Opinion

La infodemia de la pandemia

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Daniel García Monroy

domingo, 02 mayo 2021 | 05:00

En el futuro cercano, espero, deberá existir quien analice en su justa dimensión y con más ecuanimidad lo que ha pasado con nuestra penosa tragedia pandémica. Explicaciones convincentes sobre el fenómeno social generado, que sólo el tiempo podrá poner sobre una tela de juicio más limpia y sensata. Pues lo que hasta ahora persiste va desde extrañas controversias científicas, hasta debates lefios de graciosos-ignorantes-“influencers”, infectados todos por el virus de la infodemia, tan contagiada como el mismo coronavirus. 

El caldo de cultivo de la falsificación de información actual se ha cocinado con ingredientes de eficaz condimento. La lista de las causas es larga. Primero un miedo-ambiente que ofusca la ya de por sí raquítica educación de la inteligencia social, que tiene por base nuestro lamentable sistema educativo. El principal anticuerpo contra el virus de la infodemia: nuestro bien amado sentido común, se encuentra en real y trágica extinción. 

Peor aún, en México, una guerra sin cuartel persiste entre medios de comunicación y gobiernos, que han dejado de financiar a sus enemigos con dinero público. La élite de la comentocracia nacional, está encabronada por la ausencia de las millonarias subvenciones canceladas desde el poder federal. Otra arista del problema es sin duda un analfabetismo estructural sobre temas médicos y en especial sobre epidemiología. 

Y finalmente, la nada menor mala-voluntad-leche, de quienes trabajan diariamente para cambiar cualquier información positiva en su perfecto contrario, pintando de amarillismo-periodístico-puro, cuanta nota surge en el expediente de nuestra nacional pandemia. (Verbigracia: una enfermera bien encuadrada en una conveniente grabación de video, no aprieta el émbolo de una jeringa y la prensa nacional en nado sincronizado aúlla: ¡¡¡toda la vacunación en nuestro país es falsa!!! -10 millones de vacunas contra una sola; y la pregunta es ¿por qué no podemos razonar como seres humanos de mediana inteligencia?).

Propagación del salario del pánico pagado hasta por personas sinceras y de buena fe, pero faltas de conocimiento y juicio, que sin querer complican el problema en lugar de aminorarlo.

Pero también, hay que decirlo, verdades se ocultan de los poderes públicos por los funcionarios responsables de las más importantes decisiones sobre el particular, en el país y en el mundo.

Y las preguntas se acumulan. ¿Por qué la mayoría de los gobiernos ocultan el dato más relevante de la pandemia que es el actualizado de los casos activos contagiantes? ¿Por qué se sigue destacando las cifras del total de las personas infectadas cuando el 80 por ciento de éstas hace meses que se curaron? 

Todo parece indicar que el secreto mejor guardado durante esta pandemia es el potencial de transmisión del coronavirus a través del dinero en efectivo. Y es más que sintomático, porque si existe algún producto que más se mueve entre los seres humanos, pasando de mano en mano, cientos, miles, millones de veces, no puede ser otro que los necesarísimos y bien recibidos billetes, más las tintineantes monedas. Entonces, ¿por qué hasta ahora ninguna autoridad sanitaria se ha atrevido a explicar que tan riesgoso es tocar los principales objetos del comercio mundial?  

¿Acaso es que el papel moneda es indemne al coronavirus? Por qué nadie lo ha declarado y establecido desde la OMS. ¿La amalgama de metales de todas las monedas eliminan el desgraciado virus? ¿Los billetes de todos los países son incólumes al Sars-cod-2? ¿El mejor cubre-bocas podría ser un billete de 20 pesos amarrado con dos ligas? ¿A nadie se le ha ocurrido? Cristo ten piedad.

Sorprendentes cosas nos ha traído la pandemia. Las funerarias se han convertido en los negocios más boyantes de la nueva normalidad, creciendo y agrandándose. Empresas que se amplían y construyen nuevos y más esplendorosos lugares para llorar el dolor de los desconsolados supervivientes. El majestuoso edificio que se erige  junto a la miserable delegación de la Fiscalía General de la República, sobre la avenida Universidad, será sin duda el símbolo del presente éxito de los negocios de la muerte. 

Y otras experiencias personales se suman cada día. Entré buscando, hace un par de meses, un despensero en una de las antiguas y exiguas mueblerías del Pasito, allá  por la 27 y Gómez Morín, y casi me infarto, pues tropecé con un siniestro ataúd. El  nuevo artefacto que  ahora se vende como parte de nuestro comercio normal de enseres cotidianos indispensables. Así, sin resquemor alguno, los muestran ahora acomodados junto a las camas y los comedores. Cosas del mercado. Ante la excesiva demanda la oferta descarnada de un nuevo mueble familiar; los repelentes cajones para nuestros muertos, el último siniestro regalo del final de nuestras vidas.