Opinion

La descalificación de Pemex

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Jorge Fernández Menéndez

viernes, 01 febrero 2019 | 02:00

Ciudad de México.- La obsesión del presidente López Obrador en desarticular la Reforma Energética y la ideologización de la estrategia planteada para el sector, ha tenido funestas consecuencias para Pemex, para la política energética del país y para nuestra economía.

En la campaña, sobre todo en la etapa final, el tono había cambiado, en una entrevista que hicimos con Alfonso Romo, unos días antes de la elección, le preguntamos al empresario regiomontano y ahora jefe de la Oficina del Presidente qué sucedería con la Reforma Energética y Alfonso fue terminante: “Vamos a respetar todos los acuerdos y el Estado de derecho. A ver cómo están las licitaciones, por decir algo. Las licitaciones, cómo están, hasta hoy lo que hemos analizado, lo que hemos visto es que están muy bien hechas y quiero aplaudir a la autoridad. Porque nunca me he encontrado tantas compañías extranjeras aplaudiendo la transparencia con que fueron hechas las licitaciones de las grandes compañías…en resumen, lo que esté bien lo vamos a dejar, lo que hay que ajustar lo vamos a ajustar, lo que tenemos que quitar, porque no es bueno para el país, lo vamos a proponer al Legislativo para cambiarlo. Pero en los primeros tres años nos estamos comprometiendo a no mover nada, dar mucha confianza”.

No ha sido así. En el discurso se sigue cuestionando la reforma, las nuevas rondas fueron canceladas con razones ridículas; en los mandos de Pemex, en la CFE y en la Secretaría de Energía se privilegió la cercanía personal y la ideología por encima de la capacidad técnica. Se intentó desaparecer (o que fueran absorbidos por la Sener que era casi lo mismo) a los organismos reguladores (la Comisión Nacional de Hidrocarburos y la Comisión Nacional de Energía) y se han resistido, pero hoy están casi desarticulados, sin comisionados y casi sin poder sesionar.

El gobierno corporativo de Pemex también se quiso desmontar y apenas esta semana, ante la reacción externa, el secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, confirmó su permanencia. Ante la profunda desconfianza de inversionistas y acreedores, se envió a Nueva York al nuevo secretario de finanzas de Pemex para un encuentro que fue calamitoso y de donde salieron aquellos profundamente decepcionados, y además lo hicieron público: consideraron que la estrategia planteada no garantizaría el pago de la deuda de Pemex y rechazaron propuestas como la construcción de refinerías y enfocarse en el mercado interno en lugar de en la exploración, producción y exportación de crudo, que garantizaría un plan de negocios viable y con flujo de recursos frescos.

Al mismo tiempo, la guerra contra el robo de combustible se planteó en mal momento, en los días de mayor consumo, sin estar plenamente abastecidos, por una reducción en la importación de combustibles del 49 por ciento en diciembre (lo que adelantó el Wall Street Journal, rechazó el gobierno federal y días después aceptó Pemex) y sin un plan de distribución coherente, que un mes después no ha logrado aún reabastecer buena parte del centro del país. Se anuncia que para la refinería de Dos Bocas y otros proyectos se entregarán contratos por adjudicación directa “para evitar que participen, dice la secretaria Rocío Nahle, empresas con antecedentes de corrupción (sic)”.

¿Quién podría esperar que las empresas calificadoras internacionales en ese caos corporativo mantuvieran como positiva la deuda de Pemex? Ya la degradó Fitch y veremos algo similar en los próximos días con Moody’s y Standard & Poor’s. Ya las tres calificadoras habían puesto en observación la economía mexicana luego de la desconcertante cancelación del nuevo aeropuerto. Y la CFE no tardará en recorrer el mismo camino con las cancelaciones de licitaciones y grandes proyectos (como el de Salina Cruz a Yautepec) que ha emprendido la nueva administración.

Ante ello, de poco sirve tratar de “hipócritas” a las calificadoras internacionales que son reconocidas y respetadas por todos los inversionistas globales. Es verdad que Pemex fue recibida con innumerables problemas, pero su plan de negocios era viable y su conducción corporativa generaba confianza. Eso es lo que debe recuperar, en ese y en otros ámbitos, el presidente López Obrador. No hay un plan serio al respecto ni tampoco claridad para presentarlo. Los funcionarios que se envían para generarla, en ocasiones ni siquiera hablan inglés en forma aceptable. Muchos de los principales operadores de Pemex han renunciado o han pedido el retiro, descontentos con las nuevas políticas.

Las pocas buenas noticias, como los descubrimientos de nuevos yacimientos anunciados ayer por la empresa privada Petrobal (que pertenece al consorcio de Alberto Baillères) y que está explorando las zonas adjudicadas en la ronda uno, demuestran que fue un grave error haber cancelado las rondas de adjudicación siguientes porque, según el gobierno federal, las primeras habían dado “magros resultados”, como si encontrar petróleo en aguas profundas fuera un juego de niños de resultados inmediatos.

En la energía reside buena parte del futuro del país. No se puede jugar con ella a la ocurrencia y la ideología.