Opinion

La maquiladora: el Vampiro del Parque Industrial

.

Alfredo Espinosa

domingo, 27 enero 2019 | 01:56

I.- Desde la década de los años setenta, El Vampiro del Parque Industrial comenzó por nutrirse con la sangre fresca del pobrerío de las ciudades en donde se instalaban pero muy pronto su voracidad requirió la de los ranchos y pueblos aledaños, de la región serrana, y terminó atrayendo a los pobres de varios estados de la República.

Esta migración masiva irrumpe en la dinámica de las ciudades. El crecimiento de éstas se torna incontrolable. Las familias buscan una vivienda y se trepan a los cerros, a la orilla de los arroyos amontonándose en torno a los siempre exiguos servicios de agua, luz, drenaje y hacen sentir su presencia, a la brava, en las sociedades norteñas, habitualmente conservadoras, cuyos muros son derrumbados por la fuerza de los nuevos trabajadores que necesitan un lugar y exigen una sociedad abierta, plural, cosmopolita, con opciones para todos.

El diseño de las nuevas ciudad del norte durante los ‘80 fue (im)prevista por dos (in)voluntarios arquitectos: el nulo apoyo al campo y la maquiladora. Los hijos de quienes envejecieron en los campos esperando el cumplimiento de las promesas sexenales recobraron algo de esperanza con el narcotráfico, el bracerismo o la maquiladora.

El campesino y el obrero entregan a sus hijas al Vampiro del Parque Industrial como quien sacrifica a sus carneros y los ofrenda para que la vida continúe y se purifique.

Y ahí, en el Parque Industrial, dos culturas antagónicas se convocan y se dan la mano. Nadie aspira a trabajar de operador en la industria maquiladora. Es la falta de opciones lo que los obliga a enrolarse. La maquiladora fue percibida por los jóvenes como un territorio de salvación, como un espejismo de libertad, como una oportunidad para la superación personal y sobre todo, como el modo de enfrentar la crisis económica, porque para muchas personas, la maquiladora resuelve de inmediato sus precarias condiciones económicas. Las obreras olvidan aquella consigna anacrónica de estudiar para ser alguien en la vida, y la transforman en otra menos idílica: Entre todos trabajaremos para acumular un salario que ayude a solventar los gastos de la sobrevivencia familiar.

La improvisada obrera saltó del rancho al parque industrial donde la espera el más alto desarrollo tecnológico. Este desarraigo y desfasamiento se expresarán en un nuevo estatus más promisorios: el destino de sirvienta se convierte, de la noche a la mañana, en flamante operadora.

II.- El Vampiro del Parque Industrial semeja a una criatura de la noche, alta y delgada, enfundado en un traje negro, elegante como un ataúd (si fuera un poco más alegre le encontraríamos un asombroso parecido al Tío Sam), que al desabotonarse la pulcra camisa blanca descubre unas tetas escuetas. Con estas colgantes tetas magras le da de mamar a una jovencita de carnes frescas y años verdes, extraviada en sus ilusiones de vivir nuevas experiencias y de mejorar sus condiciones de vida. Él inclina la cabeza para besar el cuello de la muchacha pero, ya engolosinado, hinca sus colmillos y le chupa la sangre de las yugulares.

Esta suerte corren todas las obreras que transitan por el Parque Industrial: le entregarán al vampiro lo mejor de sí mismas y finalmente serán desechadas. El gobierno le aconchava a las muchachas y le regentea el negocio. Vuelve lícito ese comercio que, por otra parte, no deja de parecer siniestro y pagando uno de los salarios más bajos del mundo: las jovencitas se entregan impunemente, más que por deseos, por necesidad de sobrevivir.

El gobierno mexicano, ofrece dadivoso su territorio y la mano de obra barata de sus jóvenes sin mostrar interés por el intercambio tecnológico. El capital estadounidense, japonés y de otros países, se planta en suelo ajeno como un patrón desobligado, demandante y quejumbroso. Sus ganancias —que son muchas— siempre las manda a casa. El Gobierno Mexicano, por su parte, no desea molestarlos ni con el pétalo de una exigencia con la  pudiera favorecer a sus trabajadores como son mejores salarios, transporte, guarderías, medidas de seguridad laboral, vivienda, áreas verdes y recreativas, aportes culturales, etc. La industria maquiladora suele contaminar el agua y el aire de los lugares en donde se instala. Pero el gobierno se tapa los ojos y la boca.  El gobierno, al ofrecer tan espléndida bienvenida a la industria maquiladora, se pone también en manos del Vampiro.

