Opinion

La ambición de las cónyuges y… de los funcionarios públicos

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Isaías Orozco Gómez

lunes, 31 agosto 2020 | 05:00

El grave problema en que están involucradas –hasta con órdenes de aprehensión y extradición– algunas esposas, “parejas sentimentales”, madres, hijas, hermanas… de varios funcionarios gubernamentales o “servidores públicos”, incluyendo, ahora, a los expresidentes de la República, entre otros: Javier Duarte de Ochoa (exgobernador de Veracruz) cuya esposa Karime Macías, expresó: merezco abundancia; César Horacio Duarte Jáquez (exgobernador de Chihuahua), esposa Bertha Olga  Gómez Fong; Génaro García Luna, esposa Linda Cristina Pereyra Gálvez; Emilio Lozoya Austin, esposa Marielle Helene Eckes…

Y en vista de que esa ambición, acompañada de la nefanda corrupción, sigue vigente en los tres niveles de gobierno, no es por demás, volver a transcribir algunos fragmentos de MEMORIAS DE UNA MUJER DIGNA, de la obra “Los mexicanos a contraluz. Una radiografía de los mexicanos de nuestro tiempo”, de Francisco Martín Moreno.

Permítasenos antes la definición de: AMBICIÓN deseo intenso de conseguir algo, como el poder o la fama. (Guido Gómez de Silva, “Breve Diccionario Etimológico de la Lengua Española”, FCE).

“Mi matrimonio terminó cuando pude confirmar que mi marido era un bandido, un vulgar asaltante de cuello blanco y mancuernillas de oro. Nunca supuse que él, fuera como una buena parte de los políticos mexicanos –sálvese el que pueda–, hombres menores y mezquinos, embusteros profesionales que buscan a toda costa el poder exaltando una vocación de servicio fundada en una supuesta mística social, cuando en realidad aprovechan buena parte de su gestión en la realización de ‘negocios’, término eufemístico acuñado en los elevados círculos sociales del país, en donde se declaran válidas las razones para cometer el delito de peculado […]

“Yo sé lo que mi marido tenía cuando se incorporó al Gobierno. Supe de sus limitados sueldos como funcionario. Supe de la inexistencia de actividades empresariales concretas que le permitieran tener ingresos adicionales justificables. Supe en detalle de su capacidad de ahorro. Ahora sólo puedo suponer las cantidades de dinero negro que habrá logrado amasar para poder tener el inmenso patrimonio que hoy pretende disfrutar en su soledad o en compañía de sujetos interesados en su fortuna […]

“¿Cómo admitir que la ropa de mis hijos, sus útiles escolares, su misma casa, sus estudios en el extranjero y en general todo lo que nos rodea es producto del hurto? ¿Cómo? ¿En qué nos diferenciamos  de los asaltantes de bancos o de quienes roban a una mujer en plena vía pública amenazándola con un cuchillo? ¿En el estilo? ¿En el lenguaje? ¿En la ausencia de violencia física y en la negativa a usar armas de fuego? ¿En eso? ¡No! Yo no soy como esos ampones, ¡no! No lo soy ni lo son mis hijos ni nos repartimos un botín ni nos hicimos los indiferentes cuando el jefe de la familia pretendía rodearse de un bienestar ilegítimo y humillante.

“Por esas razones rompí con él, terminé de un plumazo con mi matrimonio: para que mis hijos no resultaran manchados ni los alcanzara el cinismo y la desvergüenza invitándolos a corromperse al participar de los beneficios de un enriquecimiento inexplicable y perverso. ¿Ese era un ejemplo positivo para alguien que comienza la vida? ¿Iba yo acaso a permitir que a mis hijos, nada menos que a mis hijos, los señalaran como los hijos de un ratero? Alguien tenía que dar la voz de alarma y demostrar al menos algo de dignidad. Yo la di, yo di la muestra, yo la di, yo, yo, yo…

“Les he dicho a mis hijos que este país descompuesto moralmente es en parte porque las MUJERES DE LOS FUNCIONARIOS de todos los niveles no sólo gozan intensamente los bienes provenientes del PECULADO, sino acaso animan a sus maridos, si es que estos realmente requieren de ánimos adicionales, para acrecentar a cualquier costo el patrimonio familiar con independencia de su origen. La mita de la culpa descansa en los funcionarios venales, la OTRA EN SUS MUJERES igualmente corruptas que no arrojan a la cara de sus esposos los sobres con el dinero ajeno o los estuches con alhajas o los testimonios notariales que acreditan la adquisición de nuevas propiedades ilegítimas, invitándolos, a cambio, a defender el honor de la familia y a vivir en términos de sus capacidades y talento […]

“Ellas, las esposas, podrían dignificar a la familia en lugar de corromperse con sus maridos y sus hijos, les repetí a mis hijos hasta el cansancio […] Pero hay más, algo que no puedo dejar de confesar en estas horas postreras: quien comete el delito de peculado, quien ROBA A SU GOBIERNO y a su país, no sólo lleva a cabo una conducta indebida y sancionable con todo el peso de la ley; en realidad, el funcionario corrupto, y esto no han querido entenderlo, desde el momento en que roba está confesando su incapacidad para hacerse de un ahorro por la vía del trabajo, de la planeación y del talento.

“Tiene que robar porque de otra manera no podría tener un patrimonio. ¿No es esto una mera confesión de estupidez humana? No puedo, por eso robo. La vía de los hechos revela un sentimiento de inferioridad, una mutilación intelectual, en todo caso una confesión de inutilidad, de estupidez, de flojera y de cinismo.

“Mis hijos hoy trabajan mientras su padre roba. Están orgullosos de lo logrado y convencidos de la necesidad del divorcio. Han aprendido a ver a su padre con las reservas de quien visita a un enfermo contagioso. He triunfado. Hoy en día ya muchas mujeres han seguido mi ejemplo.

“México se purifica y resurge gracias a mujeres como nosotras: ESE ES EL CAMINO […]”.

Cuando el lunes 5 de mayo de 2014 (El Diario), transcribí “Memorias de una mujer digna”, no estaba tan seguro de que el PECULADO, la CORRUPCÓN… empezarían a ser investigados y castigados. Hoy, están presos varios funcionarios públicos por esos delitos y, penosamente, arrastraron (o se dejaron arrastrar) parte de su familia.