Opinion
Periscopio

La vacuna del conocimiento objetivo y científico

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Armando Sepúlveda Sáenz

miércoles, 10 febrero 2021 | 05:00

Un célebre apotegma afirma que la información es poder. Sin reflexionarlo demasiado, lo damos como hecho. Y tal vez con los medios de comunicación de mediados del siglo XIX era una descripción de la realidad política, salvo que en ésta influyeran los pensamientos religiosos. 

En la actualidad con la televisión, los cotidianos masivos ---impresos y digitales--, las redes sociales y el correo electrónico, y los dispositivos portátiles inteligentes, lo que abunda es la desinformación entendiendo por ésta, la que transmite pensamientos que están lejos de asumir el conocimiento avalado por la ciencia y cuyo valor ha sido contrastado bajo metodologías sólidas con la realidad existente -–independiente del sujeto cognoscente—, en las ciencias fácticas o proposiciones presentes en nuestro cerebro en forma de conceptos o percepciones materia de la ciencias formales. 

Los asertos, distantes de la “verdad” se predican “falsos”, y ahora saturan los medios de comunicación masiva o de microcomunidades en redes “sociales” virtuales. En estos espacios ha resultado fácil construir realidades alternativas. Los políticos han alimentado su afán de poder con narrativas que se alimentan con todo tipo de proposiciones, tejiendo redes, apelando a los miedos, prejuicios y emociones más elementales. 

Una muestra han sido el aprovechamiento por Trump de las redes sociales para sus intereses, insertando en ellas mentiras sistemáticas, que daban sustento a grupos extremistas de derecha, cuyo bagaje retórico abunda en mitos, y justifican acciones que inciden en hechos criminales y atentan contra las instituciones. Estos grupos han sido asimilados por el Partido Republicano y tienen tal peso que a todo riesgo, la mayoría de los representantes de ese partido, se solidarizan con los desmanes y sinrazones de una connotada lideresa de estos grupos disolventes. 

Conforman su ideología con mitos que se nutren de pulsiones racistas, discriminaciones de todo tipo y estereotipos abundantes. Recuérdese las galas que lucían nuestros compatriotas migrantes al decir de Trump. Pues estos orates se las creen a pie juntillas.

No es un fenómeno nuevo. Carl Sagan recuerda en El Mundo y sus Demonios, los sucesos ocurridos en el lejano siglo XVIII: “Todavía no se había secado la tinta de la Declaración de Derechos cuando los políticos encontraron una manera de subvertirla... sacando provecho del temor y la histeria patriótica. En 1798, el partido federalista gobernante sabía que la tecla que debía pulsar era el prejuicio étnico y cultural. 

Los federalistas, explotando las tensiones entre Francia y Estados Unidos y el temor extendido de que los inmigrantes franceses e irlandeses tuvieran una ineptitud intrínseca para ser americanos, aprobaron una serie de leyes que se llamaron de extranjería y sedición. Se aprobó una ley que elevaba el requisito de residencia para conseguir la ciudadanía de cinco a catorce años. (Los ciudadanos de origen francés e irlandés solían votar por la oposición, el partido republicano democrático de Thomas Jefferson.) La ley de extranjería otorgaba el poder al presidente John Adams de deportar a todo extranjero que despertara sus sospechas. Poner nervioso al presidente, decía un miembro del Congreso, «es el nuevo delito». 

