Opinion

Justicia a la medida

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César Jáuregui Robles

lunes, 08 noviembre 2021 | 05:00

Ciudad de México—Por fin ingresó a la cárcel un delincuente confeso como es el señor Emilio Lozoya, quien estuvo protegido por el Lópezobradorismo, a pesar de haber huido, haber confesado y cínicamente ufanarse de qué serían otros los que asumirían su lugar en prisión, por haberse acogido a un criterio de oportunidad, que  lamentablemente en México se ha convertido en sinónimo de impunidad.

Triste país aquel en que sus gobernantes declaran y declaran sobre “procedimientos justos” y “el debido proceso” y el “cumplimiento de la ley tope hasta donde tope y caiga quien caiga”; pero lo hacen a sabiendas de qué la justicia sólo recae sobre sus adversarios y no sobre sus cómplices, afines ideológicos o parientes, tal como acontece en el nuestro. Así es, día con día se dedican espacios y se hicieron señalamientos sobre el combate a la corrupción aprovechándose de la vulnerabilidad de un pillo como lo es el Sr. Lozoya, dispuesto a que su boca fuera el instrumento de revancha contra adversarios de la Cuarta Transformación, y no el ejercicio de la verdad que uno espera conocer ante la comisión de desfalcos mayúsculos como los que él cometió en su paso por la dirección de Petróleos Mexicanos.

Triste observar, como no es el brazo vigoroso de la Ley, sino el desgaste gubernamental por la imagen pública del personaje en cuestión, regodeándose con los suyos en un restaurante de postín del poniente de la Ciudad de México, y no alarmado o preocupado por la gravedad de los ilícitos por los que se le acusa y en los que involucró a buena parte de su familia.

Triste es darse cuenta que la Fiscalía General de la República actúa, no compelida por las atribuciones que le son propias dentro de su marco de autonomía, sino por las directrices que desde Palacio le marcan, atendiendo criterios populares y no jurídicos.

Habrá que ver los alcances y los efectos del linchamiento mediático que resintió esta Institución para ver si resisten y continúan con la puntualidad y la firmeza de la acusación o se dejan llevar nuevamente por los apetitos e intereses revanchistas que cotidianamente se marcan en las conferencias mañaneras.

El pronóstico no es alentador, sobretodo si seguimos viendo las imágenes y las escenas llenas de morbo público donde le gritan “ratero” al expresidente Peña Nieto y no es concebible que habiendo tal cúmulo de evidencias, teniendo toda la información que le puede proporcionar la Unidad de Inteligencia Financiera, la Fiscalía General de la República, y los bastos testimonios que exhiben la incongruencia patrimonial entre el ingreso recibido como funcionario público y el derroche del cual hoy se hace ostentación por todo el mundo, no haya un solo señalamiento público por parte del Presidente. Todo ello, a pesar de haber organizado una consulta a modo para enjuiciar a los expresidentes, que hoy queda de manifiesto, fue sólo parte de la algarabía que le causa el jugar con el honor, la reputación y la vida de los demás sin llegar a conclusiones o consecuencias jurídicas.

Una más para la impunidad y la justicia selectiva.