Opinion

Juan Gabriel: La diferencia, corazón, es que yo en tu lugar sí te amaría

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Alfredo Espinosa

domingo, 09 enero 2022 | 05:00

Victoria, amamantando todavía al pequeño artista, en la miseria y con el marido en el manicomio de la Ciudad de México, sufriendo enconadas reyertas con sus cuñadas que la responsabilizaban de su enfermedad mental, se siente acorra­lada. Un día decide cargar con sus hijos y mar­char rumbo a la frontera norte. El hijo más pequeño va en sus brazos y todavía se llama Alberto Aguilera. No la deja mo­verse libremente. Quien años más tarde será Juan Gabriel es un estorbo, y aun así Victoria emprende su viacrucis.

La ruta de los migrantes se inicia en los escritorios de los funcionarios y de los políticos. El discurso exigía salir del sub­desarrollo, sentar las bases para dejar de ser un país agrícola habitado por indios y peones y convertido en el país moderni­zado con fábricas e industrias. Y el diseño económico que en el papel relumbraba obligó a las familias campesinas a some­terse a la rápida metamorfosis que imponía desarraigos. El éxodo del pobrerío, el nómada pueblo de nadie, se encamina hacia el centro o a la frontera norte con la intención de saltar a los Estados Unidos.

En esta trashumancia, a la que también es empujada la familia Aguilera, sería clave para que emergiera un composi­tor de las características de Juan Gabriel. En la frontera las identidades regionales se disolvían y aparecían otras nuevas. El intercambio social de regiones y culturas provoca un rico tejido que convierte a Juárez en una ciudad cosmopolita. La familia de Juan Gabriel es el testimonio doloroso de los fracasos de los programas gubernamentales para el cam­po, y documenta con su propio éxodo y trashumancia la irres­ponsabilidad del poder político en México.

En esos difíciles días, el niño Alberto Aguilera, es un es­torbo para proseguir con la vida y buscan acomodarlo en algún lugar. Y lo dejan en un orfanatorio. 

Me he quedado solo, sin tus besos,/ estoy solo, triste y abandonado/. 

Juan Gabriel: La diferencia, corazón, es que yo en tu lugar sí te amaría

 Desde muy temprano, la vida de Juan Gabriel se había desba­ratado. De un zarpazo, su mundo afectivo se había hecho añi­cos. Siendo el menor de diez hijos, (cuatro de los cuales murie­ron y de éstos tres antes de él) decidieron llamarlo Alberto, inspirados en aquel Albertico, protagonista de El derecho de nacer. Muy pronto Alberto Aguilera habría de saber que el precio por haber obtenido ese derecho en circunstancias tan adversas, se pagaba con penurias afectivas e indigencias eco­nómicas.

La madre anuncia a los demás hijos que Alberto está con las monjas, que si alguien quiere verlo ya sabe en dónde está. Pero nadie lo visita. Días más tarde, Juan Gabriel logra escapase del interna­do de monjas. En la calle, una señora se apiadó de su desam­paro y logró que el periódico y la radio anunciaran a un chiqui­llo que decía llamarse Alberto y que con aullidos de cachorro desvalido pedía la presencia de su mamá.

Victoria, su madre, acudió por él, lo regañó por haber­se escapado y en los días siguientes lo volvió a colocar en un internado para pequeños infractores, más rígido y vigi­lado.

¿Qué podemos adivinar acerca del corazón de una ma­dre? ¿Es un acto de amor o de rechazo y abandono la difícil decisión de internarlo en un orfelinato? Para los pobres la vida es dura, las opciones se reducen, y las determinaciones deben ser firmes aunque duelan. Como quiera que haya sido, el niño jamás podrá olvidarlo. Aquello que su raciocinio no compren­de rompe su corazón irremediablemente.

Años más tarde Juan Gabriel declararía: "Para mí es fá­cil ser mi mamá, ser mi papá, ser mis hermanos y ser sobre todo el niño que se perdió. Tuve que perdonar a mi madre, a mis hermanos, que no se hicieron cargo de mí, ni siquiera fueron a visitarme. Lo menos que pudieron hacer es ir a ver­me de cuando en cuando, para ver como estaba. Ni Virginia ni mis hermanos lo hicieron; mi mamá, pocas veces. Por eso tuve que perdonarlos."

 Aunque malgastes el tiempo sin mi cariño, 

aunque no quieras este amor que yo te ofrezco, 

aunque no quieras pronunciar mi humilde nombre, 

de cualquier modo, yo te seguiré queriendo.

¿Pero de veras los perdonaría? La separación de la ma­dre será vivida por el niño como una muerte, y la evocará con resentimiento. No obstante, como no podrá aceptar las emo­ciones negativas que este acto de su madre le suscita, buscará afanosamente las razones por las cuales ella no pudo otorgar­le el amor y los cuidados que de niño necesitaba. Para justifi­carla, Juan Gabriel evocará las circunstancias que ella vivió, y en un discurso inconsciente -que habremos de conocer a través de algunas de sus canciones- añade también las sospe­chas de que sus preferencias sexuales y artísticas, que él no eligió pero que su madre siempre le recriminó sin perdonarlo nunca, influyeron para que ella jamás lo amara y lo aceptara como Juan Gabriel vehementemente lo deseaba.

