Opinion

La leyenda de Felipe, el político promedio

.

Daniel García Monroy

domingo, 27 septiembre 2020 | 05:00

A la periodista argentina Olga Wornat, recién le autorizaron publicar un libro, que se reparte gratis en internet, del cual se dice best-seller ya es, sobre la vida y obra del ex presidente panista Felipe de Jesús Calderón Hinojosa. Y al que la editorial Planeta denominó: “Felipe, el oscuro”. Un trabajo de investigación que vale por la osadía de narrar con datos, pelos y señales las entrañas --sobre todo los muchos nombres evidenciados de la élite del poder en México--, antes, en medio y después de su mortal y fatídico sexenio.

La narración es suficientemente enredada y de excesivo tamaño, como para poder criticar su crítica. Si las desafiantes investigadoras-periodistas contra la corrupción e impunidad en nuestro país, se sirvieran de mejores correctores de estilo y pudieran ser un poco más ligeras, amenas y concisas, un tanto más ayudarían a evidenciar y condenar la tragedia de la corrupción mexicana, que se entiende pretenden combatir. Los mexicanos no leen, se aburren después de 20 páginas enmarañadas; aún y cuando busquen y les encanten las historias morbosas.   

Trescientas ochenta páginas de cansante crónica, muchas de ellas que sólo reafirman las tantas cosas que ya son del dominio público, como la leyenda negra del alcoholismo y la escasa brillantez estudiantil y cerebral del denostado ex presidente ¿para qué más? No obstante, que hay datos en la investigación de doña Olga, que valen la pena considerar, sin duda. 

Por ejemplo, partamos de una realidad reflejada a todas luces en el libro, esa de que los hombres en el poder en México, son en su mayoría crédulos-creyentes-engañables. --Fuuuiu, que si no--. El capítulo cuarto del libro, subtitulado: “Los profetas de la guerra santa y los negocios millonarios”, es un buen opúsculo clásico sobre la ignorancia religiosa de las familias en el gobierno, local y nacional, defraudadas una y otra vez, por la inspirada-bíblica-fanática “sabiduría” de los modernos “Cagliostros”, asesores de fe. 

Wornat investigó bien. Alejandro Lucas Orozco Rubio y su afamada esposa Rosi Orozco, se conocieron como vendedores de seguros de nimia inteligencia, pero caminaron juntos hasta convertirse en el poderoso matrimonio de dirigentes y millonarios predicadores de la fe cristiana de una iglesia de su propiedad  y de peculiar nombre: “Casa sobre la Roca”. Una neo-religión, de las miles que se reproducen como hongos en el actual supermercado de la fe; donde lo que importa no es lo que predican, sino cómo lo predican. Los superstars de la divina palabra, que normalmente cantan muy bien y evangelizan  en similares escenarios a los de las estrellas de la música pop. Los Orozco llegaron hasta Felipe Calderón durante su campaña por la presidencia gracias a los servicios del presidente del Partido Encuentro Social, Eric Flores Cervantes, que como aliado del blanquiazul, solicitó a Juan Camilo Mouriño, jefe de campaña, que los dejarán acceder al candidato, para leerle la biblia e inspirarle las fuerzas positivas divinas, ahuyentar los espíritus malignos, y asegurarle que el pequeño Felipe era el nuevo David que vencería al gigante Goliat. Y lo lograron. No sólo ser asesores espirituales de la pareja presidencial, sino escalar en el poder político gubernamental dentro de las filas del PAN.  

El libro establece que ya en la Presidencia, Calderón les concedió cargos y prebendas. Alejandro fue asistente de la primera dama más otros puestos, y Rosi se convirtió en diputada federal. En paralelo al éxito de su elitista iglesia --con millonarios diezmos semanales asegurados en efectivo y no fiscalizables, que forma parte de la estructura internacional del grupo de extrema derecha del G12--, los Orozco crearon una fundación que en teoría brinda atención a niñas víctimas de abuso sexual, llamada “Camino a Casa”. Gracias a la cual obtuvieron donaciones, presupuesto federal, más cuatro mansiones decomisadas a narcotraficantes; como la del hijo del “Señor de los Cielos”, Vicente Carrillo Leyva, “el Vicentillo”, donde establecieron en Las Lomas de Chapultepec, sus cristianos y humildes aposentos. Nada mal negocio ser asesor espiritual de un presidente, con el único trabajo de convencerlo de que es enviado por Dios para dirigir los destinos sexenales de una pecaminosa nación.      

En la historia de “Felipe el oscuro”, un personaje tartamudo destaca: “el metralleta o tarta”, hoy presunto narcotraficante encarcelado en Nueva York. Doña Olga narra con fehacientes datos la forma en que el mejor policía del mundo, Genaro García Luna, se encumbró hasta la cúspide de la impunidad mexicana. (Que existan articulistas nacionales que aún defiendan el siniestro García Luna, es de una vergüenza histórica). En su libro la periodista argentina embarra de cristalino lodo a diestra y siniestra, vaya ni el actual fiscal general de la República se salva. De Jorge Tello Peón al general Carrillo Olea, de Alberto Pliego Fuentes, exguardaespaldas del “Negro” Durazo a Luis Cárdenas Palomino. Casi todos convictos, exconvictos o prófugos, menos los presidentes que lo nombraron y ratificaron jefe de jefes en la Policía Federal: Fox y Calderón. La mezcla de la política y la policía es la negación natural de la legalidad y la justicia, qué duda cabe.

El libro también es una excelente fuente de datos verificables para quien quiera conocer las historias del “Ivan”, Juan Camilo Mouriño, el malogrado delfín del calderonismo; o del narco predilecto del panismo, Joaquín Guzmán Loera, “el Chapo”. 

¿Y de las favoritas de don Felipe? Pues también habla doña Olga en su manuscrito, como no. Afortunadamente confirmando que nuestro ex presidente católico y hasta reprochado “mocho” no era homosexual. A Dios gracias. Le adjudica dos relaciones clandestinas una con la extraña mujer, que después quiso ser jefa de Gobierno del antiguo DF, Purificación Carpinteyro; y otra con una no menos sugestiva fémina de nombre Patricia Flores Elizondo, una duranguense que escaló hasta jefa de gabinete de Calderón. y que se convirtió en  la temible señora “diez por ciento”, hoy investigada por ese monumento a la corrupción que es la “estela de luz” en el Paseo de la Reforma de la CDMX.

Los cientos de nombres de los hombres y mujeres, señalados en el libro como parte estructural de las redes de la corrupción nacional demuestran algo muy interesante de nuestra realidad. No existe ni habrá una sola demanda por daño moral de nadie ahí señalado y condenado con adjetivos duros pero justificados. Si algo fuera falsedad, mentira, calumnia, siquiera difamación, pobre editorial Planeta. Pero no que va. En materia de corrupción mexicana la realidad siempre superará a la ficción.