Opinion

La amiga de la guerra

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Mariela Castro Flores

sábado, 01 mayo 2021 | 05:00

“La historia y la misión del futuro ya no significan la lucha de una clase contra otra, la lucha del dogma de la Iglesia contra el dogma, sino el conflicto entre sangre y sangre, raza y raza, pueblo y pueblo.”

La filosofía del genocidio / Alfred Rosenberg, filosofo oficial nazi.

Las campañas electorales son un buen momento para abrazar la memoria histórica, para acudir a lo que estamos en obligación de no olvidar; uno de esos momentos fueron los más de 12 años que a nuestro estado lo sacudió la guerra. Ese momento que huestes panistas se han empeñado en colocar en el olvido con el pretexto de “seguir adelante”, lo malo, es que las amnistías con la barbarie no sólo borran la historia, también nos arrancan la identidad. Sin idea de quienes somos, quedamos en un abismo de inconciencia con la propensión de repetir trágicos sucesos y que estos aumenten en brutalidad.

En el actual contexto que viene sumando agravios desde la guerra sucia en los años 70’s y el reciente empoderamiento de las fuerzas armadas que el actual gobierno federal les ha otorgado al ejército dándoles un elevado presupuesto para realizar las obras emblemáticas de la actual administración, un poder inusitado y un protagonismo que pareciera pretende conquistar lo que el calderonismo no pudo: fusionar a militares con la vida civil en una suerte de aparente rendición. 

Cabe mencionar que las fuerzas armadas han desempeñado misiones (labores) que no corresponden a su carácter desde siempre. Algunas han sido compatibles con el mantenimiento del control civil -como cuidar la seguridad pública- y el orden democrático, en otros momentos ha visto favorecida su intervención política a través de golpes de Estado. Por eso, la asignación de nuevas misiones en la administración de las dependencias de gobierno es preocupante en cuanto al tema de relaciones civiles-militares. Por ejemplo, que obtengan la total gestión de la construcción del Tren Maya en medio de manifestaciones por la defensa del territorio, la selva y sus recursos naturales, que exigen no sean desplazadas comunidades enteras por su construcción, no define buenos augurios.

La crisis humanitaria derivada de las permanentes violaciones a los derechos humanos generada en la guerra de Felipe Calderón no ha sido subsanada ni las víctimas reparadas, miles de procesos siguen abiertos y llevados en absoluta opacidad sin que este gobierno de vísperas de abrir los archivos o de litigarlos con transparencia a pesar de que hay observaciones de organismos internacionales para que así sea. Instrumentar una guerra de esas dimensiones sólo para legitimarse como presidente tras llegar a través del fraude electoral, convirtió a Calderón en un genocida; así pasará a la historia; como quien bañó en sangre al país.

Con esos antecedentes, ¿cuánto le abona a Maru Campos que México Libre se suscriba a su campaña, que Calderón aparezca estrechándole la mano, felicitándola, que ella le responda agradecida expresándole su muy sentida admiración?

Una de las ciudades más golpeadas y que mas ha padecido los estragos de la guerra fue y es Ciudad Juárez, con miles de ejecuciones y feminicidios, huérfanos y hogares desintegrados, duelos que no tienen esperanza de cerrarse, así llega Maru Campos a pretender conseguir el voto a pesar de declararse aliada de quien mayormente fue causante de esa tragedia.

Y aquí cabría preguntarse, si Calderón declaró una guerra buscando legitimidad, ¿qué tanto puede Maru repetir la fórmula? 

Siendo candidata cuestionada por la mayoría de la sociedad por el proceso abierto que se sigue en su contra, la seductora posibilidad de legitimarse a través del ejército existe, ya que la alianza de este con la ultraderecha es histórica y casi analógicamente ineludible, teniendo a su favor un gobierno militarista.

Abrazar a Felipe Calderón, declararle admiración y agradecimiento, sus constantes visitas a Juárez en el afán de sembrar simpatías como en ningún otro municipio en el estado a pesar de encabezar las preferencias electorales Morena y eso sólo de la parte de la población que aún tiene interés en participar de las elecciones, la que no se ha desencantado de la “política” y los partidos que ya nada pueden ofrecer, es por decir lo menos, insensible; con las víctimas y sus familias, con la sociedad que perdió su patrimonio, con quienes tienen un mínimo de conciencia.

¿A quién pudiera ocurrírsele que es una buena idea abrazar políticamente a un genocida?

Sólo a quien, de su lado, no salen los muertos.

Sólo a quien es amiga de la guerra.

@MarieLouSalomé