Opinion

Inteligencia emocional

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Daniel García Monroy

domingo, 13 septiembre 2020 | 05:00

¿Por qué puede ser que un reconocido líder estudiantil, sin problemas económicos, decida extorsionar a sus semejantes? ¿Cómo es posible que una joven adolescente de padres millonarios decida asesinarlos para obtener su herencia? 

Un maestro de Harvard, especialista en neurociencia y sicología, llamado Daniel Goleman, escribió un libro que se convirtió en un bestseller, con millones de copias vendidas en todo el mundo; lo denominó: Inteligencia Emocional. El libro, sencillo y explicativo, establece una teoría por demás interesante, que arroja luz en el túnel de los problemas juveniles de nuestros trágicos tiempos.

La causa de la violencia que nos deprime, dice Goleman, es el analfabetismo emocional que millones de personas adolecen. Su tesis central se basa en la afirmación de que mientras a la inteligencia mental se le dedica todo el esfuerzo pedagógico-escolar, las emociones humanas no son educadas. Inteligencia y madurez emocional parecieran capacidades vinculadas. Pero no es así. Ningún padre o maestro --o muy pocos--, hablan a su hijo o estudiante, sobre cómo enfrentar un coraje, una tristeza, una pasión. Las emociones son experiencias que se viven en soledad. Y dolorosamente se enfrentan en la total ignorancia y oscuridad de su origen y desarrollo.  

Al niño se le enseña a construir casitas pero no amistades duraderas. Se le enseña a resolver operaciones aritméticas pero no depresiones. Se le enseña a limpiarse las narices pero no los rencores. Se le enseña a sujetarse las agujetas pero no a sujetar un impulso agresivo. Se le enseña a enfrentar las agresiones de otros niños, pero no a enfrentar su propios errores. Se le enseña a dominar un balón, pero no a dominar su lengua. Se le enseña a acariciar a un perro pero no a acariciar noblemente a un semejante.

Para Daniel Goleman la no educación de las emociones nos ha conducido a vivir en una sociedad moderna de analfabetas emocionales que no saben cómo controlar sus sentimientos o sus impulsos primarios ni sus instintos. Y que sobreviven en la desconfianza absoluta hacía sus semejantes. El analfabeta emocional no conoce ni entiende lo que es la empatía, es decir ponerse en el lugar del otro. 

Basado en una serie de experimentos científicos de la conducta humana, que se han realizado en la los pasados 40 años, el especialista norteamericano argumenta que un niño de 4 años que no se le educa para contener su impulso por conseguir un dulce o un juguete en forma inmediata, será un adolescente que no tenga control de su conducta, y para el cual cualquier beneficio personal inmediato será más importante que cualquier derecho ajeno.  El que jóvenes ricos realicen actos criminales demuestra a pie juntillas que la delincuencia no sólo obedece a la pobreza económica. Se explica en la carencia de control para impedir que el impulso emocional irracional impere para obtener de la forma más rápida posible lo que una sociedad consumista y hedonista nos ofrece como espejismo de la felicidad. --Díganlo si no los miles de comerciales de automóviles, computadoras o celulares--. 

Toda la teoría sicológica indica que los primeros años en la vida de un ser humano son los más importantes para su desarrollo como un adulto emocional y mentalmente sano. Un niño que es sometido a abuso, agresión o indiferencia por parte de sus padres, tendrá muchísimas posibilidades de convertirse en un adolescente agresivo y antisocial, al repetir en sus relaciones escolares y vecinales el modelo de violencia aprendido en su casa. 

El analfabeta emocional sobre reacciona ante toda amenaza real o ficticia que atente contra su seguridad. No puede parar su odio y rencor contra todo lo extraño que lo desestabilice o lo segregue. La envidia (otra emoción destructiva), hacia los demás niños que tienen más amigos, mejores juguetes, o la simpatía de sus maestros provoca en él una ansiedad que lo atonta en el aprendizaje y lo posiciona como niño problema. La agresividad de su falta de control emocional provocará el rechazo de sus semejantes y con ello al aislamiento que conduce a la integración de pandillas de analfabetas emocionales, dedicados a radicalizar su postura de venganza social para unirse a la delincuencia y al consumo de drogas.

Como todo problema social el de la delincuencia no sólo obedece a un factor, en este caso la inteligencia emocional. Es evidente que el ambiente social y familiar coadyuva o inhibe la comisión de delitos. La impunidad judicial también es un agente vital para que el joven elija realizar un acto criminal. En su cerebro en construcción pesa la triste realidad nacional de los miles de delitos que no se castigan y el tratamiento de héroes que se les da a los maleantes en la estúpida subcultura del narcotráfico.  

No obstante, Daniel Goleman, concluye que es más que posible educar a los niños y jóvenes, incluso a los adultos, para dotarlos de inteligencia emocional. Lo primero es que se reconozca el analfabetismo emocional para evidenciar los requerimientos de enseñanza en este ámbito y se este consciente de la necesidad de educar a las emociones como se instruye al cerebro para colmarlo de conocimiento técnico. 

No basta con jóvenes bien alimentados y con altas calificaciones para arrancarlos de las garras de la delincuencia, como algunos políticos creen. Se requiere educarlos emocionalmente. Tarea nada fácil pero de urgente inicio.