Opinion

La seducción y el deseo

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Alfredo Espinosa

domingo, 07 febrero 2021 | 05:00

El flechazo de Cupido, la eficiente seducción de Don Juan, la coquetería irresistible de esa mujer, la fatalidad o la química, la astucia o la tenacidad del cazador, el embone de las poleas inconscientes, son algunas de las razones que explican que la atracción súbita, el relámpago del enamoramiento, la resuelta orientación del deseo, la construcción de los afectos, han sido exitosas: el hambre encuentra su antojo; el náufrago se ase a su tablita. Uno (a) encuentra en otro (a), su pareja, su media naranja, su peor es nada, y a veces, si tiene suerte, al amor de su vida. 

Y de pronto, en las penumbras del corazón, un flechazo. Una imagen nos sacude y nos electriza. Una persona nos cautiva y, aunque haya estado enfrente de nuestras narices, se nos aparece. El episodio hipnótico es ordinariamente precedido de un estado crepuscular, dice Roland Barthes, el sujeto está de algún modo vacío, disponible, ofrecido sin saberlo, al rapto que lo va a sorprender. Es una vacancia que busca, sin buscar con los ojos, a quién amar.

Y esa primera imagen subyugante la visualizamos, o la oímos, como si una obra de arte nos anonadara. Esa pintura, esa música, esa fuerza eléctrica nos consagrará a la persona que amaremos. Algo se rasga y lo que nunca había visto se descubre en toda su integridad. Lo inmediato vale por lo pleno. La memoria recurrirá a esa imagen del primer cuadro, de la primera escena: “la primera vez que vi a X…” Y ese episodio, cargado de fuerzas relampagueantes, se fijará en la memoria de los dos y se repasará constantemente. 

Aparece el deseo como un misterio encendido. El deseo irrumpe como una fuerza incontrolada en la estabilidad del orden. Chivo en cristalería, el deseo desbarata esas delicadas cosas que el amor ha ido coleccionando y que ameritan de sumo cuidado para su perdurabilidad.

El deseo rompe el discurso lógico e introduce problemas que no necesariamente intenta resolver. Juega sin reglas, trasgrede, desestructura. A través del deseo se posibilita la exploración de lo prohibido; vuelve precario lo que estaba destinado a ser perdurable.

El deseo es la aventura cuyo imán es poderoso: Algo posee y es la insinuación de la tragedia. Nos jala como los abismos o los cables eléctricos. En el fondo de todo deseo es el dolor, es la máscara con que la muerte nos llama. La sexualidad es hambre, y en la naturaleza de toda hambre está la búsqueda de su apaciguamiento.

Cuando una persona dice a otra “te deseo”, es que ya ha echado a mover la maquinaria fisiológica y que ésta ha encontrado el objeto para la satisfacción de su demanda sexual. El instinto empuja a unir la carne que se erecta con la carne que se humecta, mientras que el erotismo imagina escenarios, posiciones, rituales, tiempos. El deseo está al rojo vivo.

Entre sexo y erotismo, opina Octavio Paz, hay diferencias notables: el “primero pertenece al dominio de la biología, el segundo al de la cultura. Su esencia es lo imaginario: el erotismo es una metáfora de la sexualidad. Hay una línea de separación entre erotismo y sexualidad: la palabra cómo. El erotismo es una representación, una ceremonia de trasfiguración: los hombres y las mujeres hacen el amor como los leones, las águilas, las palomas o manta religiosa; ni el león ni la manta religiosa hacen el amor como nosotros. El hombre se ve en el animal; el animal no se ve en el hombre. Al contemplarse en el espejo de la sexualidad animal, el hombre se cambia a sí mismo y cambia a la sexualidad”.

El deseo orienta a su oscuro objeto de su satisfacción. El deseo es tan imperioso como imaginativo, y en la mayoría de las sociedades y casi en todas las épocas se le ha percibido como un elemento perturbador. Se le ha pretendido domeñar con reglas sociales y preceptos religiosos que van desde el tabú al incesto a los contratos matrimoniales, pero en realidad el péndulo de la expresión del instinto oscila de la castidad obligatoria a los burdeles reglamentados, y todo ha sido inútil para domarlo. El deseo escapa a todo intento de domesticación. Independientemente de los ejercicios de la doma, el péndulo de la pasión va de la abstinencia cuaresmal al desenfreno del carnaval; del anatema dictado desde el púlpito a la orgía desenfrenada de las alcobas clandestinas.

Cada persona está inmersa en una estructura social, en una época, en una cultura y éstas nos inscriben en una ley, un código ético, en un marco devocional, que en conjunto determinan en alto grado las conductas sociales así como las privadas y las íntimas. Las prohibiciones siempre están ahí como un muro, como un cable de alta tensión, como una maraña de alambres de púas; pero también, si al otro lado se encuentra el objeto de nuestro deseo, la tentación danza seductoramente, guiñe el ojo y nos invita a transgredir la línea dura, a violar el código, y dejarse caer en esas nubes suaves de la carne apetecible que nos da valor para ir más allá, hacia el desorden.

