Opinion

Informes y desfiguros

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César Jáuregui Robles

lunes, 30 agosto 2021 | 05:00

Es muy curioso y sintomático que en nuestro país cuando algo no funciona, se busca corregirlo a través de ejercicios de derecho e instituciones comparadas que en otras latitudes funcionan para lo que fueron creadas, pero que aquí ,al ponerlas en práctica, las autoridades disque comprometidas, lo hacen actuando en terceras personas, o lo que es lo mismo hágase la voluntad de Dios, pero en los bueyes de mi compadre. Esto pone de manifiesto, la falta de correspondencia entre el discurso político y los hechos.

Hemos visto que para combatir la centralización, nuestros padres legislativos copiaron la constitución norteamericana y la figura del federalismo que allá les funciona tan bién, pero que aquí sólo ha servido para dividir; que para que las procuradurías y fiscalías no torturen se crean las comisiones de derechos humanos que en el caso de la nacional no es más que un elefante blanco en manos de Rosario Piedra Ibarra (alguien la ha visto?); que se crean sistemas anticorrupción, que poca relevancia tienen pues las autoridades ni los pelan y menos cumple con sus indicaciones; que en materia de transparencia, la opacidad, el ocultamiento, la asignación directa de contratos de obras y servicios evitando licitaciones se han convertido en lo ordinario, a pesar del discurso político que habla de la claridad y nitidez, con que se dice, se manejan las cosas.

Al hablar de rendición de cuentas, (acountability, tal como se dice en los países anglosajones) y la comparecencia para exhibir el estado de la Unión, nuestros gobernantes han encontrado en los informes obligatorios a rendir periódicamente, el espacio para dirigirse a la ciudadanía, no para la entrega de cuentas, sino fundamentalmente para llevar a cabo un ejercicio propagandístico donde procuran destacar sus dichos, sus afanes, ideales y objetivos; y poco de los logros que hubieran alcanzado.

Basta con hacer un ejercicio somero de lectura en los pasados informes de gobierno y vamos encontrar la repetición y reiteración hueca de palabrería, que no difiere mucho de lo que diariamente recibimos en las conferencias mañaneras. Lo que es peor, de ahí se nutre el gobernante para seguir machaconamente queriendo incidir en el ánimo social con posiciones contratantes y maniqueísmo que buscan y logran dividir a la población. Más grave es el apetito personalista con ínfulas de trascendencia histórica, pues pomposamente ya se ubica e imagina en los textos futuros para ser recordado por estudiantes que no tuvieron el privilegio de conocerle y peor aún, de haber vivido su gesta nacionalista y su cruzada contra neoliberales, conservadores, hispanos, fifis y demás lacras del pasado, auto denominándose forjador de la cuarta transformación.

En términos de justicia, debe decirse que el jefe del ejecutivo federal no es el único por el que la vanidad, el egocentrismo, y el narcisismo político pasan,  pues gobernantes de todo tipo, pasados y presentes, así como estatales y municipales, juegan de idénticas formas obviando la rendición de cuentas y privilegian el autoelogio desmedido haciendo uso de recursos públicos humanos y materiales, que bien pudieran destinarse para la atención de los enormes problemas sanitarios, sociales y económicos que se tienen.

Una ciudadanía, cada vez más informada y no mascotas o masa acrítica  o desmemoriada como gusta al Presidente concebir al pueblo, será el factor de exigencia para que en el futuro se dé la concordancia entre el decir y el hacer, entre la promesa y el hecho, entre las obras y servicios existentes y no los propósitos y objetivos que se quedan en el papel y los planes de gobierno. Por lo pronto, a recibir el informe, que aún no esboza la prometida transformación.