Opinion

La cocina y la alcoba

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Alfredo Espinosa

domingo, 08 noviembre 2020 | 05:00

A través de la gastronomía, el hombre transforma en libertad su propia necesidad. Y es que cocinar puede volverse un frenesí, una orgía de sabores, aromas y texturas. En la cocina se congregan todos los sentidos: el oído se expande con el sonido inconfundible del chirriar de la carne y el crujir de las fritangas, la nariz se abre ante el aroma cotidiano del café y el lopezvelardiano y santo olor de la panadería; los ojos se deslumbran frente al color intenso de las salsas y los aderezos; la lengua se encoge bajo el sabor pungente del jengibre y el gusto perfumado del glorioso cardamomo; y las manos se ablandan con el tacto generoso de la mantequilla en la masa del pan y los polvorones.

Cada cocina está ligada a los espacios en que se fundan. Ante la estufa o el fogón, modernos o ancestrales, quien cocina impone a los guisos sus propias marcas sutiles que sólo la pruebe es capaz de descifrar la secreta sazón que disfruta y reconoce la oscuridad de la boca húmeda y cálida, y de ahí, todo el ser. 

Sigmund Freud creía firmemente que el primer goce erótico de nuestra vida lo obtenemos del pezón materno. La tibia y dulce leche materna satisface tanto fisiológica como emocionalmente, porque tiene la mezcla exacta de ingredientes: azúcar, tibieza y amor. Para Lácydes Moreno Blanco, frente a un plato nativo lo que se está comiendo son los recuerdos de infancia, de juventud, de la madre, de las abuelas. 

Yehuda Amijai, el gran poeta hebreo, endulza con versos estas ideas: “Mi madre me cocinó el mundo entero / en dulces pasteles. / Mi amada rellenó mi ventana / con pasas de estrellas. / Y la nostalgia está encerrada en mí / cual burbujas de aire en un pan”. 

Comer puede ser tan placentero como el sexo, quizá esto tenga que ver con el hecho de que algunos alimentos, como el chocolate, contienen sustancias naturales iguales a las que estimula en el cuerpo la acción de enamorarse. 

Y es que la boca es nuestra primera zona erógena.  Es una puerta al mundo de los sabores y placeres. Con la boca se habla, se besa, se come, quizá por eso existe una relación íntima entre el lenguaje, el sexo y la comida.  El hambre del sexo como la del estómago, pertenecen al reino de los impulsos más rapaces y apremiantes. La relación entre cocina y alcoba ha sido íntima a través del tiempo: las similitudes entre el mantel y la sábana, entre el deseo erótico y el antojo culinario, entre las tentaciones de las distintas carnes, siempre han estado presentes en la historia.  Los amantes pueden convertirse el uno para el otro en un antojo, un chocolatito, un bocadillo o un manjar exquisito. Aunque no son pocos los casos en que a otros se les manda a freír espárragos. Las parejas saben que la mesa suele ser el preludio de la cama. Y como algunas mujeres, un platillo puede ser ondulante y voluptuoso, fruto de la creatividad y el deseo; o ácimo y desabrido, como un pan servido en la mesa de los puritanos. 

Aunque algunas comidas son consideradas afrodisiacas, sospecho que lo verdaderamente electrizante es aquello que entre dos personas, sobre la mesa, se trenza. La comida seduce, hay en los sabores un reconocimiento, un acto amoroso, una comunión, un sonido gutural suave y ronco, un mmmhhh que nos remite a otros placeres. 

Cuando el amante le escribe a su amada un poema, puede verla como una flor o una estrella, pero cuando ella de espaldas le ofrece su añorada desnudez sobre las sábanas; él la ve siempre como una pera. Puedes percibir y saborear a la mujer como una torta, un bombón o un bizcochito, o más frecuentemente como una espléndida cornucopia que se derrama en frutos. Y frente a tal escenario, tú sabes, comienzas por tomar una cereza, te empalagas con los dátiles y luego chupas un melón, muerdes un higo, y ya entrado en los deleites se te antoja una papaya, y a ella le sobreviene un repentino antojo de pepinos y duraznos.  La charla se anima y tú puedes ver en ella una manzana, más sabrosa entre más prohibida, y citar el poema de Manuel Bandeira y decirle:

“Eres roja como el amor divino / Dentro de ti, en pequeñas semillas, / palpita la vida prodigiosa / infinitamente / Y yaces tan sencilla / al lado de un cuchillo / en un cuarto pobre de hotel”.

Al oír esto ella te responderá, emocionada, como la Sulamita al rey Salomón, “venga mi amado a su huerto y coma sus frutos deliciosos”. 

En la cocina no sólo se esconde el placer; en ella también se resguardan las costumbres que se heredan. Se llega al corazón por el atajo del estómago, y para que todo acto en la cocina se realice sin contratiempos y haga el milagro de retener al amado al lado de un buen plato y de quien lo prepara, existen ritos y rezos a través de los cuales se convoca a las deidades. No hay nada mejor que decir en voz alta estos versos para que la leña se encienda bien:

San Pascualito Bailón, / báilame en este fogón. / Yo te pongo un milagrito / y tú ponme la sazón.