Opinion

La Liturgia

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Hesiquio Trevizo
domingo, 01 diciembre 2019 | 05:00

Con este domingo, 1º del Adviento (=Adv.), la Iglesia inicia el ‘Año Nuevo’, un nuevo ciclo en la liturgia, cuatro domingos antes de Navidad. Oiremos esta monición de acogida: “Hoy comenzamos el Adviento para recordar que siempre es Adviento. 

Adviento es mirar al futuro; nuestro Dios es el Dios del futuro, el Dios de las promesas. Adv. es aguardar al que tiene que venir: el que está viniendo, el que está cerca, el que está en medio de nosotros, el que vino ya. 

Adviento es la esperanza, las esperanzas de todos los hombres del mundo. Nuestra esperanza de creyentes se cifra en un nombre: Jesucristo”. 

La liturgia de Adv. es la oportunidad para descubrir la presencia de Jesús en medio de nosotros en esa tensión del ya, pero todavía no (de su plenitud). De hecho, en cada Eucaristía decimos: “Vivimos aguardado la gloriosa venida de N. S. Jesucristo” (ver.Tito. 2, 13). 

La liturgia nos pondrá ante un escenario apocalíptico. Una conmoción universal, cósmica, un mundo agitado, una catástrofe inminente. Las guerras, las mafias, el hambre, el drama de los refugiados, los centros negativos de poder que oprimen al hombre, un mundo desconcertante y amenazador, el desastre ambiental, ya irreversible, (los incendios de la Amazonía deshielan los glaciares andinos), una democracia irritada, etc. Pero la liturgia del Adv. no quiere sumarse a esta visión perturbadora. Más bien, se sitúa en el punto opuesto. Se trata de huir de la catástrofe, pero, en «la fe», esta fuga no es una carrera loca, un giro precipitado, es más bien, un camino de salvación.

Es ver el caos de la historia desde Dios. Y es precisamente a la fe, a una vida de confianza en la Providencia amorosa del Padre, a lo que nos invitan las lecturas del Adv.  

Es necesario tener el coraje de creer en la salvación que viene, de creerle a Dios, no sólo creer en Dios; a un Dios incesantemente inclinado hacia nosotros, que realiza grandes cosas por nosotros y nos ofrece la certeza de un encuentro comprometedor sí, pero liberador, capaz de colmarnos de una inmensa alegría: la alegría que se hace certeza en el nacimiento del Redentor.

El Adv. está pensado como preparación para celebrar el nacimiento de quien es la Vida. Cuatro domingos. "La cuaresma de invierno", se le llama.

El "leitmotiv" del Adv. se resume en un “estén alertas”. ¿Qué significado tiene esta advertencia pronunciada por el Bautista y luego por Jesús hace ya 2000 años? 

1. Significa estar atentos a la llamada de Dios en el aquí y el ahora de nuestra existencia; cada momento de la vida nos pone ante una decisión (crisis). Las decisiones equivocadas o justas de hoy pueden significar el juicio o la gracia final.  

2. Significa estar atentos ante un futuro que está más allá de todo lo que puede contenerse en nuestras programaciones. El que agudiza la propia sensibilidad para descubrir aquello sobre lo que no tiene dominio, el destino, el sufrimiento, la muerte, el que no teme al riesgo y toma en serio la incertidumbre de toda cosa terrena, se abre al “Dios del venir”, (J. R. Jiménez). La esperanza cristiana es la adecuada actitud fundamental en la cual vale la pena ejercitarse. 

3. Significa estar alertas por el Dios del futuro que cierra soberanamente la historia humana y que, en Cristo Jesús que vuelve, recompensará a cada quien según sus obras. 

4. Significa, por último, estar preparados para el encuentro personal con Dios en el trámite de la propia muerte. Él vendrá como un ladrón, en la noche, cuando menos se le espera. La imagen del Hijo de Dios como juez que nos revela la Escritura, quiere mostrarnos la instancia ante la cual debemos hacer nuestras opciones operativas en el hoy de nuestra vida.

Pero, hablar en estos términos, ¿no es salirnos de la realidad? Creo que no; la solución a los grandes problemas de nuestro tiempo exige considerar seriamente la alternativa de índole religiosa. No queremos aceptar el fracaso de nuestras iniciativas que terminan siempre generando un mundo cada vez más complejo y amenazante. 

El Adv. es una invitación a leer los signos del tiempo. La desestabilización global, de Hong Kong a México, de Francia al Cono Sur. Hoy podemos hablar de la “manía de las manifestaciones”. Lo malo es que no sabemos a ciencia cierta de dónde vienen ni a dónde van.

