Opinion

La hibris de López Obrador

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Arturo García Portillo

viernes, 04 junio 2021 | 05:00

Hace más de dos mil años los griegos acuñaron un concepto que es muy poco usado en la actualidad. Una palabra casi desconocida que sin embargo es absolutamente precisa para entender mucho de lo que sucede en México. 

Hibris significa “ausencia de mesura” fruto del orgullo y la arrogancia. Es tenerse a sí mismo por más de lo que es. En este sentido una transgresión, querer ir más allá de los propios límites. En la Grecia antigua era también un desafío al destino que implica ser un humano, y pretender las características de los dioses. Desde este punto de vista es un castigo de los dioses al humano que así procede, pues lo confunde haciendo creer que se puede ser algo que en realidad no es posible. 

Esto tiene relación con conceptos filosóficos y cristianos que llaman a lo contrario. El clásico aforismo “conócete a ti mismo” convoca al equilibrio. Igualmente, el antiguo testamento señala en el Génesis que la tentación a los primeros padres Eva y Adán, fue tocando la fibra de la hibris, “seréis como dioses”. 

Pues bien, estoy convencido de que este mal padece el presidente López Obrador, y por tanto explica por qué el país está dividido y de cabeza. 

No hay que olvidar que cuando el presidente propone el concepto de la cuarta transformación quiere decir de modo sintético que en México ha habido antes tres grandes transformaciones (independencia, reforma y revolución) y que él encabeza una cuarta de esa misma magnitud. De ahí que en su emblema de gobierno haya puestos a las figuras emblemáticas de esos movimientos agregándole a Lázaro Cárdenas, y aspira desde luego a que en el futuro se le ponga a su lado. Debo decir que no fue el primero en formular la idea de la cuarta transformación. Luis Felipe Bravo Mena, entonces presidente del PAN, en una reunión nacional de estructuras del partido y luego en un coloquio organizado por el entonces IFE en el Palacio de Minería, ambos en 2001, expuso el concepto. Cada uno de los movimientos aportó frutos que permanecen, aunque sea su concepto, y la pregunta era entonces qué podría aportar un nuevo gran movimiento, oportuno dada la alternancia del año 2000. Se trató de responder a lo anterior con el inacabado proceso de “reforma del estado” entonces alentado por Vicente Fox, que impulsó Porfirio Muñoz Ledo. Todo ello quedó trunco. Las reformas estructurales de Peña Nieto no lo resolvieron de fondo. 

Con ese antecedente llega López Obrador a querer cambiarlo todo. El problema hoy es que, en su afán de situarse en el plano de los grandes transformadores, en el pantheon de los héroes nacionales, ha polarizado al país, sometiéndolo a una tensión que ha derivado en un sinnúmero de conflictos de todo tipo, tal como dicen que ocurre con un chivo que colocan en medio de una cristalería. 

La consecuencia ha sido en efecto muchos cambios. Pero López Obrador está más obsesionado en lo que quiere destruir que en lo que construye. Una auténtica desmesura, una obsesión por situarse en el lado de los dioses. Una hibris. Y por tanto una enorme decepción parafraseando a Pedro El Ermitaño en la edad media: triste que tan vastos movimientos hayan servido solo para destruir imperios y no para fundarlos nuevos. De este México dividido no ha emergido un movimiento transformador para bien, porque este solo puede surgir de los acuerdos y no de la confrontación. La trascendencia de un gobernante está en las instituciones que crea para dar solución permanente a problemas reales y sentidos, como la seguridad, la justicia social, la educación, la violencia. Además, ha ocurrido todo esto con una visión autoritaria. Ha querido imponer su visión a todos, además con la grosera actitud de que quien no está de acuerdo de inmediato se arroja al cajón de los perversos, corruptos y hampones.  

Ante esta actitud la reacción correspondiente de gran parte de la sociedad mexicana no ha sido resignación y el sometimiento, sino una confrontación ya bastante explícita. El México agraviado, insultado, esquilmado, estigmatizado como corruptos, muchos de ellos sus antiguos simpatizantes, decepcionados, entienden que la prioridad no está en una lucha ideológica, sino en evadir el autoritarismo para construir las bases de un país de entendimiento, emprendimiento, prosperidad compartida, equilibrio, justicia, nada de lo cual caracteriza al actual gobierno. Hace rato que en México, más en esta época globalizada, de fácil acceso a la información, costará caro imponer un modelo que no sea sometido al crisol de los consensos.

Muy pronto, tanto como el próximo domingo, todo esto será puesto en la balanza. AMLO, su desmesura, tendrán una evaluación política, y pienso que no le será favorable. Porque, decían los mismos griegos, “los dioses vuelven locos a quienes quieren destruir”.