, recibiendo a los niños ávidos de aventuras y golosinas?, ¿y permitir además que luzcan sus disfraces?

Regalarles dulces a niños y niñas de lugares aledaños al nuestro no se reduce únicamente a un acto de generosidad, con ello estamos enseñando a nuestros hijos la aceptación sin discriminación de todos los niños, sin excluir a nadie. Probablemente, algunos buscaron el festejo porque pudiera ser que viviesen en colonias donde no se haya celebrado el día de Halloween, al igual que lo hicimos los de mi generación cuando nos íbamos a El Paso a disfrutar del día de Halloween. ¿Qué podría pasar? Los niños no representan amenaza alguna para nuestra tranquilidad, por más horríficos que fueran sus disfraces; mucho menos habiendo guardias en la caseta que podrían moderar y vigilar, tanto la entrada, como la salida de los menores acompañados de sus padres.  

Por eso evoqué la experiencia de miles de juarenses cuando los chicos de mi generación íbamos a El Paso en el día de Halloween, ni siquiera los “migras” de antaño tuvieron ese sesgo paranoico con nosotros. La intolerancia y discriminación también se hacen presentes cuando las jóvenes quinceañeras provenientes de colonias populares vienen a que se les tomen fotografías en el marco de las fuentes y monumentos de esta zona urbanísticamente privilegiada. 

He contado esta experiencia con algunos de mis amigos en la Ciudad de Chihuahua y de Juárez, ellos coinciden en que esta conducta se repite infortunada y vergonzosamente en los fraccionamientos donde habitan, la justificación es que no se permite la entrada por motivos de seguridad… pero, son niños con sus mamás, les replico; ¿acaso se van a llevar el microondas?, ¿van a asaltar la alacena? ¡Por supuesto que no! Alguien que no coincide con mi postura, me dijo: “si quieres entregar dulces, ve a un albergue o a una colonia, pero aquí no entran”. Pero, esto no es un acto de caridad -repliqué-, sólo es una celebración para que se diviertan los niños, sin restricciones de ninguna clase.

El fondo de mi escrito no es Halloween, ni tampoco discutir si es parte o no de nuestra cultura; me queda claro que desde sus orígenes no lo es; se trata únicamente de una filtración cultural por la vecindad de ambas ciudades. Tal vez, viéndolo así, mi escrito careciera de relevancia para ocupar este espacio y el tiempo del lector. Tampoco intento alterar las normas que regulan la seguridad de estos lugares, si con ello se pone en riesgo la seguridad por abrir las puertas de los fraccionamientos “exclusivos”. La parte central de esta narrativa es la de resaltar esta clase de injusta aporofobia, al rechazar a las personas desfavorecidas económicamente so pretexto de la exclusividad y seguridad. Esto menoscaba la integración de la sociedad y como resultado de ello tenemos a una sociedad segregada. Los actos discriminatorios y de marginación deben terminar, sobre todo cuando las víctimas de este rechazo son los niños. ¡Aceptémoslos, independientemente de su condición económica!  

El clasismo y las actitudes discriminatorias, enarboladas por muy pocos, pero que hacen uso de infaustas expresiones agoreras del desastre, atrapan incautos sin más argumentos que el sembrar la amenaza a su patrimonio, cuando en realidad la intención es marcar una profunda frontera interna, al asumir que su mayor nivel económico los coloca en una condición de superioridad con respecto a los más desfavorecidos; frontera esta, incluso más impenetrable que la que existe geográficamente entre los países. 

Algunas expresiones políticas de derecha, supuestamente libertarias que fueron muy críticas (justificadamente) refiriéndose a fronteras internas como el Muro de Berlín, ahora mismo coinciden en que debemos tener también muros entre nosotros, aduciendo que es imposible la convivencia entre la ciudadanía, sobreponiendo la plusvalía de la propiedad con respecto al valor humano de la comunidad, justificando así la segregación social. 

Construiremos una mejor sociedad cuando aquellos cuya retórica de justicia, igualdad y dignificación de vaya en concordancia al derribar sus muros y vallas. Cuando estos muros económicos, sociales y materiales sean destruidos, estaremos dando un paso adelante hacia la construcción de una sociedad sustentada por la igualdad y la aceptación de aquellos que por su condición económica han sido marginados.