Opinion

La burla de cambiar por cambiar en la UACH

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GPS / Dominical

domingo, 07 noviembre 2021 | 05:00

Jugó Javier Corral a gobernar durante cinco eternos años, sin el más mínimo estudio ni consenso previo, chivo en cristalería como se dice vulgarmente, dejando un auténtico tiradero detrás de sí, no sólo en obras, sino lo más grave, pervirtiendo la estructura institucional que ha tomado décadas construir.

La Universidad Autónoma de Chihuahua, una de las más reconocidas instituciones, entró a esa vorágine, verdadero juego de improvisaciones e imitación. Fue víctima de una renovación, que no es otra cosa que burda imitación de modelos europeos, por cuya implementación, al rato saldrá con pelos y señales, que se pagaron millones.

En ese camino, el alma mater eliminó de su imagen el logotipo institucional creado por Don Aarón Piña Mora, arrumbado a un rincón, y se entronó en su lugar una insípida “U” estilizada en morado, si no es que en horroroso color negro. Incluso dejó de utilizarse el lema “Luchar para lograr, lograr para dar”. 

Los alumnos que egresaron recibieron un “pin” con esa “U” en la ceremonia en que se titulaban, escuchando una afectada alocución que tenía en el centro la llevada y traída renovación. “Este es el símbolo de nuestra unidad”, decían en la explicación del significado del “pin”, una unidad extraviada en el desorden de la implementación con programas incompletos, construidos al vapor, bajo presión a la base docente.

Se modificó el título profesional, dejando de ser el clásico y tradicional cuero de cerdo, impreso en sobrio color negro, para dar paso a un documento en papel couche brilloso, con el pretexto de la seguridad para evitar falsificaciones, que bien pudieron adoptarse sin necesidad del cambio. Ahora es un título adornado en exceso.

Es un secreto a voces que el rector Luis Fierro fue sumiso hasta más no poder con la administración corralista, que tenía como eje y único plan de gobierno la ocurrencia. Durante el quinquenio fueron retenidos sin ninguna base los millones que debía recibir la Universidad por concepto de impuesto universitario. Franco abuso.

Mientras se estrangulaba financieramente a la institución, el gobernador Corral aplaudía la renovación en todos los discursos engolados pronunciados en informes anuales de la UACH, siempre pontificando desde la sabiduría que –iluso- le otorgó el ladrillo sobre el que estaba parado.

Quiso pasar a la historia como el gobernador que renovó la Universidad, a setenta años de su fundación, para superar los supuestos planes arcaicos y una organización napoleónica, alejada de la “modernidad”.

El problema es que poco sabía el entonces mandatario de espíritu universitario o siquiera del paso por las aulas, con un título obtenido casi por correspondencia, cuando chapulineaba de una curul a otra, otorgado por una universidad sinaloense.

Él y Luis Fierro pasaron a la historia, pero por jugar con la seriedad de una institución ninguneada y atropellada, con el pretexto de la innovación disruptiva basada en el pensamiento complejo de Edgar Morín, a quien por cierto hasta un doctorado Honoris Causa le entregaron por video conferencia, en esa fiesta descontrolada por cambiar sólo por cambiar.

Si ya le habían entregado su doctorado Honoris Causa a Lucha Castro, porqué no entregarlo también a un ideólogo del pensamiento moderno, utilizado como pretexto de fatídica renovación.

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El modelo universitario causó gran escándalo cuando se dieron a conocer sus pormenores, uno de ellos, el nombre de las unidades de aprendizaje.

“Los números hablan” y “La ley y el orden”, fueron algunas de estas materias que llamaron inmediatamente la atención, pero la denominación era lo de menos, el problema eran los contenidos.

En el modelo anterior se cargaban en los primeros semestres materias de formación universitaria, para estandarizar a los alumnos en ciertos conocimientos y habilidades, pero desde ese momento inicial, el estudiante empezaba a ver materias de la carrera elegida.

En el nuevo modelo los estudiantes sólo veían una materia los semestres iniciales que tuviera que ver con su carrera, la cual por cierto no estaba claramente definida, porque el primer ciclo correspondía al denominado ciclo universitario, un tronco común para toda la universidad. Así recibían materias con inclinación a las artes o al derecho, cuando el alumno quería estudiar medicina.

Se hizo un batuque que exasperó a los alumnos y maestros, en particular estos últimos, que fueron obligados a entrar al modelo sin pedirles jamás opinión acerca de si estaban de acuerdo o no en su implementación. Los fueron involucrando poco a poco en un proyecto que les era ajeno y fue impuesto.

Aun así, el modelo avanzó. Ya hay tres semestres con alumnos, doce mil personas estudiando sobre un modelo mocho. Pudo más el capricho que la razón, para llevarlo al Consejo Universitario, donde se aprobó y emitió un nuevo reglamento académico, para darle validez al nuevo modelo, incluido el temido examen divisional para ingresar al segundo ciclo.

Pero si la parte académica causó escozor, el ámbito administrativo estuvo peor. En el nuevo modelo se planteó la desaparición de las facultades, para construir divisiones. Por ejemplo, la Facultad de Filosofía y Letras, junto con la Facultad de Bellas Artes, se fusionarían, con todos sus programas.

Igual pasaría con Derecho y Ciencias Políticas, o Medicina, Enfermería y Odontología. El problema es que el esquema jamás gustó, porque golpea una especie de independencia política y de decisión que se ha venido construyendo a lo largo del tiempo. El médico se cuece aparte del enfermero o del odontólogo y viceversa.

Se pisan callos al no respetar a los grupos universitarios y tratar de mezclarlos.

Producto del rechazo inicial fue la destitución de Roberto Díaz Romero, el director de la Facultad de Derecho, defenestrado por no estar de acuerdo con el modelo. Eran los tiempos del máximo poder del corralato, sombra perfecta para hacer chilar y huerto en la Universidad.

A últimas fechas, las facultades desaparecieron de la papelería y página oficial de la UACH. Ya estaba todo listo para dar el último zarpazo.

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En los cálculos del rector Fierro y del gobernador Corral no estaba la victoria de Maru Campos en la gubernatura. Imposible no ver la mano de ella y su operador César Jáuregui, en los cambios recientes en la Universidad, tanto en la estructura funcional, como en la determinación de echar abajo el nuevo modelo académico, que seguía caminando.

El empecinamiento, no entender los nuevos tiempos, fueron tan graves que inclusive se emitió una convocatoria mañosa para proponer una nueva la Ley Orgánica de la Universidad, basada en el hoy derogado modelo. El manotazo no podía esperar más.

El problema es que, así como fueron pésimos para implementar una actualización de planes y programas de estudio, Fierro y sus funcionarios centrales de rectoría, fueron malísimos para dar marcha atrás. 

El director académico Erick Valles, queriendo quedar bien con los nuevos vientos, se avienta un oficio que raya en lo ilegal, pasando por encima de las atribuciones del Consejo Universitario, para dar por concluida la aventura del nuevo modelo y el rector de viaje en La Paz. Uff.

No podía ser de otra forma. Lo que empezó mal, tenía que terminar mal, al troche y moche, sin tomar en cuenta a la comunidad universitaria, decenas de miles arrastrados a una crisis como no se había visto desde 1985, y que ahora debe remediarse.

Y pensar que todo empezó con un encuentro fortuito entre Luis Fierro y Salvador Malo, el ideólogo y “experto” del nuevo modelo.

La revelación corrió a cargo del mismo rector en alguna de las escasas reuniones multitudinarias que hizo para socializar y tratar de convencer a la base docente, allá por mayo del 2019. La ocurrencia salió cara.