Opinion

La amistad

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Felipe Castro

domingo, 17 febrero 2019 | 00:56

En torno al 14 de febrero, como todos los años, pululan las celebraciones, brindis, regalos, ofertas, memes, comentarios, publicaciones e innumerables gestos que exaltan los sentimientos más nobles que pueden surgir del corazón humano: el amor y la amistad. El amor, entendido principalmente como el amor de la pareja. Amistad, sobre todo aquella más profunda que une a dos personas en un vínculo de naturaleza diferente del de la pareja, pero igualmente fuerte y plenificante. Febrero: mes del amor; mes de la amistad.

La persona humana lleva inscrita en su naturaleza la tendencia a entrar en relación con otras personas. Su carácter relacional es mucho más que una predisposición o una preferencia. Forma parte esencial de su estructura. Sin esta interrelación fundamental, no existiría nuestra civilización moderna; más aún, no sería posible civilización alguna. Otras tendencias pueden también estar allí, pulsando, orientando, estimulando. La ambición de riqueza, el deseo de poder, el anhelo de adquirir fama y prestigio, la necesidad de jugar y divertirse, y otras semejantes, están presentes de modo más o menos arraigado en todos nosotros. Pueden incluso llegar a determinar el rumbo y dar el significado a una existencia. Pero no son constitutivos de la esencia humana. La necesidad de entrar en relación con otros, esa sí define al ser humano en aquello que es en cuanto persona.

Un hombre puede lograr su pleno desarrollo personal incluso si no satisface alguna de esas necesidades apuntadas arriba, pero no lo alcanzará si pretende renunciar a una relación interpersonal profunda, esto es una relación basada en el sentimiento del amor o en el de la amistad.

Del amor se ha escrito mucho. De la amistad, menos. Vale la pena, por ello, compartir algunos pensamientos sobre la amistad. La historia está llena de momentos sublimes protagonizados por amigos que vivieron, y tal vez murieron, unidos por el lazo indestructible de la amistad.

Se encuentra actualmente en cartelera la película “Green Book: una amistad sin fronteras”, basada en una historia real. Ostenta cinco nominaciones al Premio Óscar, que revelan, entre otras cosas, la importancia de la trama. Sí, por el tema siempre actual de la discriminación. Más aún, porque propone como elemento central del guión, una amistad que rebasa los límites del racismo y le da sentido a la vida de ambos.  

Green Book narra la historia de Don Shirley, un virtuoso pianista afroamericano, y la de Tony Lip, un rudo italoamericano que es contratado por el primero como su chofer. Contrastan entre ellos las formas educadas, serias y refinadas del virtuoso músico, con el estilo despreocupado, ruidoso y arrojado del segundo. Contrastan en ellos muchas cosas más: el color de la piel, su condición económica, el estilo de vida, sus convicciones más profundas. Pareciera que a estos dos adultos tan resueltos en sus personalidades, nada ni nadie podría romperles sus propios esquemas. La convivencia permite que ambos experimenten  la confianza, la empatía, la solidaridad, la lealtad, el amor fraterno. Esta experiencia les abre las puertas del hasta ahora inimaginable mundo de los amigos.

Es interesante la definición de amistad que da el diccionario: “Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato”. Esta definición en realidad recoge algunos elementos, ciertamente importantes, que están presentes en toda amistad. Pero quien ha hecho la experiencia de tener un amigo incondicional constata que esa definición se queda corta.

Antes de seguir ahondando, es preciso señalar que no todas las amistades se sitúan en el mismo nivel; hay como una graduación, tipificable de este modo:

En primer lugar, existe la amistad “utilitarista”. Esta palabra suena fuerte, ofensiva, casi contradictoria con el término amistad. Pero de hecho existen esos amigos que te buscan no tanto por ti, por quien eres, sino por el beneficio que les reporta tu cercanía. Saben que cuentan con tu apoyo, con tus bienes materiales, tu posición social, tu tiempo. No es malo recibir estas cosas y muchas más del amigo. Todo lo contrario. Pero si el amigo utilitarista sabe que te tiene siempre, tú nunca estás seguro de contar con él. De hecho, esta clase de amigos con frecuencia desaparecen cuando se presentan las crisis o las dificultades de la vida. En esta categoría entran muchos de esos amigos que te encuentras diariamente en el lugar donde haces ejercicio, y con los que tienes por afinidad la realización de un deporte; compañeros de trabajo o de negocios. Esta amistad es sumamente frágil. No suele perdurar en el tiempo.

