Opinion
Periscopio

La rehabilitación de la visión de los vencidos

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Armando Sepúlveda Sáenz

sábado, 17 octubre 2020 | 05:00

A partir de la retórica del presidente de la república, respecto al indigenismo panfletario era de preverse la recuperación de los mitos sobre la “conquista” colonizadora y la victimización de “nuestros antepasados”. Si se toma como referencia el año de 1821 el año próximo veremos en todo su esplendor la reiteración de los mitos al conmemorar el bicentenario de la Independencia, aunque dudo que se reconozca el papel de Iturbide en ella (fue un vencedor); aunque se podría recordar que fue consecuente con la visión monárquica de Miguel Hidalgo, que liderara la sublevación de 1810, y que deseaba que el rey fuera el absolutista Fernando VII, quien fuera depuesto en 1808; a su vuelta al trono derogara la Constitución de Cádiz (liberal) de 1812.

Ya hay anticipos: la carta publicitada al gobierno español, para que se disculpara por la Conquista; la solicitud para que ofrezca disculpas el Papa, por la evangelización, contraportada espiritual del oprobioso despojo material del dominio español (o debiera decirse del reino de Castilla y León. La unificación de España se dio hasta 1580); abrir el debate sobre la figura de Cristóbal Colón; la solicitud al gobierno austriaco para que se devuelva el penacho de Moctezuma (que no se sabe si realmente lo es); seguramente el debate deberá incluir la conmemoración de la derrota de los aztecas (mexicas) hace quinientos años (por los tlaxcaltecas y huestes de otros pueblos igualmente sojuzgados y expoliados, aunque liderados por los blancos –algunos rubios y de ojos claros-). Parece ser que la venganza de los  tlaxcaltecas y totonacas fue atroz.

Esto viene a colación porque se puede prever que el año venidero la 4T nos inundará con una marejada mítica de “historia patria” homogeneizadora, conforme al estilo de su narrativa oficial. Así que conforme se despliegue el embate la historia inmarcesible que protagonizaron algunos personajes liderando la construcción de la patria según AMLO necesariamente será correspondida por los historiadores profesionales tratando de establecer la historia apegada a los sucesos reales ¡Será interesante!

En la historia homogénea que diversos ensayistas han tratado de hacer igualmente válida para un habitante del altiplano de la Ciudad de México que para uno del estado de Chihuahua. Ideas como “sin maíz no hay país” (siguiendo la visión mexica tendríamos que agregar cunado menos el amaranto y los quelites).  La perspectiva homogeneizadora adolece también de elementos como el “conquistador” extraño enemigo y vencedor de “nuestros ancestros”; de ahí la afirmación, que rezuma parcialidad, “nos conquistaron”. Por su falsedad y desmesura, a los oriundos del norte y del centro norte de la república, de inmediato nos hace ruido. A éstos les queda claro que somos tan descendientes de hispanos, criollos, mestizos y algunos tlaxcaltecas traídos para trabajar en las minas, pero de indígenas del centro del virreinato ¿cómo?  Los pueblos indígenas nómadas, se les arrojó de sus espacios, y de ellos cuatro sobrevivieron en zonas de refugio al margen de la sociedad dominante. La mezcla étnica ha resultado en todas partes en ojos de todos los colores, pieles de todas las tonalidades, cabellos rubios, castaños y rizados. En los nombres y apellidos dominantes llevamos la estirpe.  

A los habitantes norteños, y a los del resto de la república, les queda claro que junto al maíz nos caracteriza el uso y consumo de caballos, mulas, burros, borregos, cabras, cerdos, pollos y gallinas, fresnos, manzanos, nogales, olivos, perales, vides, cafetos, caña de azúcar, duraznos, sandías, trigo, garbanzos, lentejas, habas, melones, naranjas, limones, toronjas, plátanos, dátiles, espinacas, zanahorias, berenjenas, alcachofas, perejil, cilantro, rábano, chícharo, betabel, pepino, lechuga, cebollas, ajos. Y para darle sabor al alimento azafrán, pimienta, canela, mostaza, anís, albahaca, jengibre, romero, orégano y nuez moscada, entre otros. Y junto con ellos, elementos que transformaron la economía y la guerra: la rueda, la carreta, el hierro, el bronce, el arado, las herramientas de construcción, las armas de fuego, el vidrio. Los cambios radicales vinieron con los canales de comercialización, las vías de comunicación, la agricultura, minería de metales preciosos e industriales, los talleres y los oficios, las tiendas, y los acueductos para agua potable, y con ello el incipiente desarrollo urbano.

Como afirmó Luis González de Alba en Los derechos de los malos y la angustia de Kepler: “A diferencias de otras ocupaciones militares, el territorio de América fue repoblado, no sólo en el aspecto humano, también plantas y animales, la fisonomía de la vida fue cambiada”… y a continuación de una relación como la insertada en el párrafo previo, concluye “este es el ejército de ocupación que cambió a América y del que no podemos dar grito alguno de independencia, porque somos parte de esa ocupación”.

Ahora que la titular del gobierno de la ciudad de México, quiere abrir el debate, cuando ya ha resuelto remover de su sitio la estatua de Colón, y que ignoramos si volverá al área urbana (siguiendo el ejemplo de la presidenta de Argentina), o iniciando la organización de los representantes de los pueblos originarios, para que exijan que Colón pague sus atrocidades en La Española como Gobernador General de las Indias Occidentales, al estilo del comandante Hugo Chávez. 

Olvidando de paso el valor de las iniciativas de exploración y el establecimiento de rutas marítimas que habrían de unir los destinos del territorio de lo que más tarde se denominó América, con Europa: con todas sus consecuencias, positivas y negativas. La determinación, en caso de gravoso costo político, le queda la instancia de dejarle al pueblo la definición, mediante consulta popular a modo.