Mucho antes de los chalecos amarillos, el filósofo francés André Glucksmann refiriéndose a los disturbios callejeros en Francia, (2005) hace una reflexión que nos incumbe a todos y que va más allá del caso particular. Quemar vehículos vacíos es un delito, dice. Incendiar autobuses, vaciar galones de gasolina debajo de los pasajeros y prender una cerilla es un crimen. ¿Hace falta ser filósofo para distinguir entre la violencia contra las cosas y el terror contra las personas? Incendiar un autobús con gente que va a su trabajo, ¿no es terrorismo? 

Se ha traspasado un límite. «Ha llegado la hora del nihilismo». Se toma en serio el slogan hasta ahora fantasioso de «¡que se joda todo!». Los casos de crueldad no suscitan el menor sentimiento de horror o de repulsa en los insurrectos. Dos jóvenes africanos que se electrocutan al huir de la Policía es el detonante de la violencia en las ciudades francesas; y el hecho es deplorable, pero no tienen una palabra ni una mirada para las víctimas y los muertos que ellos causan. Como si, traspasado el umbral de la dignidad humana, la lucha se volviese normal. 

La sociedad es tomada como rehén por las bandas para chantajear al gobierno poniéndolo entre la espada y la pared, en Culiacán, en Chile o LeBaron, Laredo, UNAM, etc. O, ¿qué le dice la nota: Muere tras 20 días de hospital Juana Collado Rivera, luego de recibir quemaduras de segundo y tercer grado al ser incendiado el autobús que la conducía, junto a sus compañeros, a su trabajo? Chile, París, Juárez, ¿qué más da? Es el odio como religión. El odio hacia sí mismos, el odio hacia los demás y el odio hacia el mundo son compañeros de viaje. Se revalidan aterrorizando a su entorno a golpe de coctel molotov transformando las tuberías de gas en antorchas contribuyendo a la destrucción general. «quemo, luego existo». (¿Chile es tonto o no tiene memoria? ¿Quién no ve mano negra en todo esto?). 

Todo movimiento contestatario violento es presa de estas tentaciones. Pero éstas triunfan cuando el odio toma el mando y los incendiarios defienden su fuerza únicamente en función de su capacidad para hacer daño. Reflejan su poder y celebran la asunción de su virilidad en las llamas que devoran su lugar de nacimiento. Estas palabras tienen valor global.

El filósofo se refiere a una situación muy concreta, pero que, sin embargo, es una situación que de distinta manera vivimos en todo el mundo y vivimos también en nuestra ciudad. Se trata del absurdo en que la vida se convierte para muchas personas, para muchos de nuestros jóvenes. El odio a sí mismos, a los demás y al mundo y  el desprecio a Dios, tiene expresiones muy concretas y se echa de ver en las ejecuciones, en los asesinatos, en el tenebroso mundo del llamado "crimen organizado", en el mundo sombrío de la pandilla, en el abuso infantil en todas sus formas, en esa violencia generalizada que se hace ya forma de convivencia y en la cultura en que estamos inmersos que nos obliga a vivir en la periferia de nosotros mismos.

Y Paul Kennedy, profesor J. Richardson de Historia y director de Estudios de Seguridad Internacional en la U. de Yale, escribe en “Fuego en la mente de los hombres”: “Dado que las guerras comienzan en la mente de los hombres, es en la mente de los hombres donde deben construirse las defensas de la paz”. Las mentes enfermas que encienden las guerras parece que son la únicas que siguen funcionando.  Esto en lenguaje religioso significa ‘conversión’.

Oiremos este domingo a Pablo que dice a la cultura romana, orgullosa y autosuficiente, pero podrida por dentro: “Tomen en cuenta el momento que vivimos. Es hora que despierten del sueño… La noche está avanzada y se acerca el día… Desechemos las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la Luz”. Si la guerra y el mal, el tedio, el odio y la maldad comienzan en la mente de los hombres: bueno, cambiemos la mente de los hombres. Tal cambio de mente será el grito del Bautista en el desierto: ¡conviértanse, el reino ha llegado! 

Es el tema del Adviento. Pero es necesario estar en comunidad, en la liturgia. Debemos volver a la iglesia. Ese cambio, por nosotros solos, es un esfuerzo prometeico condenado al fracaso.

Hace unos 27 siglos, Isaías escribió: “Tú, Señor, eres nuestro Padre y nuestro Redentor. ¿Por qué, Señor, nos has permitido alejarnos de tus pensamientos y dejas endurecer nuestro corazón hasta el punto de no temerte? Estabas airado porque nosotros pecábamos y te éramos siempre rebeldes... Nadie invocaba tu Nombre, nadie se levantaba para refugiarse en ti, porque nos ocultabas tu rostro y nos dejabas a merced de nuestras culpas”. Tal el poder y misterio del mal.

Estamos en Adviento, en una espera activa y vigilante.