Opinion

Indispensable educarnos para la vejez

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Benito Abraham Orozco Andrade
martes, 20 agosto 2019 | 05:00

El transcurso del tiempo viene a ser una de las cosas más infalibles y características de la vida, e invariablemente conlleva el cambio biológico en las personas que, si bien por una parte disminuye ciertas capacidades, en muchos casos incrementa otras. Ello depende principalmente del ánimo que se tenga para asumir esa “tercera edad”.

A la llegada de la cuarta década, se dice que ya está entrando una persona en la etapa de la vejez en razón de que, en general, comienzan a mermar ciertas habilidades y los cambios físicos son muy notorios (arrugas y manchas en la piel; presencia de canas; reflejos, vista y energía disminuidos, etc.). No obstante, hay quienes en los cincuentas o más años tienen una condición física y sicológica casi íntegra, que incluso supera a los más jóvenes.

Por otra parte, el aspecto sicosocial tiene un peso significativo en la manera como concebimos a la vejez, ya que a las personas que por años han tenido una vida activa y útil, llega el momento en que se les considera que deben ser desplazadas para recibir a quienes traen “nuevos bríos” e ideas “modernas”. Desafortunadamente ese desplazamiento no es para bien de esas personas de “experiencia acumulada”, pues se les da un trato de un producto al que ya se le exprimió todo lo bueno, y ahora hay que desecharlo, sin el debido reconocimiento material o afectivo.

Pero lo anterior no necesariamente define la manera como una persona transitará por esa edad madura, pues la actitud con que lo haga será fundamental para tener una buena calidad de vida. Si nos lamentamos de nosotros mismos y efectivamente nos asumimos como artículos inservibles, indefectiblemente los demás nos verán y nos tratarán así.

Es importante reconocer que el observar esa actitud optimista, conforme avanza la edad de las personas, cada vez se dificulta más, lo que hace necesario que se nos prepare para ello, tanto a quienes están por arribar a esa interesante etapa de la vida, como a las personas que con ellos convivan.

¿Qué sentido tiene que una persona mayor pretenda provocar lástima en los demás en razón de los “estragos” que le ha provocado el paso del tiempo, cuando estos en realidad no son graves? ¿Para qué querer llamar la atención de los demás con intrigas o con actitudes de enojo sin razón alguna? ¿En qué le beneficia a un adulto mayor el querer imponer sus opiniones y/o sus costumbres con la pretensión de hacerse valer ante los demás? ¿Es necesario que ofendan o humillen a quienes les rodean con el propósito de hacer patente que ellos mandan o que siguen siendo la cabeza de la familia?

Para poder derribar esa idea negativa existente en muchas personas de edad mayor y en quienes les rodean, es indispensable que se nos eduque para ello en las diferentes etapas de la vida, considerando a la sociedad toda, pues si sólo se contempla a la niñez y a la juventud, y los adultos mayores siguen a la defensiva con comportamientos “gruñones” de rechazo, a nada llegaremos.

A las personas de “experiencia acumulada” se les debe enseñar a ser conscientes del gran valor que tienen y de lo que aún pueden aportar en beneficio de los demás, pero eso sí, deben aceptar que su condición es otra y que el papel que les toca desempeñar en su familia y con quienes les rodean, si bien digno, ya es diferente.

Por ejemplo, como padres de personas que ya son profesionistas, que se encuentran casadas y con familia, bien pueden dar una opinión a sus hijos respecto de determinados temas, pero no querer imponerla. Deben estar abiertos a la idea de que las personas jóvenes también tienen cosas buenas que aportar, y que de igual manera se puede aprender de ellos. Como abuelos tienen una gran riqueza que transmitir en conocimientos, experiencia y valores, que puede contribuir considerablemente en la formación de próximos ciudadanos de bien.

De igual manera, a esos hijos, nietos y demás familiares y personas que conviven con los adultos mayores, además de preparárseles para cuando lleguen a esa edad, debe enseñárseles a convivir con ellos con la debida paciencia, respeto y consideración en todos los aspectos. 

Asimismo, algo que no valoramos siendo jóvenes, es el cuidar nuestro cuerpo y nuestra mente, lo que siendo mayores lamentamos cuando empiezan a surgir enfermedades y/o el deterioro físico o mental producto de excesos diversos. Debemos aprender y acostumbrarnos a ejercitarnos, comer sano y a tener actividades de esparcimiento positivas.

Pero la educación que se sugiere definitivamente no puede derivar únicamente de la buena intención y del esfuerzo de algunos, sino que debe ser producto de planes formales de estudio en los diferentes centros y niveles escolarizados, que de manera integral nos preparen a todos para percibir y llegar a esa edad maravillosa con la mejor disposición y actitud. Sería una excelente y necesaria inversión, que redundaría satisfactoriamente en otros ámbitos de la sociedad (seguridad pública, salud, cultura, etc.).

En el tema que nos ocupa no nada más es conveniente voltear a ver diferentes países que destacan en cuanto a buenas prácticas sobre el particular, sino a diferentes regiones y culturas de nuestro país, así como a un sinnúmero de personas de la tercera edad que seguramente conocemos y que han decidido vivir con optimismo su época de “experiencia acumulada”.

No hay que olvidar el cuento de “La media cobija”, y allanemos el futuro educando a nuestros hijos y a nosotros mismos.