El deseo acciona el cortejo, la seducción, la coquetería, la conquista. La seducción es la puesta en escena de los deseos. Es un juego, una aventura o una guerra en el ámbito de un escenario cuyos únicos testigos pueden ser los dos protagonistas. 

Dos seductores: uno se resiste y otro conquista. Y en medio de los dos un negligé. La lencería atesora el oscuro objeto del deseo. Y no es solamente el deseo de la carne del otro, sino se desea la posesión, el sometimiento de la otra a una nueva voluntad.

El erotismo puede desear a una multiplicidad de objetos sin saciarse, pero tarde que temprano, por razones del todo incomprensibles, el ojo se fija en algunos que le son más apetecibles o asequibles. De estos, unos pocos podrán ser significativos para su vida. 

La seducción es cuando una desnudez se deja entre-ver, se transparenta sin que se aprecie totalmente, se muestra pero se esconde, se trasluce. Es el misterio, el antojo antes de ser degustado.

El deseo no sabe lo que quiere; o más bien, quiere ser, seguir siendo deseo. Poseer y desechar, consumir, presumir un nuevo trofeo que se olvida cuando inicia la búsqueda de otro. Quiere la conquista, más la retención de lo conquistado.

¿Y cuáles son las estrategias del deseo? : Verbo mata carita porque el clítoris de las mujeres, según ellas lo han confesado, está en sus oídos. Le gusta escuchar cosas bonitas sobre sí mismas. Ellas disfrutan hasta el orgasmo cuando el tema de la conversación son ellas mismas miradas desde su lado idílico e idealizado.

La coquetería, ese veneno sutil de la seducción, es la forma gozosa con que se expresan las dotes de los cazadores. Las mujeres resultan más hábiles en estos menesteres porque no sólo sienten deseos; son el deseo mismo. La coquetería se expresa con formas veladas, indirectas, utilizando un lenguaje corporal cuyo objetivo es buscar a la presa y atraparla. Aquí estoy, mírame, parecen decir. 

La coquetería se manifiesta con actos apenas perceptibles pero de una eficacia letal. Juegos del ángel y la víbora; guerritas entre la cursilería y deseo de la posesión carnal, tentación y trampa, ligereza y frivolidad que encubren fierezas y rapacidades, promesas entre la niebla y la embriaguez, estrategias animales para hacerse del otro. Y en la culminación del juego o de la guerra, aparecen Betty Boop o Marlyn Monroe, la imagen icónica de la coquetería: cerrar los ojos después de un rápido pestañeo, una sonrisa amplia para luego protuir los labios como si besaran a alguien, la cabeza ladeada hacia el campo del deseo, los hombros hacia adentro, la manos unidas a la altura del vientre bajo, como resguardando su tesoro, las piernas haciendo contacto con sus rodillas, separando luego las pantorrillas quedando los pies, enfundados en zapatos de tacón alto en una posición extraña pero graciosa, mientras sacan y menean al aire las nalgas y las vuelven hacia arriba, exponiéndolas al deseo más pleno.

El goce no está simplemente en hipnotizar a la presa sino que en ese juego, en esa posición, hallan en sí mismas el punto G, la chacra sensual de sí mismas. Gozan haciendo gozar.

El goce de los seductores es un juego de poder. Los Don Juanes y Casanovas, poseen el imperativo único de conquistar, debilitar resistencias morales, doblegar orgullos y altiveces. Lo que no les gusta es cargar con la presa. La abandonan y corren a una nueva conquista. Ellos viven de acuerdo a esta fórmula: “Yo deseo mi deseo, y el ser amado no es más que su accesorio” (Roland Barthes).

Los Don Juanes, según Zorrilla, poseían también esta vertiginosa perdurabilidad: “Un día para enamorarlas, otro para conseguirlas, otro para abandonarlas, dos para sustituirlas, y una hora para olvidarlas”. Algunos suelen abandonar a la presa moribunda de amor mientras ellos, satisfechos por haber comprobado la infalibilidad de sus métodos, se retiran. Es la intoxicación del poder, el triunfo del narcicismo.

La coquetería y la seducción, dos estrategias cuya finalidad es la posesión. Pero siempre hay el peligro de que el objeto de la seducción o la coquetería pierdan su atractivo en el momento de permitir la conquista. La conquista termina cuando los velos caen: el vestido se desliza y aparece la desnudez. ¿Serán capaces los deseantes, ya desnudos, de mantener su deslumbramiento tal como lo hicieron con sus seducciones y coqueterías? 

Comentarios: alfredo.espinosa.dr@hotmail.com