Opinion

Javier Corral, historia de un fracaso (I)

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Carlos Murillo

domingo, 29 agosto 2021 | 05:00

No reconozco ninguna virtud en Javier Corral, es, a lo sumo, un hombre con una memoria apenas arriba de la media, pero sin inteligencia; estacionado en la vida bohemia de la aristocracia, este paseño avecindado en La Condesa, por azares de la política llegó a ser gobernador de Chihuahua y, como era de esperarse, su gestión fracasó rotundamente por su inquebrantable afición por la frivolidad y el ocio. En el cierre de su quinquenio, es momento de hacer un recuento de esta terrible historia para los chihuahuenses.

Corral pudo haber terminado vendiendo colchas en las ferias pueblerinas, de no ser porque fue elegido por Pancho Barrio como su delfín. Barrio admiraba a Corral por incendiar las tribunas de la casona panista de la 5 de Mayo, en aquellos ayeres, la gente se sorprendía al verlo repitiendo como perico frases simplonas sobre una sublectura de la democracia que combinaba con berreantes ataques contra el gobierno del PRI. Es fácil encandilar a Pancho Barrio, un empresario clasemediero, profundamente ignorante de la política y de la realidad social, que apenas había leído unas páginas de los libros de Lee Iaccoca, a quien admiraba como prócer de las ventas de autos. Como muchos empresarios, Barrio entró a la política porque sus negocios estaban en números rojos y tras 20 años de intensa actividad política resolvió su situación financiera. La lucha democrática es rentable cuando se sabe mover el abanico.

Fue la combinación perfecta, un merolico ambicioso y un profeta ingenuo. Así, Pancho Barrio creó este pequeño monstruo, alabando su capacidad verborreica. 

No se puede entender a Javier Corral, si no es a través de sus contradicciones. En su primera juventud, envenenado por su mala suerte, apuntó las flechas de sus palabras a un enemigo imaginario que se llamaba sistema político mexicano, pero con los años aprendió rápido a vivir en la comodidad de la aristocracia, después comenzó a negociar sus ideas huecas por el fruto jugoso de la nómina.

Así empezó a mamar de la ubre presupuestal. Durante sus 30 años de legislador, aprendió a negociar como fenicio, eso lo formó profesionalmente en las aguas sucias del engaño; Corral se olvidó rápido de los discursos que repetía de memoria en la adolescencia, tuvo una amnesia intermitente de aquellas peroratas cuando se le llenaba la boca de orgullo al mencionar el nombre del santo patrono del panismo, Manuel Gómez Morín. Para la década de los 90, su nueva realidad en la grilla nacional lo llevó al centro del poder que tanto aborrecía de dientes de para afuera.

Por temporadas, Corral ha buscado a sus aliados para mantenerse en la nómina del Poder Legislativo, lo mismo hizo acuerdos con Carlos Salinas, que con el grupo Atlacomulco, con los Chuchos en el PRD o recientemente con AMLO. A todos los aborrecía y terminaba cayendo ridículamente en sus brazos o sus pies.

Son 30 años fuera de Juárez, viviendo el sueño chilango, buscando la entrada a los círculos intelectualoides, en largas jornadas de varios días haciendo castillos del poder en el aire, deambulando entre las calles de La Condesa, La Roma y el barrio afrancesado de Polanco. Es la buena vida para Corral, la que disfruta segundo a segundo, embelesado con los rituales de la ociosidad y de la lerda bohemia.

Así, Corral transitó de fracaso en fracaso, nunca ganó una elección para legislador, siempre arrebataba en la oscuridad de la mesa, ya fuera a través de una negociación o de la judicialización. Como muchos panistas, Corral aprendió que el fracaso también es negocio. Entonces, jugaban a perder y así ganaban espacios en la Cámara de Diputados y Senadores a cambio del silencio doloso, vendían su conciencia por un plato de lentejas y, así, se convirtieron en comparsa que toca al ritmo que le pongan. En ese juego todos ganan el más preciado de los tesoros para los políticos: la impunidad.

Corral fue un fracasado en las urnas, pero un vencedor en la negociación. En 2004 perdió la gubernatura con un enemigo íntimo, Reyes Baeza, sobrino del exgobernador Fernando Baeza, el archienemigo de su padrino Francisco Barrio. Se odiaron en el “Verano Caliente” de 1986, pero tiempos traen tiempos, para el 2010, el destino unió a estos dos grupos antagónicos cuando encontraron un enemigo común, César Duarte. Entonces, Corral comenzó a buscar a sus viejos aliados, hasta que Osorio Chong, cercano a Carlos Salinas, accedió a mover el sistema y aprovechar para quitarse a Duarte del camino, de Bucareli salió la orden y los Baeza operaron la traición desde adentro; como en 1992, la maquinaria estatal comenzó a confabular para que Corral ganara la elección a gobernador.

En realidad, Corral no quería ser gobernador, su mundo siempre estuvo en la Ciudad de México, alejado de su pasado. Su plan era perder en 2010 para mantenerse vigente, regresarse al Senado y después volver a ser diputado, brincando de nómina en nómina, pero había un interés de acabar con la carrera política de Duarte y, de paso, le era muy conveniente a los planes de Ricardo Anaya, que quería a Corral fuera de la competencia en el PAN por la candidatura de 2018 y que mejor terapia que mantenerlo ocupado en Chihuahua. 

En resumen, sin quererlo, a Corral se le alinearon los astros para ser gobernador. Pero como dice la canción, “puede más la costumbre que el amor”, Javier nunca pudo alejarse de la vida frívola y ociosa que tanto disfruta de su nicho bohemio en la Ciudad de México. 

Por esos antecedentes, su gobierno durante cinco años fracasó, la siguiente parte de la historia es el recuento de las tragedias que ha provocado Corral y que terminarán por fin en nueve días.