III.- El sistema opresivo abusa alevosamente de las características denominadas “femeninas”: paciencia, entrega a sus trabajos, facilidad para aceptar la autoridad de los jefes de áreas y patrones, y por lo tanto se disminuye la frecuencia de los conflictos laborales: en fin, rasgos que son considerados valiosos para el desarrollo de este tipo de trabajos en tanto que les permite una mayor manipulación.

En casa, muy pronto sucede que los roles se trastocan: continúan arreglando la casa pero solicitan nuevos derechos o los arrebatan. Pagan por ellos: muchas de las veces mantienen a la familia, por eso no es casual que adquieran ciertas conductas que habían sido privilegio exclusivo de los varones. Este nuevo rol masculino se expresa en la liberalidad de las conductas que antes reprimían como es el acceso a un mayor número de parejas, incluso sin compromisos afectivos; menor respeto a las normas disciplinarias y a sus valores; la expresión sin tapujos de su hostilidad, etc.

El Vampiro del Parque Industrial, al igual que los machos mexicanos, no le cumplen a las mujeres. Un destino funesto persigue a las mujeres. O parecen cumplirlo fatalmente. Se incorporan al trabajo asalariado en un intento de reivindicar los derechos escamoteados, de evitar la tiranía del trabajo casero tan incomprendido como necesario, y en vez de liberarse se atan a nuevos grilletes del trabajo maquilador.

Esas jóvenes obreras, que siguen siendo las preferidas del Vampiro del Parque Industrial, son también, codiciadas por los múltiples asesinos múltiples, por los violadores homicidas de Ciudad Juárez.

IV.- En el salón de baile la obrera maquiladora recupera el pequeño mundo de su nostalgia es este momento en que se encuentra con su muchacho. Él viene de donde ella llegó. Son afines, les gusta la misma música, en sus movimientos existe una comunicación íntima. Él preguntará: ¿estudias o trabajas?, y ella dirá: “Soy operadora”. Y menos inquisitiva pero con más intuición, ella sabrá que él es un cholo o un chero que entiende del aliviane porque sabe de ciertos dolores, que es machín, que se la juega, que se ha ido de bracero, que la sabe hacer, y que hasta en un apuro tiene conectes con los narcos del pueblo. Entrecierran los ojos, juntan sus cuerpos, descansan el uno en el otro, se balancean y susurran la cachonda cursilería de los Bukis, la melcocha de los Yonic’s o los Caminantes, o los Temerarios, todas esas rolitas oldies but goodies, y comulgan con las hazañas de los héroes del narcotráfico trovadas por los Tigres del Norte y los Tucanes de Tijuana.

Y después del baile sigue el reventón. La noche es perpetua. Y es el espacio de la catarsis. Ya no piden permiso para llegar tarde o para hacer lo que les plazca: son autosuficientes. La adquisición de esta nueva libertad es un vértigo que las pierde: al estallar se liberan; al liberarse se someten a otras tiranías.

Las trabajadoras de la maquila poseen su identidad, y la fortifican puntualmente en el desmadre y manifiestan su rebeldía y su inconformidad; en la leperada se desquitan públicamente de los decentes y los señores que las explotan sin piedad –mientras sostienen el discurso de los valores—pagándoles sueldos de hambre y obligándolas que tomen un camión a deshoras y que caminen por espesas noches, entre las asechanzas, antes de llegar al cantón.

Esta autosuficiencia las engaña: les hace sentir una fortaleza que no poseen, pero que tendrán que adquirir. El muchacho del salón de baile, igualmente inestable y confuso que ella, se ha ido. Le ha roto el corazón y le ha ocasionado otros problemas menos sentimentales: le dejó un hijo, conflictos con la familia, etc., que la harán duplicar sus esfuerzos “para sacar adelante al hijo” en menoscabo de su propio desarrollo.

Este quizá, sea el estado ideal para sujetarlas al trabajo maquilador. El Vampiro del Parque Industrial lo sabe y sonríe.

Comentarios:

alfredo.espinosa.dr@hotmail.com