Opinion

La mecánica de la corrupción (Primera parte)

.

Daniel García Monroy

domingo, 02 agosto 2020 | 05:00

A quién podríamos preguntarle: Cómo es que un lotero vendedor de autos chuecos se puede convertir en líder social, político, ganadero, diputado local, luego federal, presidente del Congreso de la Unión, gobernador de un Estado, terrateniente, increíble empresario socio-dueño de un banco; en una carrera meteórica dentro del sistema nacional mexicano, para experimentar el embrutecedor vértigo del poder y el dinero; y entonces dar toda la vuelta entera para regresar, en poco más de 15 años, a lo que siempre se arriesgó a ser: un presunto delincuente encarcelado, para enfrentar la justicia de leyes y juzgados, que consciente o inconscientemente siempre pretendió violar, antes y después de alcanzar la autoridad absoluta del jefe-patrón-vitalicio, en el que en su cerebro se creyó sempiterno-impune-ladrón, hecho para robar y abusar de todos sus congéneres. ¿Cómo?

Muy pocos estudios serios se han realizado sobre qué origina, instrumenta y empodera la corrupción política-empresarial en nuestro país. Octavio Paz, nuestro querido Premio Nobel de Literatura, lo intentó hace medio siglo con muy buenos aciertos. Ahora hay tantos casos de estudio procesándose en México y USA, que se podría llenar toda una robusta biblioteca con los análisis sico-sociales, sobre los capturados políticos y empresarios corruptos. 

Un buen catálogo de esos otrora poderosos seres; a los que ahora se les ve tan tristes, tan enfermos, tan aniquilados. Pues qué les pasó señores y señoras, ¿qué no eran ustedes el paradigma del éxito, la carcajada y le felicidad, los mejores entre nosotros para gobernarnos? Por fin se les comienza a identificar como quienes siguieron al pie de la letra las máximas del camino de la degradación moral   y la irresponsabilidad criminal. Buenos para utilizar las reglas nacionales de la corrupción: “quien no transa no avanza”; “el poder corrompe”; “político pobre, pobre político”; “plata o plomo”; “la moral es un árbol que da moras”; “atrás del chayote se reparte el boletín de prensa”; “a mí no me digas quién es tu amigo, dime quién es tu cómplice”; “ese gallo quiere maíz”; “el poder es para poder”; “mátalos en caliente”; “hasta que me hizo justicia la robolución”; “nadie resiste un cañonazo de 50 mil pesos” (tan poquito, ah perdón, lo estableció don Álvaro Obregón hace 100 años, va). 

Algunas de las principales preguntas necesarias para la comprensión de la pandémica corrupción son: ¿Para qué busca un ser humano el poder gubernamental? ¿De qué deseo íntimo y personalísimo le surge la idea vehemente de convertirse en autoridad legal para decidir sobre los vitales asuntos de su comunidad? ¿Quién de los políticos realmente pretende el poder para servir a su prójimo, a su sociedad? ¿Qué tan definitivos son los factores: dinero, privilegios y negocios, de estúpida acumulación de riqueza material, para movilizar e intensificar la ambición-avaricia de un ser humano por alcanzar el poder? ¿Cómo se trastoca en un cerebro la idea de servir al pueblo en su antítesis: servirse del pueblo?

Es sintomático como ocurrió la captura de César D. Se ha escrito que comprando una llanta para alguno de sus vehículos, que muy probable es, deseaba renovar para seguir vendiendo autos. Todo regresa al origen. Porque la verdad ¿cuántos de los ex políticos chihuahuenses, que abandonaron por ley el poder, siguen luchando por las tantas causas y problemas sociales que permanecen intactos, aún después de sus inútiles gobiernos? Cuántos regresan egoístas a sus empresas, a sus negocios, a sus ranchos para demostrarnos a pie juntillas que no les interesaba, ni maldita sea la cosa, la reparación real de los tantos problemas sociales, que siguen aquejando a los ciudadanos, que un día les otorgaron la confianza del voto como inocente esperanza de un cambio que generara las soluciones necesarias desde sus majestuosas y costosas oficinas y escritorios.  

Evidente es que el problema de la corrupción no es exclusivo de México, pero lamentablemente aquí se ha construido todo un sistema, un andamiaje, una estructura que fomenta el fraude, el nepotismo, el peculado, como mecánica institucionalizada a la que hay que aceptar-obedecer, y ante la que hay que doblegarse si se quiere ser parte del poder público.  

Vale la pena buscar las causas de la corrupción para desenterrar y enfrentar, por lo menos comprender un poco el desastroso fenómeno, que nos humilla a todos. 

Primero: El poder como patrimonio. Don Octavio Paz estableció que desde la colonia, los cargos públicos en la Nueva España se ofrecieron a los “gachupines” como mercancías comprables. Intendencias, encomiendas y estancos fueron puestos a la venta por la corona española. Desde entonces en el inconsciente colectivo mexicano debió empoderarse la idea de que ser autoridad significaba comprar un patrimonio personal y familiar. 

Como quien adquiere una finca, un rancho, un carro, para su uso particular. La fórmula se ha afianzado y confirmado una y otra vez en la historia mexicana de la corrupción. Yo ya gané –sí, como ganancia líquida--, el cargo de diputado, alcalde, gobernador, presidente; luego entonces no represento a mis votantes, lo mío es mío y sanseacabó ¿qué es eso de representatividad? Yo compré en buena o mala lid  democrática, un cargo público, que en  mi sano juicio es ya parte de mis propiedades, una más. Aunque sea temporal, no importa, es mío. Entonces como ya es parte de mi patrimonio lo voy a utilizar como tal. 

Primero el sueldazo mensual bienvenido. El Palacio donde despacho es Mi Palacio, mi oficina es Mi oficina, por tanto puedo y debo controlar y prohibir la entrada de cualquier ciudadano, como si fuera mi casa o mi recámara. Los vehículos oficiales son mis vehículos, aéreos o terrestres, a mi total servicio. Los presupuestos son mis presupuestos y por tanto los puedo gastar como se me dé la gana. --Qué es eso de rendición de cuentas, por favor. Y a toda ley de transparencia se le puede dar la vuelta--, El poder público en la mente de un corrupto transmuta en patrimonio personal. (Y quítenle esa idea, a ver). 

Segundo: La familia como subterfugio del nepotismo. Es innegable que la familia de todo político es pieza básica de la mecánica de la corrupción. Ese baluarte de los valores morales se transforma en la obligación filial de repartir parte de los puestos y cargos públicos a sus consanguíneos. Porque ¿cómo puede un político eludir la “responsabilidad” de rescatar a su familia de la pobreza o la medianía económica? ¿Quién puede soportar el reclamo familiar de no haber “ayudado” a sus hermanos, tíos, sobrinos, y hasta en tercera o cuarta línea de parentesco, más luego los compadres, los amigos, los conocidos, quién? El concepto del mérito y la capacidad se pierde en el pantano de la nepótica promiscuidad política. Donde los negocios sucios buscan la lealtad a toda prueba, y que mejor que la familia, señor Lozoya Austin, para repartir y encubrir parte del botín.