"Yo sé que nunca tú querrás amarme

que a tu cariño llegué demasiado tarde,

no me desprecies, no es mi culpa, no seas mala 

por que tú eres con quien sueño enamorarme.

Más que artístico, el triunfo que buscaba Juan Gabriel era psicológico: el reconocimiento y el amor de su madre. Orientaba todos sus esfuerzos y su tenacidad para lograr ese objetivo emocional. Su madre nunca pudo entenderlo. La dife­rencia es que si ella hubiera estado en los zapatos de Juan Gabriel, él sí la amaría, pues ¿qué daño puede hacerle con quererla?

¿ Qué daño puedo hacerte con quererte ?.. /...no hay necesidad que me desprecies

tú ponte en mi lugar; a ver ¿ que harías?/ La diferencia entre tú y yo tal vez sería, corazón, que yo en tu lugar, que yo en tu lugar/ si te amaría.

La adopción y los maternajes de Juan Gabriel

Mirándolo tan desolado, la sociedad mexicana lo adopta como' su hijo y lo acepta tal cual es. Desoyen la voz de los prejuicios y lo rescatan de las inclemencias del destino. Pre­mian su sensibilidad y su talento. Comprendieron que ese niño solo y en desgracia no merecía tanto castigo.

A lo largo de su vida, habiendo sido abandonado por su familia, tendría la oportunidad de ser múltiples veces adopta­do por distintas mujeres. La primera mujer que lo hizo, por lo menos transitoriamente, fue quien lo halló en la calle, luego de escaparse del orfanatorio, a los tres años, llorando por su mamá con lamentos de becerro destetado. Luego, una maes­tra llamada Micaela le agarró cariño y lo rescataba del centro de rehabilitación para acercárselo a su madre o para permitir­

le ganarse unas monedas limpiando vidrios o cargando la_ bolsas del mandado a las mujeres que acudían a El Paso, Texas, a cazar ofertas y a estirar el salario.

¿Qué ayudó para que estas adopciones se realizaran? ¿Cómo lo miraban las mujeres que lo adoptaban? ¿Por qué, al observarlo, despertaba en ellas sus ternuras y altruismos?

Esperanza Mc Culley, al verlo cantar en Juárez, comen­ta: "Me fascinó ese joven, casi niño, que cantaba con tantas ganas, tan chavalón. ¡Padrísimo cantante! Mi marido acababa de morir, yo estaba muy sensible. Además Alberto nació el mismo año en que yo perdí a mi primer bebé. Por su aspecto sentí que mi hijo tendría su edad. Por eso, al verlo tan joven, ganándose la vida cantando, tuve la sensación de que necesi­taba protección, la protección de una madre, y creo que me propuse serlo. Al terminar su actuación me acerqué a saludar­lo. Ya sin reflectores me pareció más desvalido. Me contó parte de su historia, me conmovió, me habló de sus planes, de sus sueños, me cautivó."

Su atractivo físico y su carisma, su aspecto solitario y desolado, su tenacidad por sobresalir y el recuento goloso de su fracturada historia personal, lograron hechizar a las muje­res jóvenes y éstas ejercieron sobre él y su carrera germinal, un maternaje protector y efectivo.

Meche, su legendaria amiga y su alma gemela, con quien vivió durante los años verdes y a quien ayudaba a lavar la ropa de las putas, devela la vulnerabilidad del artista: "A veces se deprimía y me pedía que no saliera, que me quedara para cui­darlo. A los dos nos había faltado cariño de padre, madre, de familia. Por eso él y yo nos buscamos, nos procuramos cariño entre los dos. Él traía los sentimientos revueltos. Tan chavalón, guapote y ya con eso adentro, daños, pesares, y quería echar­los en las cantadas."

Juan Gabriel siempre estuvo disponible para ser adopta­do, aunque en realidad siempre aspiró a que su madre lo reco­giera de la calle y lo adoptara definitivamente, pero nunca sucedió ese milagro. Al contrario, un día pasó con su amigo por la casa de Juárez en donde ella trabajaba de sirvienta; la madre lo recibió fríamente, con enojo porque estaba en des­acuerdo con la vida que llevaba su hijo, de sus modalitos y de sus compañías. Alberto se acercó para pedirle algo para almorzar pero ella lo regañó, lo ofendió, lo hizo llorar.

Un día, Esperanza, la protectora de Juan Gabriel, accedió al ruego de Alberto para que solicitara legalmente su adopción con la secreta ilusión de hacer reaccionar a su madre. Esperan­za buscó a la madre de Alberto y le planteó la adopción de su hijo, y al hacerlo, Victoria respondió, sin dudarlo, que sí, que con mucho gusto, que le daba la carta que pedía y todos los demás papeles que necesitara. "No imaginé que Alberto se fue­ra a sentir tan triste. Ese día nos despedimos como siempre. Ya no regresó a mi casa. Se enojó conmigo porque provoqué que su mamá reaccionara como si no le importara su hijo."

Si preguntarás que por qué te quiero tanto/ ni yo mismo sé por qué, mas yo te amo./

Estoy acostumbrado a tus desprecios/ que el día que me acaricies lloraré.

Comentarios: alfredo.espinosa@hotmail.com