Opinion

La política como altar al cinismo

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Daniel García Monroy

domingo, 21 febrero 2021 | 05:00

La democracia mexicana vive uno de sus más vergonzosos momentos de su breve historia. No es que antes fuera un transparente y encantador proceso de selección entre los mejores ciudadanos para gobernarnos, es que ahora se ha vuelto un histórico espectáculo denigrante y miserable. El desencanto y la desilusión social cunde a la par que la pandemia que sufrimos todos. El hartazgo se comprueba en cada conversación real o virtual; en cada oficina, en cada restaurante, en cada grupo de WhatsApp. 

Trágicamente hemos pasado de buscar a las mejores personas para llegar a puestos de poder, a lamentablemente tener que elegir entre los peores hombres y mujeres cuya vital (sino es que única característica), es la ambición-avarienta por el poder y el dinero.

La partidocracia venía desnudándose desde hace lustros, cada día un poco más, para dejarnos ver sus gangrenados cuerpos carcomidos por la corrupción. Pero cierto era que aún quedaban buenos residuos de militancias comprometidas con principios y estatutos de sus “institutos”, con convicciones y valores familiares, hasta religiosos. 

Lo que ahora estamos soportando ver es un circo de deformes ejemplares humanos, que nos pasman, como hace décadas lo hicieron la mujer barbuda, el hombre elefante o el niño lobo. Una caterva de ejemplares que van de Paquita la del barrio a Félix Salgado Macedonio, pasando por Maru Campos. Y desgraciadamente hemos perdido la capacidad de asombro. Ya nos parece natural que sean esos y no otros las futuras autoridades que dirijan nuestras vidas en comunidad. 

Y sus propias voces y acciones nos confirman la ley de nuestra desgraciada democracia. Los “chapulines” que brinca de partido en partido, denostando a su anterior bandera. Es de un cinismo asqueante escuchar a Carlos Borruel, aducir que renunció al PAN porque su partido de años discípulo se convirtió de pronto en una agencia de colocaciones; ah que caray, cuando él fue candidato panista una y otra vez –hasta perdedor--, ¿el PAN no era una agencia de colocaciones? Cuando Marco Quezada fue candidato, presidente y alcalde del PRI, ese mismo PRI era la encarnación de la honestidad y la decencia política, después madre de un engendro como César Duarte?

Qué demonios hicieron ambos líderes, cuando tuvieron poder y presupuesto para corregir a sus propios partidos y demás dirigentes contra los que ahora “combaten como enemigos”. Qué hicieron para empoderar a los ciudadanos chihuahuenses, para demostrar que no era su ambición por el poder lo único que los dirige en sus vidas. Preguntarles es necesario: ¿qué han hecho como carta de vida fuera del poder y el presupuesto? Cuánto de su tiempo y capacidad la han usado para organizar a sus vecinos; a los padres de familias de las escuelas de sus hijos; a cuántas colonias a cuantos barrios han acudido como simples ciudadanos, para convocarlos contra la inseguridad pública, que ninguno de los dos pudo abatirla con la policía municipal en sus poderosas manos. Cuántas organizaciones civiles han creado en defensa de los derechos humanos. Cuántas preguntas le han hecho al Ichitaip para descubrir datos y presupuestos gastados impunemente en beneficio de los intereses económicos creados por la local élite hegemónica del poder, de la que han sido parte con ingentes beneficios. 

Ahora cambian sin vergüenza alguna de agencia de colocaciones y buscan a la nueva y mejor: la Morena reluciente porque regala pensiones, becas y vacunas constitucionalmente decretadas. La mejor candidatura --por votos probables- a la alcaldía de Chihuahua, en definición entre un ex priísta, que nada habla sobre la corrupción de su momento cúspide, la tragedia del aeroshow, más un ex panista de ultra derecha, que si le preguntara sobre la legalización del aborto, la mariguana o los derechos de los homosexuales y lesbianas veríamos qué cara pondría, para después acudir a su iglesia a confesar todos sus pecados ante su particular perdonador jefe metafísico. --Si Kafka, el polaco maestro creador del surrealismo, observará nuestra actual y triste democracia, lloraría en su tumba por no haber nacido mexicano para haber escrito inconmensurable absurdo de ser cucarachas con poder--. 

Y lo especímenes candidatos se multiplican como moléculas de coronavirus para el próximo seis de junio. Obligándonos a votar entre muchos presuntos delincuentes por sus tantos procesos judiciales en curso. Amparados, acusadas, denunciados. Nuestra bendita democracia llegando al límite de lo posible, de lo increíble.  

Si estamos llegando y descubriendo que la política mexicana es nuestra renovada  religión donde los sacerdotes son los seres más irredentos, más oscuros, más desafiantes contra la sociedad a la que perjuran que van a apoyar, para pasadas las elecciones se convierten en ladrones vulgares, insectos que se aburren en el puesto que juran a fementida mano alzada juramentada; qué nos queda a los ciudadanos inocentes, tontos, engañados. 

Votar a los famosos ignorantes, votar a los avarientos idiotas, votar a los exitosos que ni idea tienen de qué hacer como autoridad. Para ellos no hay relación entre su ser y capacidad, honestidad, mínima inteligencia. Los gobiernos todos cada vez más se van cayendo en nuestra desgracia de comprensión y sentido común. Hasta que el desastre nos toque en la piel. Hemos empoderado al tonto, al futbolista fenómeno, a la cantante borracha, al violador y la procesada. De quién es la verdadera culpa. De los cínicos que se ríen cada noche sobre los ciudadanos votantes o del pueblo inútil y sin educación, que no sabe ni conoce sobre su fuerza de grupo desorganizada. 

Fuerzas en conflicto. La inasible verdad que nos debería hacer libres, para destruir y quemar los altares del cinismo político actual, O la tragedia de seguir votando al menos ladrón, a la menos corrupta, al violador no juzgado, a los monstruos ambiciosos que nos aman y nos quieren para vernos la cara cada tres, cada seis años, para que todo cambie-para que todo siga igual.