Opinion

José Alfredo Jiménez

Yo pa´rriba volteo muy poco... Tú pa´abajo no sabes voltear

Alfredo Espinosa

domingo, 31 julio 2022 | 05:00

De las borracheras nacen las serenatas. Un tequila, el mariachi y una canción nos empujan a seguir, dando tumbos, el tortuoso itinerario del sentimiento mexicano. A tientas nos percatamos de las mudanzas del corazón que primero ama y luego odia, luego se reconcilia hasta que termina separándose, sólo por el gusto sentir nostalgia, para finalmente echarse a la perdición de los alcoholes delirantes, a los amores sin sentido, a recordarnos a cada instante que debemos olvidar a la que amamos sin remedio.

La eternidad de los amores es efímera. Y aunque es breve la vida, y frágil, es suficiente para hacerse añicos en ese peñasco llamado amor.

José Alfredo, como tantos hombres que han querido decirle adiós a una mujer, antes se toman una botella de alcohol de 96 grados. “Voy a decirle adiós, ahora sí, por vida de Dios que sí, que ahora sí la mando a la chingada”, se dicen y se envalentonan y recuerdas los sucesos de la últimos días, y con la baraja entre las manos, las cartas sobre la mesa, recuerdan como pasaba José Alfredo estos sobresaltos:

              Cuando pienses en otro, no te importe mi suerte.

              Es la ley de la vida, adorar para sufrir.

              Ya me diste cariño, ya me diste ternura, ya me hiciste feliz.

              Y después de tus besos y de tantas caricias, 

              que me importa morir.

Y beben una copa más para darse valor, y tú ya sabes cómo es esto, sobre arenas movedizas de una cantina, quienes han sido derrotados por el amor, con el pantano llegándote hasta el cuello, y la vida yéndose con las copas y desinhibiendo la memoria herida, recordando a la persona amada que es más hermosa cuanto más se emborracha, a ella, la más ingrata, la más puta, la más hija de la chingada, ay, a ella, la más amada de todas, y en un arrebato decides ir a su casa, buscarla, reclamarle, y ya bajo su ventana, con la daga bien hundida, decides darle serenata.

Yo pa´rriba volteo muy poco

Tú pa´abajo no sabes voltear

José Alfredo, todo corazón, aspiraría a que el amor desvaneciera los límites y las jerarquías impuestas por las castas sociales. Intuía que el corazón es el único territorio en donde los burgueses y los proletarios podrían amarse. Enamorado, se convencía que la lucha de clases olvidaba sus enconos cuando dos almas supiraban. Pero también sabía que para los enamorados el mundo se organizaba en su contra y habría que alejarse de él como de un animal ponzoñoso y esconderse en algún lugar idílico en donde no hubiera justicia, ni leyes, ni nada, nomás el amor y ya.

Sin embargo, cuando se olvida de sus bravuconerías y de sus revanchismos, y dedica su voz a cantar a ese pequeño, íntimo y entrañable mundo de la pareja cuando se ama, en silencio, plenamente, como entre sueños, José Alfredo Jiménez alcanza un lirismo de fina sensibilidad, impecable desde el punto de vista poético, y a la altura de las más bellas canciones de Álvaro Carrillo.

En las embriagueces del amor, José Alfredo cambia el tono áspero del desengaño por la sugerencia susurrada. En la cama, sin vencedores ni derrotados, sin pretender demostrar nada sino sentir y hacer sentir el amor, el compositor de México logra una de sus mejores canciones. A su lado está una mujer, y una mujer, él lo sabe, es la criatura más bella de la naturaleza, la arquitectura más hermosa, un poema visual, un paisaje maravilloso de cumbres y hondonadas. José Alfredo la ha besado, la ha recorrido con sus caricias, resbalando, subiendo, penetrando en ese milagroso territorio de escalofríos, latidos y ardorosas quejas; con ella ha galopado en el mejor de sus corceles, y ha volado un poco y tocado el cielo. José Alfredo lo sabe, abre la ventana y una noche entra a refrescarlos y él nos invita a mirar su alcoba mientras él mismo ve hacia afuera y se inspira. Describe la escena como si fuese un admirable director de cine y nos hace percibir que cuando se amanece entre los brazos de la amada, el amor es un milagro:

Cuando llegó la noche, 

apareció la luna y entró por tu ventana,

¡qué cosa más bonita

cuando la luz del cielo

iluminó tu cara!