La Ley de Sedición convirtió en ilegal la publicación de críticas «falsas o maliciosas» del gobierno o el fomento de la oposición a alguno de sus actos. Se efectuó media docena de arrestos, se condenó a diez personas y se censuró o redujo al silencio a muchas más por intimidación. La ley, según Jefferson, pretendía «acallar cualquier tipo de oposición política convirtiendo en delito la crítica de los funcionarios o policías federalistas». Esta Ley obliga a recordar otra más reciente que sentó las bases de la restricción de los datos personales y redujo el ejercicio de libertades fundamentales: La Ley Patriota es un acrónimo de “Uniting and Strengthening America by Providing Appropriate Tools Required to Intercept and Obstruct Terrorism” (Unir y Fortalecer América al Proporcionar las Herramientas necesarias para Interceptar y Obstruir el Terrorismo). Esta ley fue sancionada por los Estados Unidos, a raíz de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001. De hecho el efecto de esta ley se basó sustancialmente, en una anterior ley norteamericana del año 1978, la Foreign Intelligence Surveillance Act (vigilancia de la inteligencia extranjera), al aumentar sustancialmente las facultades de las autoridades norteamericanas (FBI, CIA, NSA, y las fuerzas armadas norteamericanas) a los efectos de obtener información confidencial.  Así que, dada la vinculación de nuestra información con las bases de datos radicados en Estados Unidos, no le extrañe que su información personal sea escudriñada por el FBI.

Cuando consideramos los contenidos de los medios masivos de comunicación y como se ha transformado con la revolución de la información, es evidente que los medios, en su versión digital, han ganado peso para la economía y en particular para el poder político. El Twitter sirvió como un eficaz instrumento de desinformación en manos de Trump. Varias veces al día propalaba ocurrencias, opiniones sin sustento científico o simplemente mentiras. Y tenía un mercado cautivo en las huestes de sus seguidores, que aceptaban como verdades sus twitts. Por ello debemos tomar conciencia de que la desinformación también es poder. 

Los medios tradicionales como la radio, televisión y periódicos han agregado, de acuerdo a su interés, información y desinformación en sus plataformas digitales. No es gratuito que la cadena FOXNEWS, de filiación republicana deviniera en el canal del presidente Trump, y coincidentemente es canal preferido de los seguidores de Trump. Que son muchos millones y un mercado muy lucrativo. Lo mismo ocurre con otras cadenas, su compromiso con la difusión de contenidos que enriquezcan el acervo intelectual con información científica, no solo médica o tecnológica, o con debates con profesionales de las ciencias sociales y naturales, debe pasar por una balanza de ganancias. 

Si volvemos al libro citado de Sagan, en 1992, afirmaba: “Especialmente desde principios de la década de los ochenta, la televisión se ha convertido en algo motivado casi enteramente por el beneficio. Eso puede verse, por ejemplo, en el declive de los informativos y programas especiales de noticias o en las patéticas evasivas de los canales principales para burlar la orden de la Comisión Federal de Comunicaciones de mejorar el nivel de la programación infantil”. La excepción tanto en la calidad de los contenidos como en su independencia de intereses políticos y gubernamentales como empresariales es Public Broadcasting Service (PBS) --Servicio Público de Radiodifusión--, es la red de televisión pública de los Estados Unidos. Se trata de una organización sin ánimo de lucro cuyo cometido es distribuir programas a los canales públicos del país. El consorcio está formado por más de 350 estaciones públicas afiliadas. Esta cadena tiene un compromiso ético con la ciencia y sus aplicaciones. Usted lo puede verificar a través de Internet.

En estas condiciones “luchar por conseguir más ciencia real en televisión parece ingenuo y desesperado”.

“Hay una necesidad apremiante de un mayor conocimiento público de la ciencia. La televisión no puede proporcionarlo todo sola. Pero, si queremos que haya mejoras a corto plazo en la comprensión de la ciencia, la televisión es el sitio ideal para empezar”. 

Cuando se piensa en “regular” las redes sociales, todas de operadores privados, el propósito es darles autorización de operar bajo ciertas condiciones. En el caso de las comunicaciones masivas por cualquier plataforma, el problema es la disparidad de valores y la inconsecuencia con que los aplican. El desapego a la información objetiva y veraz es una constante en su desempeño, no es privativa de las redes sociales. Es menester que los medios –-todos— definan un código de conducta homogéneo que salvaguarde las libertades fundamentales y los derechos humanos, y apegue sus contenidos a la alfabetización científica.   En esta tarea, si la llegaran a emprender, se debe contar con los especialistas pertinentes.