Opinion

Hijos de Hernán Colón

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Gabriela Borunda

domingo, 28 junio 2020 | 05:00

Dicen los adictos al poder que la historia la escriben los vencedores, pero lo cierto, como decía Augusto Monterroso, es que la historia la escriben los escritores. 

Hay dos textos fundacionales para el México moderno, ese que ya se fue con la posmodernidad y con la democracia, “El Laberinto de La Soledad” de Octavio Paz y “El Espejo Enterrado” de Carlos Fuentes.

Lo primero que se tiene que decir de un ensayo en literatura, es que el texto no aspira a decir la verdad, aspira simplemente a expresar una idea con coherencia; y aunque ambos textos son por demás distintos, y no cuestiono su calidad literaria, parten de que la identidad del mexicano se construye desde la inferioridad de la indígena violada por el español; de la Malinche regalada al capitán Cortés y vuelta a regalar, y que por cierto no tradujo nada al español, porque no sabía español sino maya. 

Esta visión de hijos de la violada sirvió a otro segmento de la historia, donde no había democracia, y ser acomplejado, pobre pero honrado, y muy sufrido, pudo funcionar, era una verdad literaria escrita para mexicanos de telenovela.

En realidad, los primeros mestizos mexicanos, esos que no aguantamos un desdén de racismo y creamos nuevas estructuras políticas, somos hijos de la más maravillosa historia de amor, y por eso no estamos un pelito de acomplejados. 

Los primeros españoles en llegar a tierras mexicanas fueron el marino Gonzalo Guerrero y fray Gerónimo Aguilar, ambos llegaron a la ciudad de Chetumal y empezaron como esclavos en la escala más baja de la sociedad Maya, fray Gerónimo Aguilar nunca dejó de añorar las calles de Madrid atestadas de ratas, los orines arrojados por la ventana y dormir entre marinos malolientes. Gonzalo Guerrero quedo sobrecogido y maravillado por esa sofisticada civilización y fue escalando en la pirámide social hasta que llegó a ser nacom, capitán de guerreros, se labró la cara, se perforo los lóbulos de las orejas, se convirtió en un maya, y aún más asombroso la princesa Zazil Ha se enamoró de él y se casaron aún contra la voluntad del Cacique padre de Zazil Ha, de este amor nacieron los primeros mexicanos.

Cuando Hernán Cortés llegó a la península, se llevó a fray Gerónimo como intérprete y el capitán Guerrero murió defendiendo la ciudad del asedio de los españoles. Este sólo hecho histórico y perfectamente documentado cambia la forma en que nos percibimos y nos hace preguntarnos por qué nos contaron de tan distinta y mañosa manera nuestro origen.

En México el 69% de las personas son mestizas y 15.7%  se identifican como indígenas, el hecho de que no hayamos legislado le representación étnica en los medios de comunicación genera una brecha de desigualdad difícil de saltar. 

El grupo publicitario Buzz Feel News le dio seguimiento durante un año a 15 de las revistas más leídas en México desde “Vanidades” hasta “Bazar” y los resultados fueron alarmantes, en la mayoría de las revistas los mestizos e indígenas sólo representaban entre el 5 y el 9%, el colmo fue la revista “Quién” donde la gente morena sólo representa el 2%.

Además, cuando aparecieron representados sólo fue en sus contextos, es decir que estas revistas generosamente aceptaron hacer algún reportaje sobre la cultura de los pueblos originarios y ni modo, hay que tomarles foto. Lo otro es que se sobreponen mañosamente con fines comerciales los términos “moreno” y “bronceado”. 

Durante muchos siglos la piel meramente blanca fue la más apreciada porque significaba que su portador tenía tanto dinero que no le era necesario salir a trabajar y así su palidez hacía constar su estatus. En los ochentas del siglo pasado con la aparición de las computadoras personales y el crecimiento del trabajo en oficinas, el tono pálido de la piel hacía notar que eras el último en el organigrama y en los ingresos y se empezó a valorar la piel  bronceada que hacía notar que tenías mucho dinero y mucho tiempo que desperdiciar en las playas. Pero ser prieto, no, todavía no ha llegado la hora de los morenos. El racismo y el clasismo van de la mano, ni Yalitza Aparicio ha podido revertir esta tendencia.

No es ninguna locura exigir que se legisle la representación étnica en los medios públicos y privados. Muchos países europeos tienen legislaciones de este tipo desde hace años, la segunda guerra mundial fue una lección muy amarga de lo que puede hacer el supremacismo.  

Como anécdota contaré que cada verano solíamos reunirnos con un grupo de amigos austriacos a quienes les encantaba que los lleváramos de tour por el México profundo, uno de ellos agradecido de nuestra hospitalidad, nos invitó a todos a cenar en “La Calesa”, pidan lo que quieran, dijo, venía forrado en dinero. Y es que este buen amigo por causas del fenotipo y del genotipo era un austriaco moreno, bien podía pasar por un apache, y ese era el origen de su pequeña fortuna; en Austria toman como referencia el “Manual de procedimiento de Europa contra discriminación (ed. 2015) y los espacios de medios públicos y privados requerían un modelo moreno siendo nuestro buen amigo el modelo obligado, en Austria no hay muchos morenos. Es preciso garantizar que las minorías étnicas tengan representación, no se diga las mayorías étnicas.

Qué si yo soy morena, claro, y todo los que tengo de morena lo tengo de bonita, pero yo también he sido víctima de la discriminación, esa que siempre está presente entre los chihuahuenses no sé porque gringuísima razón. Mi abuela se refería a la gente morena como surumatos. Pero Chihuahua es tierra multiétnica: raramurios, huarojíos, menonitas, etc, por no mencionar que la ciudad tuvo un barrio chino, una comunidad libanesa y una comunidad española y recientes oleadas de grupos gitanos, que enriquecen su vida cultural.

Las universidades públicas y privadas han impulsado programas de género, en el mejor de los casos, pero poco o nada en materia de discriminación étnica.

Siempre he sido morena, siempre me ha gustado y con frecuencia uso ropa de manta o de seda bordada, cuando estudiaba en la URN la vida era cansada, si llevaba un vestido bordado se levantaba un caucasiano y gritaba voz en cuello, mira una bruja de Oaxaca: me cambié de universidad. Cuando iba con mi hermosa falda guatemalteca en el autobús alguien no aguanta la curiosidad y preguntaba: ¿Vas a un bailable?; una señora me jala del brazo y me dice: ¿Qué vendes, comadre?, voy con una amiga igual de morena que yo caminando por la calle, las dos cubiertas de abalorios de ámbar y jade y nos sentimos la mismísima princesa Zizal Ha y alguien grita: chilangas.

El problema estriba que salvo el troglodita caucasiano de la URN, todos los demás eran mestizos o francamente indígenas. Qué debe sentir esa gente que abrevado la ideología racista y que cada vez que se ve al espejo ve esa enorme deformidad congénita que es la piel morena. Estos complejos alimentan una industria cosmética agresiva con el miedo a ser quienes somos. Este aversión por nosotros mismos se vende toda clase de cosas para corregir el grave defecto de la piel morena, incluso vende productos que blanquean las axilas ¡Por Dios chicas!, quién les va a ver lo blanco de las axilas, ni para llevarlas al altar ni para llevarlas a la cama.

Por lo pronto yo soy la hermosa y morena descendiente de un capitán de guerreros nacom y una princesa profundamente enamorados. La historia la escriben los escritores.