Opinion

La mujer debe gobernar

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Gabriela Borunda

domingo, 06 junio 2021 | 05:00

Este fin de semana a falta de qué ver, en una cuarentena que ya amenaza con superar el sitio de Stalingrado, me aventé completita y sin receso la serie “Patria” de Paco Ignacio Taibo, y lloré más que con la película de “Titanic”, porque en nuestra república sigue enquistada la nobleza de Atlacomulco, porque el Estado de México sigue siendo un feudo, y de madrugada se pasean por sus calles los fantasmas del conservadurismo.

Vivimos un momento donde la idea de una república liberal es un sueño que se pasea en la mente de los mexicanos, incluido el Presidente. Nos despertamos por la mañana y el sueño de la república se nos olvida con el dictatorial sonido del despertador, otros recuerdan fragmentos de sus sueños, y desde luego están los oligarcas, los grandes mentirosos que creen que no es sueño si no una pesadilla.

A ratos parece que el Presidente no sabe qué hacer con este sueño que se le materializó en las manos. Juárez defendió el suelo patrio de los conservadores y de los extranjeros hasta la orillita de nuestra nacionalidad, es decir hasta Paso del Norte, y como no se nos van a despeinar las ideas con esta jornada épica que consolida la República liberal soñada por los mexicanos y puesta ladrillo sobre ladrillo por hombres como Juárez, Riva Palacio o Prieto y la chinaca brava.

Pero se nos revuelve el estómago cuando volvemos al capítulo de la revolución maderista.  Sufragio efectivo no reelección, rezaba la propuesto de Francisco I Madero frente a los 35 años de dictadura de Porfirio Díaz. Pero el ser humano nace y no nace siendo libre, nace débil y atrapado en sus necesidades, la tribu, la república, le dan al sujeto su condición de humano y sus sinsabores lo lanzan de manera apremiante a buscar la libertad; no se nace siendo libre, y lo malo es que muchos nunca lo serán, pienso en mi abuela, una mujer que nació y murió durante los 71 amargos años de priísmo,  ella solía decir “dicen, diremos”, “nada cambia” “¿A qué vas a votar”, la recuerdo como un ser muy oscuro que creía que la pobreza era una condición “sine qua non” de la vida y que la luna nada más servía para alumbrar la noche, quizá la juzgue con demasiada dureza, en aquél México no era necesarios ser libre, ni siquiera ser.

En la revolución maderista la libertad social y personal es tan escasa que los actores sociales como periodistas y autoridades tradicionales se dan a la tarea de emprender una campaña de descrédito contra el legítimo presidente Francisco I Madero que es en su momento un intelectual de vanguardia, casi como Roseau, cree en el buen salvaje y no tiene cuidado con sus dos flancos más vulnerables: el ejército y la embajada gringa.

Bien sabido es que el embajador gringo, Wilson, estaba resentido con Madero porque le había retirado muchos de sus beneficios económicos, mientras que los militares, acostumbrados a un mando rígido no podían olvidar sus antiguas lealtades y Madero ni cambió los mandos ni trató de granjeárselos.

Algo que Andrés Manuel López Obrador -presidente democráticamente electo después de 71 años fraudes y desapariciones forzadas- conoce muy bien, es el país que le tocó gobernar; apenas llegó al poder se hizo con el control y la lealtad del ejército dejándoles el control del Tren Maya y Puertos y Aduanas; con su homólogo gringo, Joe Biden,  ya pactó la paz, sobre todo en materia salarial, donde los bajos salarios en México no sólo eran un oprobio para los trabajadores nacionales, era una competencia desleal hasta para los esclavos hindúes.

Para nosotros como sociedad estos problemas son los menores. Durante años los trabajadores mexicanos han emprendido la recuperación de los territorios de Texas y California con un ejército de 38.5 millones de migrantes. El problema con los gringos ya lo tenemos muy ubicado, en cualquier década nos los anexamos.

El ejército -muy a pesar de la dictadura militar que vivimos en el calderonato, todavía no conozco a alguien a quien no le hayan puesto una corretiza los militares- goza de una buena reputación frente a los mexicanos, que creen que los militares son confiables, pero en el calderonato –horrendo de por sí- no trataron de acabar con la autonomía del entonces IFE, ni veían como inútiles las comisiones de derechos humanos, por lo menos el gobierno nos dejó el parco placer de mentarle la madre al borracho de Calderón, a sabiendas de que no sería presidente por siempre porque en México hasta el momento no hay mal que dure seis años ni pueblo que lo aguante. 

La encrucijada mexicana aquí es más opaca que el dilema de ejército si o ejército no, resulta que el presidente democráticamente electo, el que nos cae bien y desayuna huevitos motuleños, el niño de nuestros ojos, empieza a dirigir sus baterías contra organismos autónomos, incluso el de transparencia, y fideicomisos que garantizan un avance social. Es cierto que son muy caros, que Córdova, Presidente del Consejo General del INE gana 300,000 pesos y no sirve ni para contestar el teléfono, pero más que desaparecer la autonomía del INE -que paradójicamente le dio el triunfo a López Obrador- hay que crear nuevas regulaciones, mejorar, no desaparecer. 

Los mexicanos que ganamos menos de 20,000 pesos al mes, y otros menos de 10,000 y otros ni 6,000, entendemos que los salarios que se atribuyen los servidores de estos institutos, ha generado un abismo de clases sociales y una oligarquía presuntuosa y difícilmente tolerable; de tan adinerados que son, ya no entienden la finalidad pública de su función, pero no deben desaparecer ni el INE, ni el IFAI ni sus pares, ya que nos empoderan como ciudadanos y sirven de contrapeso al poder; deben regularse y fiscalizarse, jamás desaparecer, so pena de chutarnos otros 71 años de dictadura. 

Por eso creo en la alternancia, en las instituciones democráticas y en la capacidad de las mujeres para gobernar, merecemos mejores administraciones que no estén dominados por el miedo o por la frivolidad. Que no nos avienten la despenalización del aborto, como si fuera lo único que necesitamos.

Por el bien de todos las mujeres debemos tomar la palabra.