Opinion

Identidades imaginarias

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Jesús Antonio Camarillo
sábado, 17 agosto 2019 | 05:00

Ciudad Juárez.- El “manifiesto” atribuido a Patrick Crusius fue publicado en el portal “8chan”, veinte minutos antes de que se diera el primer aviso a la policía sobre el tiroteo en el Walmart de El Paso. En una de sus líneas principales lo primero que intentó hacer su autor es eximir de cualquier responsabilidad a Donald Trump. “Pongo esto aquí porque alguna gente tratará de echar al presidente la culpa del ataque…Sé que los medios me llamarán supremacista blanco y echarán la culpa a la retórica de Trump”.

Crusius o el autor del texto se anticipa a lo que a millones de personas en el mundo se les vino inmediatamente a la cabeza luego de la masacre. El presidente norteamericano ha hecho del discurso de odio hacia muchísimos grupos y no sólo a los inmigrantes, su bandera programática. No hay evento político donde se presente en el que no salpique de su aversión a lo que, en su opinión, pone en riesgo a su país. Pero aun con todos sus excesos y protagonismos, Trump es una figura contingente que mediáticamente es el rostro de una genealogía que se ha venido gestando a largo de muchísimos años, en donde los mismos relatos de origen de esa nación explican –aunque solo parcialmente- acontecimientos que ahora nos saltan a la cara y nos muestran hasta dónde nos puede llevar la construcción de una identidad que mucho tiene de imaginaria.

Se trata del relato de origen de una identidad que se nutre históricamente de un trabuco de excesos ideológicos, en los que los “fundadores”, que paradójicamente eran inmigrantes, construyeron un imaginario basado en la creencia de ser receptores directos de bienes y valores absolutos que, posteriormente, son optimizados por supuestas virtudes innatas de quienes empiezan, desde sus más remotos orígenes, a sentirse superiores al resto de los pueblos. Así, se edifica también, un “Credo Común” que unifica, ficticiamente, lo que, desde su matriz, es múltiple y variopinto. Nacionalismo exacerbado y racismo, están ya presentes.

Hace algunos años, consciente de que pueden existir conexiones entre un excesivo nacionalismo y el racismo, el profesor Benedict Anderson en su libro “Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo” (1993), trazó una distinción entre las implicaciones de ambos. Señaló que el nacionalismo piensa en términos de los destinos históricos, mientras que el racismo sueña con contaminaciones eternas, transmitidas desde el principio de los tiempos mediante una sucesión interminable de cópulas asquerosas: fuera de la historia. Para el racista, señala Anderson, “los negros son, gracias al sambenito invisible, negros para siempre; los judíos, la descendencia de Abraham, son judíos para siempre, cualesquiera que sean los pasaportes que lleven o las lenguas que hablen y lean”.

Para Anderson, los sueños del racismo tienen su origen en ideologías de clase más que en la de nación. Esta escisión que establece Anderson parece acertada, pero quizá no sea posible establecer una pauta general al respecto. El racismo tiene muchas caras y se presenta en situaciones tan disímbolas que sería difícil reducirlas a una categoría específica. El discurso de odio que tanto reprochamos al racista de pronto lo traemos todos. La manera en que muchos juarenses se expresan de la ola de inmigrantes sería difícil encubrirla para que pase por un discurso afable. Es la franca repulsa al otro, al que temo me vaya a quitar “lo mío”.

Samuel P. Huntington señaló en su texto “¿Quiénes somos? Los desafíos a la identidad nacional estadounidense” (2004) que la probabilidad de que los estadounidenses se sientan especialmente identificados con su nación aumenta cuando consideran que esta está en peligro. En ese sentido, no es casual que tras cierto período en que pareciera que la identidad (imaginaria o no) y el nacionalismo norteamericano disminuyeran, bastaron los acontecimientos del  11 de septiembre de 2001 para que, según los expertos, el credo de esa supuesta identidad retomara su cauce e inclusive se acendrara.

Los dolorosos sucesos del sábado 3 de agosto, en una tienda en la que miles de juarenses se sentían como en su casa, son el corolario intermitente de algo muy complejo que no puede verse desde una perspectiva simple y monolítica. De manera humilde y acotada, quizá sea pertinente pensar qué tan plausibles son nuestros marcados nacionalismos y la defensa a ultranza de identidades que, después de todo, tienen mucho de imaginarias.


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