Opinion

La guerra y sus motivos

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Sergio Alberto Campos Chacón

domingo, 12 enero 2020 | 05:00

Irán soportó el asesinato por los Estados Unidos de América de su general de división Qasem Soleimani, jefe de la Fuerza Quds de los Guardianes de la Revolución, encargado a partir de 2018 de la asesoría, operaciones y conversaciones políticas con Irak para formar un nuevo gobierno que llevaría a la desocupación petrolera estratégica y militar de los Estados Unidos que ejerce desde la invasión y derrocamiento de Sadam Hussein en 2003.

La influencia de Irán, a través de Soleimani en las zonas amigables del Medio Oriente era de tal magnitud, que los Estados Unidos no admitirían riesgos. La decisión del gobierno de Donald Trump se valoró con la precisión no sólo del ataque, sino del equilibrio mundial que los aliados de Irán, Rusia y China no romperían y entenderían el sentido de la acción estadounidense y también, obligados a sobrellevar el agravio.

Si la respuesta a la ofensa se fundara en impulsos viscerales, en este momento el Medio Oriente, cuando menos, sería un escenario catastrófico de guerra que, en espiral nuclear imparable, terminaría con casi toda la humanidad y la mayoría de las especies… en 45 minutos.

La espina quedó clavada en el pueblo iraní y sus aliados.

Las imágenes de la guerra clásica de batallas y combates entre hombres son de atrocidades infinitas, pero hoy asume otro rostro por los cohetes y misiles que pueden portar cargas atómicas a velocidades hipersónicas.

La electrónica y la nanotecnología están presentes en los aviones robóticos llamados “drones”, de tal variedad y propósitos, de la simple exploración del terreno enemigo al ataque con misiles o como kamikazes, hasta los “micro drones” de apenas unos gramos de peso.

Entre otros centros militares, desde Las Vegas, Nevada, se dirigen drones que se encuentran en otras bases como en Afganistán o Israel, a miles de kilómetros de distancia. Cientos vuelan diario sobre territorios estratégicos, por lo que nadie queda fuera de los ojos de los Estados Unidos, Rusia, China, Inglaterra, Francia o Alemania.

En caso de conflicto real el desafío logístico es detectarlos y derribarlos. La premura por superar la tecnología del otro está a niveles de locura en la investigación electrónica.

Son instrumentos que, a la par de la economía, mantienen a las súper potencias más o menos a los mismos niveles.

Los drones pueden localizar en la montaña, la selva, veredas y caminos, sin error, unidades de combate regulares, grupos guerrilleros o de la delincuencia organizada y abatirlos con esos misiles, a gran distancia, sin arriesgar a los soldados propios.

A eso se refiere Donald Trump al amenazar a México con declarar terroristas a los narcotraficantes mexicanos. En otras palabras, nos dijo: “Sabemos quiénes son, dónde están, cómo se movilizan, cuáles son sus rutas, vehículos y destinos, y cuando lo decidamos vamos por ellos”.

México no tiene capacidad logística para saber el sobrevuelo de drones en su espacio territorial. Rusia y China sí disponen de sistemas de detección y destrucción de esos aviones robóticos terribles.

La situación Irán-EU enseña algunos detalles con relación a México. El presidente López Obrador minimiza y ancla al país al mirar sólo hacia su interior, en una especie de desconexión con la vorágine electrónica, industrial, científica y tecnológica que al día transforma y reorienta las reglas y principios financieros y comerciales internacionales, que dan forma a la geopolítica.

Insiste en la división por sobre la unidad y cohesión nacional en la pluralidad y diversidad, para, si no ir al parejo de la evolución científica, sí imbricarse en la nueva era de la multilateralidad, de los robots, aparatos y máquinas inteligentes; proyectar a México hacia un futuro que no perdonará concepciones rezagadas. 

Basta analizar que el poder militar ruso y chino, su organización social e ideología, ha impedido a los Estados Unidos y sus países asociados se posesionen de sus yacimientos petroleros.

Los vaivenes de la economía abierta, global, instruyen las maneras de la extracción, proceso, transformación y comercialización del petróleo en gasolina, gas y otros derivados.

No hay país que no dependa de los bienes que otro produce. El dominio de la generación de esos bienes configura la dimensión del poder político de cada nación; entonces, los motivos simplistas que la masa pensó iniciarían la Tercera Guerra Mundial, añadidos memes banales, son abstracciones.

El mundo está distribuido selectivamente en función de fuentes de materias primas, transformación y capacidad de mercado, como igual, los beneficios tecnológicos y servicios proporcionan bienestar a la masa humana; neutralizan el arrojo hacia la guerra convencional.

Esa dinámica aporta tanto mejoras en las condiciones de vida de algunas naciones, como explotación y miseria en otras, en las que su población sufre los estragos de la pobreza extrema y sumisión ante los más fuertes.

 Eventos como el asesinato del general Soleimani y las tensiones que provocan, impactaron a la economía y la política, pero sólo por algunos días, mientras los líderes a cargo del mundo acuerdan cómo evitar caer en el barranco sin retorno, actualizar o moldear las relaciones; cómo ponderar los elementos reales que armonicen los controles económicos y políticos mundiales.

Amplia humanidad ora y llora por los miles de animales calcinados en Australia, pero no reclama la hambruna de niños en países africanos, latinoamericanos o asiáticos. Parece que los incendios en Australia son consecuencia del cambio climático, no lo sé, pero si lo son, esta amplia humanidad es responsable del dispendio, el consumismo egoísta y el desinterés en cuidar a la propia especie.

Partamos de Sócrates que sugiere gobiernen los mejores, los más sabios, hasta Carlos Marx, que descifró y exhibió los mecanismos económicos de la explotación del hombre por el hombre, y las vías para construir el “hombre nuevo”, el que el hombre mismo aspira a partir de que elabora juicios de valor, hasta su muerte.

Rusia, China, Vietnam y Corea del Norte disponen de tal vigor y capacidad de fuego común y nuclear, en incremento constante, que funcionan como fiel de la balanza en la permanencia de la paz mundial, porque saben que la guerra no es un capricho, una pendencia cualquiera; que tiene mucho de economía, de fuerza, y emplea una metodología, pues son “acciones políticas”, como bien nos explica el notable general prusiano Karl Von Clausewitz (1780-1831) en su libro “De la Guerra” (1832).

También nos hace ver que la guerra “no surge repentinamente; su expansión no es obra de un momento”. Los hombres se observan y juzgan por lo que son y por lo que hacen, de ahí que, si revisamos en el Cuarto de Guerra los recursos militares de los países hoy en potencial pugna, cada facción mide sus posibilidades de dominar o ser dominado, y se autocontienen.

Los sucesos del Medio Oriente, de profundas raíces milenarias y complejas, llevan a meditar cuál es, dónde está el límite, y confiar que los cálculos razonables indiquen a los líderes mundiales contener la escalada. 

scampch_@hotmail.com