En segundo lugar, la amistad de complacencia. Te encuentras a gusto, la pasas bien. Buscas al amigo, pero más por el agrado que te produce su compañía que por lo que puedas ofrecerle. Esta amistad es de alguna manera una forma más avanzada de utilitarismo. Va más allá del aspecto material que pueda obtener del otro; éste puede aportar algo más personal como su tiempo, sus ideas, su trabajo, su compañía. Produce una sensación agradable. Sin embargo, al final de cuentas, lo que obtiene es su bienestar.

Por último, en el grado más alto y puro está la amistad desinteresada. Lo que me une al amigo no es el beneficio que obtengo ni la complacencia que me produce. Busco al amigo por sí mismo, por ser mi amigo. Como es algo recíproco, y aun cuando no es lo buscado, esta amistad me reporta utilidad y complacencia, pero lo que yo quiero es el bien del amigo. Esta es la amistad propiamente tal.

No hay dos historias iguales, pero las amistades nacen siempre a través del trato, no necesariamente pretendido: nos encontramos un día en la escuela, o en la universidad, o en el trabajo, o en una fiesta. Experimentamos cierta empatía, que con el trato se convierte en simpatía. Cada vez más el otro constituye una presencia importante en mi vida. Empiezo a interesarme especialmente en él porque percibo algo intrínsecamente bueno. Reconozco en mi amigo valores y convicciones que me parecen interesantes y hacen eco en mí. Hay muchas afinidades, sobre todo -pero no siempre- con respecto a los principios que fundan y orientan la existencia.

Transcurre el tiempo. Tres elementos se conjugan para hacer que esta nueva amistad crezca y se consolide: el afecto, el conocimiento recíproco y la confianza. Van de la mano. Inseparablemente. Un afecto real, que me hace identificarme con mi amigo, con sus sentimientos, con sus intereses, con sus éxitos, sus penas, sus proyectos, sus desgracias. No me es indiferente lo que le sucede. Lo quiero. Y porque lo quiero, quiero su bien, quiero lo mejor para él, y quiero que él sea lo mejor.

Conocimiento recíproco. Mi amigo me platica de él y yo le platico de mí: historia, familia, gustos, planes, opiniones… Cada vez hay menos secretos entre nosotros.

Y confianza. Crece en mí la certeza de que puedo fiarme de mi amigo. Que nunca me va a fallar. Podría desplomarme de espaldas, los ojos vendados, sabiendo que detrás mi amigo me recibe, no me va a dejar caer al suelo. Cuanto más crece la confianza, más me siento libre de revelarle a mi amigo las zonas obscuras de mi persona, mis miedos, mis complejos, mis caídas, mis sentimientos y resentimientos. Sé que mostrándome tal como soy me hago vulnerable. Pero no me importa. Es tal la confianza que le tengo, que me siento totalmente protegido por él.

Este recíproco afecto, conocimiento y confianza me llevan a algo más todavía: No sólo le puedo compartir mis sentimientos, y él a mí. Al compartirlos, los hacemos nuestros. Ya no sólo conozco y entiendo lo que le sucede. Ahora siento lo que él siente: me alegro de sus alegrías, me entristezco con sus penas. Y él con las mías.

Cuando se llega a esta profundidad de amistad, uno está dispuesto literalmente a lo que sea, por el amigo. Incluso a arriesgar o a dar la vida por él. Tony saldrá en defensa de Don Shirley, cuando éste es víctima de una agresión. Arriesga su propia integridad, porque ya no se siente un empleado suyo. Son verdaderos amigos.